CARTAS DESDE BOLONIA  

El efecto Nabokov, o el peligro de volvernos retrógrados 

El 'efecto Nabokov' produce una terrible inquietud: ¿qué hacemos con tantos autores de talento cuando sus textos se tornan retrógrados? Porque los textos cambian, como los tiempos. Y seguramente nosotros algún día 

26/03/2018 - 

VALÈNCIA. Hace décadas que la academia europea dejó de ser el evangelizador de nuevos planteamientos con que entender la literatura. El último giro epistemológico, por supuesto francés, se apagó con Michel Foucault, Roland Barthes, Jackes Lacan o Jean Baudrillard, dignos herederos de la generación precedente, con Claude-Levi Strauss, Jean-Paul Sarte y Simone de Beauvoir, por un lado, y con la escuela de Frankfurt de , por otro. Todo más o menos francés, con un toque de alemán y algún nombre italiano.

La irrupción de los Cultural Studies en la universidad norteamericana, fruto del eclecticismo y la pérdida de fe en las tradiciones críticas, instaló un nuevo paradigma con que leer y revisar la historia literaria y las nuevas producciones artísticas. Menos ortodoxa y más creativa. Menos rígida y más extravagante en sus peores manifestaciones.

La teoría de género, propagada por militantes como Julia Kristeva, Teresa de Lauretis o Judith Butler, ofreció nuevos instrumentos de reflexión y lectura en el campo de las humanidades y las ciencias sociales. La teoría de género tuvo la virtud, no solo de descubrir la mirada femenina en cada campo del saber, sino de redescubrir lo que había sido nuestra historia, dominada por un canon exclusivamente masculino.

Tomando como ejemplo la fecundidad de la teoría de género, fueron las propias feministas las que señalaron el camino para la teoría queer, evidenciando que la lucha LGTBIQ, su militancia y su reflexión crítica, tuvo su impulso primero y su mejor reflejo en la lucha feminista.

Sin duda, son unos planteamientos que van más allá de la disciplina filológica y que apuntan al corazón de nuestras costumbres, a la totalidad de nuestros saberes y nuestra idea de poder, verticalizada por los tiempos y patrimonializada en exclusiva por varones. Por eso, la adscripción a tales teorías exige algo más que reconocimiento intelectual: exige posicionamiento político y práctica ética.

    

Laura Feixas versus Vladimir Nabokov

En un artículo polémico de hace unas semanas Laura Freixas proponía una serie de cuestiones sobre Lolita de Vladimir Nabokov, que se resumían en una sola pregunta: ¿qué coño hacemos adorando una novela sobre un violador entrado en años sobre una joven que, cada noche, luego de ser agredida sexualmente, se pone a llorar?

“Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Pecado mío, alma mía. Lo-li-ta: la punta de la lengua emprende un viaje de tres pasos desde el borde del paladar para apoyarse, en el tercero, en el borde de los dientes. Lo. Li. Ta. Era Lo, sencillamente Lo, por la mañana, un metro cuarenta y ocho de estatura con pies descalzos. Era Lola con pantalones. Era Dolly en la escuela. Era Dolores cuando firmaba. Pero en mis brazos era siempre Lolita”.

Se trata de uno de los inicios más sugerentes y extraordinarios de la historia universal de la literatura. Y sin embargo, Freixas proponía reflexionar sobre la idea de poder que se ejerce, no solo dentro de la historia, sino precisamente de la historia hacia afuera. Más allá de la indudable calidad literaria, ¿a qué sirve edulcorar una violación, disfrazarla con sentimientos de hombre maduro que sabe que está perdiendo potencia sexual y quiere negárselo cada noche sometiendo a esa niña? En efecto, la primera consecuencia es crear un imaginario donde el lector (y también lectora) tiene a empatizar con el señor que intenta detener los estragos del tiempo a base de ¿seducción?, en lugar de explorar los efectos y circunstancias de la víctima.

No proponía ese artículo dejar de leer a Nabokov, sino leerlo críticamente. Impedir que el gran apellido no limite el análisis de los significados de la novela. Solo una gran dosis de cinismo o de necedad no entendería la diferencia. Pero como ocurre con el feminismo, también la ignorancia tiene sus militantes.

