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TÚ DALE A UN MONO UN TECLADO

La guerra española que no existe

6/09/2017 - 

VALÈNCIA. ¿Qué tienen en común la Ilíada, Dunkerque y la Obertura 1812? Que las tres convierten la guerra en una experiencia estética. Por mucho que nos repugne cualquier enfrentamiento armado, la intensidad de una batalla -donde el hombre se mide con la muerte y consigo mismo- es un motivo de gran fuerza metafórica y artística. 

¡Ah, se me olvidaba la película La vaquilla! Y es que los españoles tenemos nuestra propia versión de la guerra…

Decía Oscar Wilde que “la realidad imita el arte” y en el caso de España no puede ser más cierto: las batallas españolas parecen una película de Berlanga. 

¿Qué he dicho? ¿Las batallas españolas? Si España no está ni ha estado en ninguna guerra últimamente… En fin, podemos seguir con el cuento ese que nos han vendido de las labores de reconstrucción y los cascos azules, pero la realidad es que el Ejército español ha librado varias batallas en lo que va de siglo XXI, silenciadas por el gobierno y los medios de comunicación, entre otras cosas, porque los españoles no queremos saber de guerras. 

 La novela que ha abierto la caja de Pandora al respecto es Aunque caminen por el valle de la muerte de Álvaro Colomer (Mondadori, 2017). Una historia real con la que el escritor se encontró casi sin querer, pues a pesar de que la batalla de Najaf (Irak) es una de las batallas más importantes de los últimos cincuenta años, muy conocida en el extranjero, en España apenas sabíamos de su existencia. Y es que ni nosotros queríamos saber ni los políticos que se supiese. Pero ya es demasiado tarde…

Para escribir la novela, Colomer contó con testimonios de soldados estadounidenses, salvadoreños, iraquís y mercenarios americanos. Apenas españoles. El gobierno español, incómodo con el tema, no solo no quiso dar su versión, sino que llegó a amenazarle veladamente para que no sacara a la luz este tema tan espinoso: que los españoles habíamos participado en una batalla con muchos muertos iraquíes, tanto milicianos como civiles, y que nuestra actuación había rayado lo vergonzoso. No por culpa de los soldados, eso lo deja muy claro la novela, sino de los mandos políticos españoles que no quisieron asumir ninguna responsabilidad. Los soldados siempre son el último mono, el que paga las consecuencias de lo que algunas personas deciden en despachos con aire acondicionado, pensando más en la política y la opinión pública que en las vidas de los muchachos. Y este es un buen ejemplo. 

No voy a destripar la novela, que recomiendo encarecidamente. Solo decir que los políticos hicieron quedar al Ejército español como unos cobardes. Incluso Paul Bremer, exadministrador de EEUU en Irak, dijo en sus memorias que los españoles nos habíamos negado a combatir. ¿La razón? Simplificando: acababa de ganar las elecciones Zapatero y estábamos ante un cambio de gobierno. El partido en funciones (PP) no podía permitirse que la gente supiese de una batalla del Ejército español en Irak, pues el tema del apoyo a la guerra –con el 90% la opinión pública en contra- había tenido un alto costo electoral. El partido entrante (PSOE) había hecho de la retirada de las tropas una de sus banderas. Así que ni uno ni otro querían saber nada de conflictos armados, por lo que dieron la orden de no actuar, dejando a las tropas estadounidenses y salvadoreñas solas defendiendo una base de mando español mientras los nuestros esperaban sentados. Ni siquiera podían proporcionar munición a sus aliados, así que cuando comenzó a escasear la cosa se puso calentita en la base…

La guerra española vista por Berlanga

“¿No es extraño que haya tan pocas bajas enemigas contabilizadas por el Ejército español cuando hay tantos conflictos?”, me pregunta un Cabo 1º. “¿Sabes por qué? Porque es algo bastante habitual que tus superiores te impidan comprobar los muertos para no tener que justificar las bajas”.

Los estadounidenses contratan mercenarios porque sus muertos no contabilizan, nosotros simplemente no nos acercamos a certificar los cadáveres enemigos. ¿Han visto The Wire? Pues eso: las cifras contra la realidad. 

“En la empresa, al final todo tiene que ver con el dinero y la apariencia”, me matiza un Sargento destinado en Irak.

