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el bonito proyecto de ana y chemo

Napicol, un edén de buena cocina en el corazón de la huerta valenciana

Este restaurante luminoso y tranquilo del Barrio de la Roca (Meliana) promete las mejores sobremesas de esta primavera. Su carta y su entorno son un auténtico lujo mediterráneo

Por | 13/04/2018 | 2 min, 19 seg

El traslado de Napicol desde su primera sede en la calle Blanquerías fue forzado. Un esperpéntico problema vecinal se cruzó en su camino y obligó a dejar un local recién reformado y en pleno auge, tan solo siete meses después de inaugurarlo. “Fueron momentos duros, pero a veces los cambios son para mejor”, resuelve con optimismo Ana Becerro, copropietaria y responsable de sala junto a su suegro Anselmo.

El nuevo emplazamiento del restaurante es un bálsamo de paz en medio de la huerta del Barrio de la Roca, en Meliana. Más que una alquería es una remozada casa de campo, acristalada y luminosa. A su alrededor se extiende una amplia terraza con olivos y árboles frutales, que en unas semanas se vestirá con mesas y sillas para dar coartada a largas sobremesas primaverales. Las puertas de la finca están abiertas, de modo que uno puede derramar la vista sobre ese magnífico paisaje de caballones en el que crecen las últimas alcachofas de la temporada. Chemo Rausell, que es el que lleva aquí los fogones, prepara con ellas un arroz acompañado de sepia de los que no se olvidan.


La huerta (ecológica) es de hecho la principal despensa de este restaurante, que cultiva sus propios productos (habas, cebollas, lechugas) y los elabora cuando aún retienen su máxima frescura. Cuando les falta algo, se lo compran al vecino: aquí hablamos de un estricto Kilómetro Cero. También son dignos de mención los productos de lonja, fresquísimos y desplegados con orgullo en vitrinas; y las carnes, que se elaboran en una cocina abierta y pulcra que es en sí misma una declaración de intenciones. Dicen que el cochinillo y la espalda de cabrito deshuesada (que yo aún no he probado) son memorables.


La carta de Napicol es una versión evolucionada de la que ofrecían Ana y Chemo en su primera aventura hostelera, Gula. El suyo ha sido un recorrido natural desde las tapas hechas con cariño por un cocinero autodidacta a los guisos sustanciosos y refinados propios de un chef joven, pero apasionado de la cocina tradicional. En este ámbito, debemos resaltar el cap i pota, la versión catalana de callos que añade morro de ternera y patas.

Después de sentarse a la mesa de este restaurante, uno no puede dejar de pensar que en València vivimos demasiado de espaldas a la huerta. Disfrutémosla más.

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