¿Qué temor existe a indagar en nuestro patrimonio literario, rastreando las violencias que nos han infringido culturalmente todos esos textos? ¿No podemos decir que el famoso “Me gustas cuando callas porque estás como ausente” o el célebre “Quiero hacer contigo lo que la primavera hace con los cerezos” de Pablo Neruda exigen una mujer en silencio? Por acudir a la más evidente de las obviedades.

Cada tanto surge como una patología crónica la pregunta de si Joaquín Sabina era machista. Pues claro. Pero afinando más la respuesta: la cultura en la que nacieron y nacen las canciones de Joaquín Sabina lo es, de modo que casi es inevitable que cale ese poso machirulo en sus letras.

¿Lorca es incuestionable?

Se ha puesto en valor (justamente) la reivindicación que Federico García Lorca hace de la mujer: de los traumas de la maternidad en Yerma, del derecho al deseo irrefrenable en Bodas de sangre o de la violencia de la tradición, la familia y las costumbres en La casa de Bernarda Alba. Ciertamente es revolucionario que en los años treinta se explicitara de tal modo lo injusto de la consideración social hacia los problemas de las mujeres, pero es sintomático que Luisa Carnés o María Teresa León, por poner dos ejemplos, fueran expulsadas de la historia de la literatura aun planteando los mismos conflictos y reivindicando las mismas libertades.

Ahora bien, siguiendo con el ejercicio de reconsideración, ¿qué haríamos con algunos versos de la “Oda a Walt Whitman” de Poeta en Nueva York? Para ser justos, Lorca plantea abiertamente el conflicto de la homosexualidad entre hombres: el rechazo social, la imposibilidad del amor pleno en medio de la marginalidad o los dolorosos corsés para ser varones hechos y (sobre todo) derechos. Lo plantea desde la excelencia estética, y con más osadía que Nabokov.

 

Pero ¿qué hacer entonces con esta estrofa: Por eso no levanto mi voz, viejo Walt Whitman, / contra el niño que escribe / nombre de niña en su almohada, / ni contra el muchacho que se viste de novia / en la oscuridad del ropero [...] / Pero sí contra vosotros, maricas de las ciudades, / de carne tumefacta y pensamiento inmundo, / madres de lodo, arpías, enemigos sin sueño / del Amor que reparte coronas de alegría”? ¿Qué hacer con el famoso verso de Luis Cernuda: “Si el hombre pudiera decir lo que ama”, en el que exponía la imposibilidad de nombrar el amor (homosexual)? 

Por supuesto, tales versos subliman el silencio forzado de los homosexuales en los años treinta, así como el dolor, la frustración, la doble vida e incluso la prostitución. Y no sería demasiado osado pensar que existe cierto goce en la posición marginal del poeta, en tanto que no cuestiona ese armario gigante del que salir.

Sí lo hacían, de manera ambigua y a su manera, escritores anteriores como Alberto Nin Frías o Álvaro Retana. Especialmente este último, que escribió para el gran público la biografía del primer travesti de España, Edmond de Bries, o títulos tan estupendos como Las locas de postín, Los extravíos de Tony, El príncipe que quiso ser princesa, El encanto de la cama redonda o Mi novia y mi novio.

Retana hizo literatura frívola, letras de cabaret que llegó a interpretar Sara Montiel y un retrato de la vida homosexual madrileña de los años veinte tan alocada en sus historias como represiva en el mensaje formal que acompañaba tales publicaciones. Pero lo cierto es que Retana hablaba del travestismo, del cruising en los baños públicos, del goce de los aristócratas cuando acudían al Ritz o a los bares de moda con camareros suizos. Eran , en definitiva, los maricas de las ciudades que abominaba Lorca.

Leídos a la distancia, los textos de Retana cobran un valor excepcional como documento histórico y como testimonio literario de una época en que la libertad comenzaba a abrirse paso. Literatura del goce. Literatura erótica o sugestiva. Literatura en que se veían a jóvenes disfrutar de su cuerpo y sus afectos. Solo unos años después, escribirían Lorca y Cernuda sobre la homosexualidad en términos monacales y adolescentes. Con una calidad insuperable, pero con sentidos que hoy en día podríamos poner en cuestión.

El efecto Nabokov produce una terrible inquietud: ¿qué hacemos con tantos autores de talento cuando sus textos se tornan retrógrados? Porque los textos cambian, como los tiempos. Y seguramente nosotros algún día.

 


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