Más allá de los despropósitos que cuenta Colomer, el Ejército español ha protagonizado muchos episodios berlanguianos. He estado investigando el tema y algunos soldados en activo me han contado situaciones similares a las relatadas en la novela. Tropas destinadas al desierto, por ejemplo, que fueron entrenadas solamente durante un mes y en Galicia, donde ni la orografía ni el clima tienen nada que ver con el destino. Un ejemplo más de la falta de conciencia de la dificultad de las misiones en Oriente Medio. 

Fotograma de 'La vaquilla', de Luis G. Berlanga

Colomer habla de los fallos en las ametralladoras pesadas de los vehículos españoles, lo que hizo que, cuando nuestros soldados finalmente actuaron, fueran tachados de cobardes por los aliados por no disparar. ¿Quién podía imaginar que no les funcionaban las armas? “Esto es tan negligente que podría ser considerado falta grave en el régimen disciplinario militar”, me cuenta un Capitán del Ejército. “El hecho de que sean tres los vehículos afectados revela que no fue un problema puntual sino que, o bien fue un problema de mantenimiento preventivo deficiente del armamento vehicular y/o incluso de falta de instrucción de las tripulaciones de los vehículos (esta opción es la menos probable), o en su defecto fue un problema constructivo del configuración de la ametralladora del blindado, que como se demostró a posteriori era deficiente. Esto en zona de guerra no es heroico sino un delito: enviar al personal militar con material deficiente para llevar a cabo una misión de combate”. Parchearon el entuerto con unas ametralladoras medias de menos calibre y precisión, que implicaba disparar expuesto por fuera del vehículo. Como digo, al final siempre paga el soldado ante la falta de previsión de los altos mandos. “No siempre políticos, para qué vamos a mentir”, me dice un Sargento. “En muchas ocasiones son los propios Generales, que están pensando más en la cena que tienen con el alcalde de turno o el colegio privado al que van a llevar a sus hijos, que en lo que deberían pensar”.

Hay más historias grotescas que muestran la poca conciencia sobre la misión: ni los entrenamientos (demasiado duros para la climatología de Irak, lo que provocó lipotimias y desmayos), ni la logística (palés de comida se estropearon por el calor y tuvieron que echar mano de las raciones americanas), ni el equipamiento (el color de los vehículos no seguía el patrón del desierto: el verde oscuro militar bajo el sol de Irak hacía que la chapa ardiera más si cabe y provocara quemaduras) fueron los adecuados. Da la sensación de que los altos mandos se habían creído el cuento que contaban a la ciudadanía: que íbamos a un país sin conflicto alguno a hacernos fotos con niños para el telediario de TVE. Porque no hay otra forma de entender la falta de previsión.

Resumiendo, en el Ejército de entonces (esperemos que las cosas hayan cambiado o empiecen a cambiar) “no había una conciencia adecuada ni un background intelectual y conceptual adecuado para afrontar con éxito dicho conflicto. Se cometieron muchísimos errores: la misión no estaba clara (¿misión de reconstrucción o de combate?) y por lo tanto el personal que se desplegaba no sabía el porqué y se preparó para una misión que al final resultó ser otra, lo que generó desconcierto y desconfianza en el mando. No se hizo un estudio detallado de la amenaza, ni de los factores de la decisión: misión, tiempo, terreno, enemigo, fuerzas propias… No se fomentó entre los mandos una conciencia cultural del teatro de operaciones, para contribuir al entendimiento del conflicto y facilitar la asimilación de la misión. No había casi intérpretes, no se impartieron ni tan siquiera entre personal clave, clases de árabe básico y el personal que tenía contacto con la población local apenas conocía las costumbres y usos del lugar…”, me cuenta el Capitán. Y me pone un ejemplo: los soldados españoles, que debían ganarse la confianza de los iraquíes, no habían sido avisados de protocolos como no orinar mirando a la Meca, lo que generaba malestar entre la población de la zona, más todavía porque Najaf es una ciudad santa. No tuvieron tampoco apoyo psicológico a la vuelta, ni de ningún tipo, pues todos en España querían pasar página a lo ocurrido… 

Por todo esto, el libro de Álvaro Colomer es importante. Porque no es solo una novela, sino una denuncia. De la ineptitud y las inferencias políticas en el Ejército español. Y un alegato a favor de nuestros soldados, los principales damnificados por ello.   

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