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El romanticismo de las road movies se traslada al teatro

Las Naves reponen Cine, de la Tristura, un montaje que reivindica la memoria histórica en un viaje por carretera 

19/10/2016 - 

VALENCIA. La carretera siempre ha estado colmada de romanticismo, primero en la literatura y luego en el cine, donde se le ha retribuido con un género que es promesa de peripecias, la road movie. Antonio Machado exhortó al caminante a ponerse en marcha y Serrat hizo lo propio cantando. Jack Kerouac relató el periplo en el camino y Walter Salles lo filmó. Kavafis resaltó la importancia del viaje por sí mismo y legión lo han parafraseado sin saber dónde localizar Ítaca, porque lo importante no era el destino, sino las aventuras vividas hasta llegar allí.

Estos días, el ánimo de hibridación ha llevado al teatro contemporáneo a una encrucijada con el cine, y la cartelera española cuenta con dos montajes con aliento de road movie. Este fin de semana, 22 y 23 de octubre, se repone en Las Naves Cine, de La Tristura, y La estupidez, un texto del argentino Rafael Spregelburd, se haya de gira por nuestro país en versión de Feelgood Teatro. Por desgracia, sin parada, hasta el momento, en nuestra ciudad.

Un jinete a guitarra

Cine es teatro, por mucho que al llegar a la sala se surta a los espectadores de auriculares, por muchos que sean los guiños al western, a James Dean y hasta a la Nouvelle Vague. La compañía de Celso Giménez e Itsaso Arana han decidido contar el viaje físico y emocional de un hombre joven en búsqueda de sus padres biológicos con recursos que beben de referencias al séptimo arte. 

 

“Hay algo en el género cinematográfico, en la distancia que genera la pantalla, en la estética interpretativa que permite ese lenguaje, que hace que lo sintamos posible”, explican los autores de la obra.

En su trabajo con lo icónico hay pinceladas de Edward Hopper y un protagonista en busca de identidad que remite a los héroes del Oeste. En este caso, a lomos de una guitarra. El músico que le da vida es Pablo Und Destruktion. El crooner asturiano debuta en la interpretación en esta obra.

“En nuestras piezas solemos trabajar con gente que no ha subido nunca a un escenario: guionistas, escritores, niños... –explica Celso Giménez-. Cuando empezamos a imaginar a nuestro personaje pensamos en un chico normal, de unos 30 años, alto, delgado, carismático y un punto diferente. No podía ser un actor”.

Fue entonces cuando recordaron el concierto de presentación del disco Vigorexia emocional en el Teatro Lara. “Nos lo había recomendado Pablo Gisbert, de la compañía El Conde de Torrefiel. El nombre de Pablo Und Destruktion nos pareció llamativo y en directo nos transmitió una energía muy buena. Es una figura muy curiosa para ser español. Y con ello me refiero a que los moldes en nuestro país suelen ser bastante chatos, tanto en poesía como en música y escénicas. Pablo, en cambio, no imita a nadie y está generando un modelo y una forma de contar propios. Tiene una cosa pura y especial”, describe el cocreador de Cine.

Otro tanto sucede con las propuestas teatrales de La Tristura. La formación, fundada en 2004 por un grupo de estudiantes de la Real Escuela Superior de Arte Dramático, siempre se ha mirado en otros ámbitos de la creación: la poesía, la filosofía, las bellas artes y el cine. Y en sus piezas brindan al espectador nuevos estímulos. 

“Cuando nos conocimos estudiando, sentimos que el discurso general y el tipo de teatro y de arte que nos estaban enseñando e invitando a hacer no estaba en el tiempo de hoy. Había que revisar esas convenciones, porque no nos llevaban a ningún sitio, y nos dejaban lejos de lo mejor que quieres ver sobre un escenario”, recuerda Giménez.

 

El Bosco y un motel de Las Vegas

Fernando Soto es del mismo parecer que los componentes de La Tristura. El director del último montaje de Feelgood Teatro, La estupidez, es un apóstol de la hibridación. “No podemos reincidir siempre en los mismos lenguajes, ya no de cara al espectador sino por nosotros mismos. Hemos de contar de diferente forma, estar abiertos y acostumbrar a la audiencia a mirar de otro modo. La unión de las artes genera riqueza cultural. Hemos de buscar un renacimiento”.

Para invocar esa epifanía escénica, los responsables de la compañía visitaron El Prado para ver la exposición dedicada a El Bosco y jugaron en el casino. Porque de las más altas cimas y de los más turbios cenagales se nutre el texto del dramaturgo Rafael Spregelburd que han decidido adaptar. 

El escenario donde el argentino había ambientado la acción era la ciudad de Las Vegas, “cuna del pecado, del dinero y del vicio, un sinsentido de luces y de charanga en medio de un desierto que bien puede ser patria de la estupidez humana”, considera Soto.

La puesta en escena elegida por el madrileño se inspira en la comedia del arte, inconscientemente en Robert Lepage, y tiene formato de vodevil, con una dinámica muy disparatada de entrada y salida de personajes de la escena. Un habitación idéntica representa un sinnúmero de habitaciones donde se intercalan las diferentes tramas, y cinco actores encarnan hasta a 24 protagonistas.

“Al arrancar la obra realizamos un pacto con el espectador. Si acepta la convención que le proponemos, hay juego, si se pone muy racionalista, se sale”, expone el responsable de esta road movie que transcurre en un surtido de dormitorios y parkings de uno o más moteles de la Ruta 66.

Fran Perea, Toni Acosta, Ainhoa Santamaría, Javi Coll y Javier Márquez mutan en el sinfín de seres singulares que los habitan.

 

Entre las citas cinéfilas, Soto cita a los hermanos Coen, “por la presencia de personajes extraños que parecen sacados de una irrealidad, por los lugares estrambóticos y por las situaciones raras y confusas”. Pulp Fiction (Quentin Tarantino, 1994) por la estructura de idas y venidas en el tiempo y las elipsis. Y Miedo y asco en Las Vegas (Terry Gilliam, 1998) se le viene a la cabeza “por el ritmo trepidante”.

El director era consciente del peligro que corría con la estructura escogida, porque la propuesta podía quedarse en la forma, “pero lo que hay por debajo es muchísimo, la cantidad de temas es inabarcable”.

Tal era su confianza en el texto de Spregelburd que no ha dudado en mantener su duración original, tres horas. “En este país tenemos mucha prisa y los espectáculos duran 70 minutos o, como mucho, 100. Pero todo dependen del enganche con el espectador. El tiempo es algo muy relativo. Hay obras de las que te marcharías a los 10 minutos y piezas, como Historias de Usera, que he visto recientemente, que te quedarías a ver seis horas”.

Además de su duración, La estupidez plantea otro reto a la audiencia. Las piezas del rompecabezas no empiezan a encajar hasta la segunda parte de la función. “Me gusta provocar esta incomodidad en el espectador, acostumbrado a resolver en los 10 primeros minutos de una obra. Aquí, o va adelante con el espectáculo o se planta. Es una apuesta arriesgada”. 

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