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CRÍTICA MUSICAL

Mahler despiadado. Ravel exquisito

Christoph Eschenbach dirige en el Palau adaptándose a los requerimientos específicos de cada partitura

19/11/2016 - 

VALENCIA. La actuación de la SWR Symphonieorchester, dirigida por Christoph Eschenbach, ha sido uno de los platos fuertes presentado esta temporada en el Palau de la Música. El público, mal que les pese a algunos, quiere escuchar a los grandes nombres. La sala Iturbi estuvo llenísima este jueves, y los aplausos brindados a los alemanes fueron sumamente largos y cálidos.

Bajo el paraguas de la SWR (Radio del Sudoeste de Alemania) funcionaron hasta hace poco dos orquestas sinfónicas diferentes: la de Stuttgart y la de Baden-Baden / Friburgo. En 2012 se inició el proceso de fusión de ambas, desembocando en la agrupación que escuchamos el viernes. Tal fusión ha sido bastante cuestionada, como sucede siempre cuando desaparece una orquesta sinfónica de calidad. La de Baden-Baden / Freiburg, además, era todo un referente en el campo de la música contemporánea, y en el Palau de la Música se la ha escuchado con cierta frecuencia (2005, 2007 y 2009). Fueron asimismo instrumentistas y cantantes de la ciudad de Friburgo quienes, junto a músicos españoles, facilitaron el estreno valenciano del Prometeo, de Luigi Nono. Tuvo lugar en el claustro de la Nau (2003), y lo organizó el Institut Valencià de la Música. La obra es tan bella y sobrecogedora que supuso un auténtico aldabonazo a favor del repertorio contemporáneo.

Christoph Eschenbach no sólo es un gran director. Fue también un gran pianista, aunque hoy, a los 76 años, se centre más en la batuta. A pesar de la edad, dirige con una vitalidad asombrosa, y no rehuye obras, como la Quinta Sinfonía de Mahler, de considerable longitud y complejidad. La abordó, por otra parte, con una visión casi despiadada, de acendrado dramatismo y dinámicas muy contrastadas, al tiempo que proporcionaba una meticulosa atención a los detalles. Pudo no gustar, quizás, el manifiesto desgarro de su lectura, pues, tocando así la Quinta, cabe preguntarse qué hará la trágica Sexta. Nunca deberían hurtarse a Mahler todos los conflictos que su música encierra, pero también es cierto que pueden expresarse, como lo hacía Bruno Walter, de forma más contenida.

Lo que no puede negarse a Eschenbach, en cualquier caso, es la limpieza de su lectura, y quizás sea esa la condición ineludible al enfrentarse a estos pentagramas. Las sinfonías de Mahler encierran una rica polifonía, cuyas líneas han de ser escuchadas con absoluta claridad. Tanto cuando se complementan como cuando se contradicen entre sí. Ningún pormenor, ningún acento, ningún color, pueden dejarse de lado, porque todos son fruto de una meditadísima elaboración. También porque la gran orquesta que los desgrana puede engullirlos y difuminarlos a poco que se descuide la batuta. Lo que más daña a la música de Mahler es el sonido espeso. De ahí que los mejores directores lo eviten.

Así lo hizo Eschenbach. La limpieza fue absoluta, y el tejido sinfónico resultó transparente en grado sumo. Nunca se produjo esa “pasta” tan frecuente, por desgracia, en este repertorio. Todos los conflictos, todas las irrupciones de motivos que quiebran constantemente el discurso, quedaron a la luz. También todos los timbres y los matices de intensidad, Subrayó de forma notable las sonoridades graves, especialmente en los vientos, que no parecieron estridentes ni siquiera en el fortísimo, sin duda por la habilidad de los instrumentistas. Tampoco el impecable ajuste hubiera sido posible sin la entrega y el esmero de unos músicos a los que, por otra parte, se les veía seducidos por el director. Eschenbach supo graduar –y transmitir- las tensiones presentes en toda la obra, y salpimentó lo más sublime, cuando tocaba, con los acentos sarcásticos que Mahler dispuso. Fue precisamente con respecto al segundo movimiento de la Quinta cuando Mahler escribió a su esposa unas palabras que luego se harían famosas: "el scherzo es un movimiento endemoniado que va a tener grandes problemas. Los directores lo tomarán demasiado rápido y harán con él tonterías (...) ¿Y el público qué va a entender, qué van a decir de esta música primigenia, de este mar de centelleantes rompientes que echa espuma, que ruge, que se enfurece...? Esta música no es de este tiempo. ¡Oh si pudiera dar el estreno de esta sinfonía 50 años después de mi muerte!".

Delicadeza y elegancia

Muy distinto fue el clima creado con el Concierto en sol de Ravel , programado antes del descanso. La obra, compuesta entre 1929 y 1931, presenta una unidad y un carácter que denotan inmediatamente el estilo del compositor. Ravel integró en su música los procedimientos que le parecieron adecuados, alguno de los cuales pueden venir del jazz, otros de la música española (patente en los primeros compases), o, también, de Fauré (la sencillez del segundo movimiento). Podría rastrearse asimismo la polirritmia de Stravinsky, o la chispa de Prokófiev. Las tres primeras décadas del pasado siglo se constituyeron en un genial hervidero de propuestas, y las mentes más lúcidas no dejaron de mirar a su alrededor para integrar lo que más les seducía. Las influencias son, en muchos casos, recíprocas. En el primer movimiento del Concierto en sol, por ejemplo, Ravel adelanta alguno de los temas más famosos del Porgy and Bess de Gershwin (Bess, you is my woman now), compuesto cinco años más tarde y versionado luego con frecuencia en el jazz. En cualquier caso, Ravel, subsume todo ello en el depuradísimo estilo al que había llegado ya tras la Primera Guerra Mundial, y su música fluye siempre con una elegancia extrema.

El pianista americano Tzimon Barto sirvió la partitura buceando, al igual que la orquesta, en todos los colores que encierra, y aplicando una pulsación diáfana y certera. En el segundo movimiento se enfrentó con éxito a un bello monólogo en pianísimo, con breves intervenciones orquestales que se muestran como pinceladas, y que más bien subrayan el intenso ensimismamiento del solista. Al igual que Tzimon Barto, el refinamiento y la delicadeza fueron las guías conductoras de Eschenbach y la orquesta con Ravel, luciendo ambos, por otra parte, un fraseo tan elástico como el que pide la partitura.

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