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memorias de anticuario

El mundo de la cerámica y su jerga: entre 'el pelo' y 'el pardalot'

9/08/2020 - 

VALÈNCIA. Como decíamos el domingo pasado, las gentes del mundo las antigüedades han ido creando desde tiempo inmemorial una jerga particular a la que hay que sumar la pléyade de vocablos técnicos que le son propios a cada campo, y que popularmente su significado es poco conocido. Hablábamos el domingo pasado del mundo del mueble, sus tipologías, sus partes o sus características, pero también otros ámbitos tienen sus propios registros que dominan quienes se mueven en ese mundo, tanto en el lado del anticuario, como en el del coleccionista o en el del estudioso académico. 

La tipología por épocas, decoración, por formas, destino para la que fue creada la cerámica es tan enorme que en este campo abundan los términos especializados. Además, por su propia naturaleza, las piezas corren evidentes riesgos de conservación en mayor medida que otros objetos coleccionables, por eso es un milagro que después de guerras, saqueos o innumerables traslados, una pieza de este tipo llegue intacta después de tres o cuatro siglos. Incluso los cambios de temperatura o de humedad pueden afectar y producir roturas que si no son totales, sí que “emergen” a la superficie y se hacen visibles. Todos entendemos de inmediato lo que es un plato o un azulejo partido en pocos o numerosos fragmentos, pero no todo el mundo sabe qué es que este “tenga un pelo”. Pues bien, un pelo es una rotura que recorre parte o en su totalidad la pieza y que, como una grieta, tiene la apariencia de un cabello depositado sobre la pieza, de ahí su nombre. El plato o el azulejo no se ha llegado a separar, pero tiene un testigo visual de que parcialmente lo ha hecho. Esa pequeña tara afecta a su valoración por el coleccionista, y es habitual ver a estos escrutando la pieza a la búsqueda del pelo en cuestión. El examen visual es importante pero también el sonido nos ayuda a la hora de asegurarnos sobre el estado de conservación. Para comprobar que el plato está perfecto se coloca sobre varios dedos en equilibrio y se le da un golpe con la mano en el canto. El sonido ha de ser lo que se denomina como “campana”, pues de lo contrario si el sonido no se prolonga y suena más a cencerro es que, o bien el plato está restaurado o tiene un pelo poco visible en alguna parte que no hemos detectado. Mucho más evidentes son las lañas o grapas metálicas que, previo agujereado del plato con un “berbiquí”, se colocaban con el fin de evitar la separación de las varias partes en que el plato se había partido.

Azulejo gótico de “tibias” o “huesecillos”. Siglo XV

Ya adentrándonos en la cerámica según la época, el mundo de la azulejería gótica tiene una lenguaje particular, creado siglos después, posiblemente con el inicio del coleccionismo de estas piezas, para designar los motivos decorativos y así diferenciar unos de otros. Así, entre otros muchos, tenemos el del escarabajo, el más común de todos, pues el motivo parece la figura del insecto vista cenitalmente, el “volaoret” porque es igual que los molinillos de papel que se mueven por la acción del viento, el azulejo de las tibias o huesecillos por contener numerosos motivos que asemejan a las mencionadas partes óseas. A los azulejos heráldicos, se les bautiza con el nombre de la familia nobiliaria valenciana, propietaria del escudo, para cuya casa se confeccionaron los azulejos por encargo. En cuanto a la forma los “alfardones” son azulejos que en lugar de ser cuadrados son hexágonos alargados.

Es en el medievo, cuando vive su época de esplendor la cerámica de reflejo dorado en multitud de piezas de toda clase: platos, braseros, o “zafas”, que son una suerte de lebrillos de menor tamaño, catavinos, mieleros, orzas o escudillas. En cuanto a las formas decorativas en los platos podemos hallar el conocido como “tetón” que es un elemento característico de muchos de estos, y, como su nombre indica es una protuberancia esférica en forma de pecho circular en el centro mismo del plato; en los catavinos las “orejetas” que son unos salientes a los lados del cuenco con el fin de sujetarlo.  La “hoja de perejil” es una decoración vegetal propia de la cerámica medieval y la podemos ver en algunos “albarelos” o tarros de farmacia que, por su inconfundible prefijo indican su origen hispano musulmán; más tarde uno de los motivos más frecuentes en la cerámica de reflejo será el popularmente conocido como “pardalot” (pájaro), una tipología más propia del barroco tanto de los siglos XVII como del XVIII. Otras decoraciones son las de “helecho” o “clavelina”.

