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VALÈNCIA A TOTA VIROLLA

El problema de València con los apartamentos turísticos: también un cambio de cultura digital

El momento que viven nuestras ciudades ante fenómenos acelerados como los Airbnb tiene que ver, fundacionalmente, con una dificultad para asumir las grandes transformaciones digitales

22/06/2024 - 

VALÈNCIA. Los debates públicos son tan cambiantes que, en un año, el de los apartamentos turísticos puede parecer un problema residual para una ciudad y, un año después, el problema más acuciante, cercano a una invasión a punto de llevar al traste el equilibrio ambiental.  Hay un síndrome de fiesta sorpresa. Al abrir la puerta, los apartamentos turísticos estaban allí. En la Plaza del Patriarca, que era un lugar atestado de coches (no hace tanto, hasta 2005) donde después se plantaron 18 naranjos, protestan al sentirse asediados por los apartamentos de uso turístico. La administración acuden de urgencia al debate por la sensación de malestar transversal, aunque hace años que las señales eran evidentes y los espejos abundantes.

Pero aunque evidentemente el de los apartamentos es un fuego que interpela al modelo económico de las ciudades, es también una demostración potente de la relación entre nuestras urbes y la cultura digital. Una simbiosis con Airbnb -de la que València ha participado activamente- que obligó a los destinos a desarrollar nuevas narrativas y que puede resumirse en cinco ideas básicas:

Uno. Cuando las grandes marcas digitales superaron a las instituciones tradicionales. En la relación entre los gigantes nacientes de la economía digital y la ciudadanía, la encuesta de confianza institucional estadounidense de 2018 sirvió de certificado de un cambio. Dirigida a 5.400 personas y liderada por la Universidad de Georgetown y la Universidad de Nueva York, de 1 a 4, representando ‘1’ la nula confianza y ‘4’ la confianza absoluta, Amazon con un 3,12 sacaba mejor nota que el Congreso (2,12), los partidos políticos (2,12), el Gobierno (2,58), los bancos (2,69), las municipalidades (2,75), el FBI (2,84) o la policía local (2,95). Constataba que la agilidad, versatilidad y promesa de costes bajos del imperio de Bezos se percibía con entusiasmo frente a la sensación de que la administración era sinónimo de trabas y problemas. Compañías nacientes que conseguían colocar la idea de que hacía  posible alto grado de soberanía personal: tú eliges, tú lo tienes. 

Foto: KIKE TABERNER
Dos. Cuando Airbnb era cool y pretendía contribuir a los entornos urbanos. Aprovechando esa receptividad, Airbnb fabricó un relato poderoso en el que la marca, bien sexy, venía a representar una nueva generación de urbanitas. De nuevo, sin límites. De nuevo, sin intermediarios. La administración no era necesaria porque, entre usuarios, nos sobrábamos. Hazte a un lado, poder público. Y los poderes públicos se hicieron a un lado. En 2016, en otro de esos momentos cumbre que definen esta transformación, Airbnb patrocinó a los Castellers de Barcelona. Se colocaron en la espalda de sus camisetas con el lema ‘nascuts per fer pinya’ junto a la url castellersdebarcelona.com. Posteriormente los ‘castellers’ -más rotundos que las administraciones, por aquel entonces- se dieron cuenta que no era buena idea y rompieron el acuerdo, a pesar de que Airbnb ofrecía que en ‘sus’ apartamentos recomendarían visitar a los ‘castellers’. Vistiéndolo de economía colaborativa, en realidad la plataforma digital no quería apoyar a los peones del castillo, quería el castillo entero.

Tres. La fuerza digital de lo invisible. Acostumbrados a hacer frente a fuerzas físicas, visibles, el impacto de compañías digitales disfrazadas de economía colaborativa contaba con la ventaja del camuflaje: no eran percibidas, no había nada que ver. La administración, y por extensión la ciudadanía, acabó fijándose en las chanclas, el ruido de las maletas, el balconing y las despedidas de solteras. Cuando el problema central estaba de puertas para adentro. Aparentemente invisible. En apenas una década los Hyatt, Intercontinental, Marriott o Hilton fueron superados en facturación por Airbnb. A pesar de que los primeros tienen cientos de hoteles, miles de empleados y millones de sábanas. Airbnb no tiene nada de eso, como Uber no tiene coches. Y esa es justo la clave de bóveda de su modelo. Pareció que su desarrollo no conllevaba externalidades negativas. Si Airbnb no tiene casas, las ciudades sí tienen ciudadanos.

Foto: KIKE TABERNER

Cuatro. Miedo de ‘lo público’ a quedarse fuera del futuro. Ante la irrupción de enormes cambios tecnológicos las administraciones han tendido a actuar con el complejo de quien tiene miedo a quedarse fuera de juego. Frente al riesgo de obsolescencia, dieron por bueno el empuje de las grandes compañías digitales. El ingeniero Jaime Gómez-Obregón es especialista en fiscalizar inversiones públicas en supuestas innovaciones tecnológicas. Por ejemplo, registró el tráfico -inexistente- que en los dos últimos años experimentaron muchos metaversos municipales regados con dinero público. «Algunos ya estamos hartitos de unos servicios públicos llenos de ‘inteligencia artificial’, ciudades ‘smart’ y ahora ‘metaversos’ chirripitifláuticos… mientras los trámites digitales más elementales siguen siendo una yincana kafkiana», definió. Los constantes palos de ciego ante el miedo de no tomar el tren hacia el futuro impidió que se abordaran los efectos de las grandes irrupciones tecnológicas. No era una ilusión lejana, era una realidad que afectaba a lo más cercano. 

Cinco. Más clicks, más éxito. Igual que el modelo más abrasivo de periodismo digital, nuestras ciudades hicieron que su éxito dependiera de los clicks de entrada en su ciudadela. A más visitas, más éxito. Desde hace años urbes como València han sujetado el buen momento de la ciudad a partir del crecimiento disparado de visitantes. Un comportamiento cercano al del creador de contenido, quien procura que sus mensajes escalen el tránsito. La mala suerte es que, además de usuarios, en las ciudades viven ciudadanos que requieren de la mediación de sus municipalidades. Por eso una ciudad no puede actuar ni tener las aspiraciones que una marca, sino priorizar a quienes la habitan. Más allá de moratorias, hay una necesidad cultural de romper con la máxima perversa del click y el éxito. Como en el periodismo, se trata de elegir entre comunidad o solo tráfico. Valor o solo volumen. 

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