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LA LIBRERÍA

David Cronenberg explora los límites del consumo en 'Consumidos', su primera novela

8/02/2016 - 

VALENCIA. Naomi se encuentra en París investigando el macabro crimen en el que se han visto envueltos los Arosteguy, una conocida y polémica pareja de filósofos; ella ha muerto, él parece haber sido el responsable. Ella ha sido descuartizada, él se la ha comido. Décadas de fructífero matrimonio intelectual reducidas a un cadáver horriblemente troceado y a un cónyuge fugado: Monsieur Arosteguy ha desaparecido sin dejar demasiadas pistas de su paradero, pero Naomi ha logrado establecer una conexión a través de terceros. Al parecer, el supuesto antropófago se esconde en Tokio, desde donde intenta una metamorfosis cultural encerrado en la crisálida de su hogar nipón. Mientras tanto, Nathan documenta en Budapest una agresiva intervención contra el cáncer llevada a cabo por un médico de dudosa reputación; el tratamiento es experimental y se efectúa en la clandestinidad sobre los pechos atestados de tumores de Dunja, una paciente eslovena inquietante y sensual. 

¿Puede ser excitante la enfermedad? ¿Puede la devastación ser sexy?

Nathan y Naomi deben mucho a la tecnología; su profesión -la de ambos, que es la misma- les obliga a moverse incansablemente a lo largo y ancho de un mundo saturado de señales invisibles que trasladan el amor de un modo bastante eficaz, aunque insuficiente, permitiéndoles mantener la ilusión de la cercanía entre tanta deslocalización. Sin embargo, la tecnología tiene límites y el cuerpo pide contacto real. El cuerpo, de hecho, pide muchas cosas que no esperábamos, como está descubriendo Nathan recientemente. La sensualidad es un valor que se resiste a ser encorsetado o definido. ¿Puede ser excitante la enfermedad? ¿Puede la devastación ser sexy?

David Cronenberg (Toronto, 1943), célebre hasta la médula por su filmografía, se adentra ahora en el territorio de la literatura con una novela que tiene un poco de todo lo que hemos ido sabiendo que le interesaba gracias a sus películas. Scanners, Videodrome, La zona muerta, La mosca, El almuerzo desnudo, o hace menos, Una historia de violencia, Promesas del este o Maps to the Stars; el universo de Cronenberg no es apto para paladares sensibles. Consumidos (Anagrama, 2016), su primera novela, tampoco lo es. En ella el consumo es llevado a nuevas cotas de realidad. Consumir puede ser un vicio, una forma de vida, un arte. El consumismo exacerbado pide nuevas propiedades, la enfermedad consume. El amor también. Se puede consumir al amado, y no de un modo metafórico, sino desde un punto de vista gastronómico. 

Todo es consumo, de un modo u otro. Una fuerza que no se detiene ante nada ni nadie, que va devorando todo a su paso

En la novela del director canadiense, el consumo es omnipresente, omnímodo. Todo es consumo, de un modo u otro. Una fuerza que no se detiene ante nada ni nadie, que va devorando todo a su paso y dejando tras de sí un reguero de indiferencia y de sálvese quien pueda. Entre las páginas de Consumidos, además de los Arosteguy, eminentes filósofos del consumo, hay incluso una chica que se consume literalmente a sí misma, cortándose pequeñas porciones de su cuerpo con un cortaúñas y comiéndoselas después. También aparece Issei Sagawa, el caníbal japonés fascinado por las mujeres occidentales -en libertad por una serie de situaciones insólitas y ahora convertido en personaje tragicómico- que en sus años de estudiante asesinó y devoró a una compañera de clase holandesa. La antropofagia, desde un lado u otro del menú, es recurrente. 

La misma presencia tiene el apabullante y velocísimo desarrollo tecnológico y su facilidad para desmontar y montar de nuevo nuestro repertorio de costumbres, que a Cronenberg parece resultarle especialmente indigesto. Las referencias a modelos de aparatos de distinta índole son constantes, desde todo el catálogo del gigante de la manzana hasta un sinfín de cámaras: el autor quiere contagiarnos una incomodidad que nace de la invasión de gadgets que sufrimos hoy día, momento en el que los wearables son el presente y la nanotecnología fluyendo por nuestra sangre, una promesa esperanzadora para muchos tratamientos médicos. El ser humano y la máquina se acercan inexorablemente el uno al otro; si nada cambia, en no mucho seremos uno, o uno parte del otro. A lo Tetsuo The Iron Man, pero más agradables a la vista. 

Los personajes que pueblan las páginas de Consumidos dependen de internet a todos los niveles. Se comunican a través de la red. Se espían, se persiguen, se identifican. Pero este puede ser un medio tramposo, donde nada es lo que parece, donde uno puede no ser quien dice ser, ni querer hacer lo que aparenta querer hacer. Cuando leemos una noticia sobre una tragedia en un país lejano y vemos las fotografías que la ilustran, ¿tratamos alguna vez de comprobar la veracidad del material? ¿Podemos confiar en que ese accidente de tren a miles de kilómetros haya ocurrido realmente? ¿Que ese atentado no sea una muy elaborada producción llevada a cabo por especialistas? Casi nadie tiene tiempo ni recursos para poner a prueba el inmenso flujo de noticias e informaciones que recibimos cada día, a todas horas. El desasosiego ante nuestra vulnerabilidad en esta época en que todo nos sobrepasa, en que el funcionamiento de las herramientas más comunes escapa por completo a nuestro entendimiento, puede llegar a consumirnos. 

No cabe duda de que Cronenberg ha entrado con fuerza en el panorama literario. Probablemente todavía tenga que pulir algunas cuestiones referentes a su manera de narrar, que combina episodios magistrales -como cierta conversación con cierto caníbal durante una cena íntima-, con otros que pecan de fríos y artificiosos. También habría sido de agradecer una menor densidad en la recta final de la novela, que llega por momentos a resultar demasiado retorcida y recargada por sus idas y venidas. Un poco menos, en este caso, habría sido más. No obstante, merece la pena darle una oportunidad al libro. Gustará a los seguidores incondicionales del autor, pero también a aquellos a quienes les interese saber cómo podría juntarse en una misma historia un crimen con una víctima devorada, un par de médicos poco ortodoxos, dos periodistas con tendencia a implicarse sexualmente sus historias... y el régimen norcoreano. Sí, también.

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