Plato partido o de colección. Manises siglo XIX

¿Qué debemos observar cuando tenemos ante nosotros un azulejo barroco o ya del siglo XIX?. Primero si se trata de un azulejo llamado “de serie”, es decir que forma parte de un “rompecabezas” mucho más amplio que constituye la decoración de todo el suelo o las paredes de una sala; bien si éste es parte de un panel dado que reclama la existencia de otros azulejos que compongan una figura de un Santo, Virgen, etc. o finalmente si, por sí mismo ,constituye una obra, que es cuando llamamos al azulejo “de figura”. A parte de su estado de conservación a primera vista. Hay que observar si la pieza ha sufrido alguna alteración en su tamaño, es decir, si está “recortada” porque esto hace disminuir su valor económico. Esto se produce cuando se rebaja a golpe de martillo y cincel uno de sus lados para encajar el azulejo en un espacio, que, en su tamaño original, por ejemplo 20 cm de lado, no encajaría. Asimismo, y según este tenga una forma rectangular o cuadrada el primero, a buen seguro, será de los llamados “de escalera” puesto que esta es la forma que adoptan al ir situados en el intradós de los peldaños o escalones. 

Los azulejos barrocos y decimonónicos tienen una variada tipología: de cocina, grotescos, de oficios, paisajes, castillos, zoomorfos. Incluso los expertos pueden saber de qué mano o fábrica han salido por el análisis del trazo, colores y de lo que comúnmente se denomina la “isla”, que es ni más ni menos que, en el caso de las figuras, un esbozo del terreno bajo sus pies sobre el que estas se desplazan 

Plato lañado. Siglo XIX

En muchas de las casas valencianas, a través de generaciones, se han ido transmitiendo objetos del pasado, y son los populares y coloridos platos “maniseros”, unos de los más comunes pues en el siglo XIX se fabricaron en la localidad próxima a la capital ingentes cantidades. Sin embargo, algunos de estos, de una elaboración decorativa, complejidad cromática y originalidad mayor, se les ha denominado platos “de colección” de los cuales hay una numerosa tipología. También se les llama platos “partidos” puesto que su decoración en general se basa en un suelo pintado o isla que ocupa una superficie entre la mitad y un cuarto del plato y una parte superior que destinada al motivo decorativo: animales, barcos, puentes, castillos, vegetales etc. Se trata de platos especialmente cotizados en relación a los más populares. 

No podemos dejar de mencionar, para finalizar, la riquísima cerámica de Alcora (que, por cierto, en menos de siete años cumplirá los trescientos años desde la fundación de la fábrica en 1727), y su gran tipología decorativa, que sitúa las piezas en las numerosas épocas que se van sucediendo entre los siglos XVIII y XIX: “Berain” hace referencia a su primera época, serie Olerys por el nombre del artista que fuera “fichado” por el conde de Aranda en 1725, la serie chinescos o llamada popularmente como de “pelícanos” por la proliferación de estos pájaros en la decoración. Más adelante surgen las series de, “rocalla”, la serie del “ramito”, el “cacharrero” que en este caso debe su nombre a figurar una vajilla alcoreña de este motivo en el cuadro de Francisco de Goya “El cacharrero”, también es popular la llamada “serie Álvaro”, Flores Alemanas ya en el siglo XIX etc. Así como los platos de engaño, las mancerinas y sus “jícaras” (pequeños vasos que se depositan dentro de la mancerina), o las piezas blancas de realizadas esa arcilla del lugar conocida como “tierra de pipa”.

 Azulejos de escalera. Siglo XVIII

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