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Nunca más habrá leyendas como la de New York Dolls

26/12/2021 - 

VALÈNCIA. Hay momentos que nadie imaginó que pudieran hacer historia. Quién iba a imaginarse a principios de los años setenta, que lo que pasaba en las catacumbas culturales de Nueva York dejaría un rastro que medio siglo después tendría el peso de las leyendas. Las New York Dolls ya forman parte de esa Historia que no está exclusivamente constituida por las Bellas Artes, y que incluye también a la fotografía, el vídeo o la música pop. Cuando los Dolls dieron su primer concierto en el Endicott, un hotel de Nueva York que también hizo historia, impusieron por asalto las bases para un nuevo orden en el rock & roll. El cambio, a nivel musical apenas resultaba apreciable en ese momento. Lo que hacía la banda formada por el cantante David Johansen, el guitarra Johnny Thunders, el batería Billy Murcia, el guitarra Syl Sylvain y el bajista Arthur Kane era rock & roll que sonaba despreocupadamente a otras cosas hechas ya con anterioridad. En escena los cinco músicos eran malos de solemnidad y, según las crónicas que llegarían durante los años siguientes, siguieron siéndolo durante bastante tiempo. ¿Qué tenían entonces de especial aquellos cinco caraduras que salían vestidos para un carnaval de perversiones sexuales? Dos cosas: aspecto y actitud. No necesitaban más. Bueno, y unas cuantas canciones memorables, por supuesto, aunque me temo que nunca fueron más importantes que el concepto que representaba el grupo.

Los Dolls alteraron el modo en el que un grupo de rock masculino se presentaba en público. No se llamaban así por casualidad. Cuando Syl Sylvain fundó la primera formación con su amigo Billy Murcia, se llamaban solamente The Dolls, la Muñecas. Previamente a eso, ambos se habían asociado para crear una marca de ropa, Truth & Soul, prendas de punto de colores chillones que evocaban el folclore caribeño de Murcia, nacido en Colombia. Ellos tuvieron mucho que ver en la imagen que definió a una banda cuyos miembros tocaban maquillados, ataviados con ropa de mujer, casi travestidos. Tan sólo unos atrás Mick Jagger había sido el primer cantante heterosexual que aprovechaba el poder de la pluma sobre un escenario. Las New York Dolls eran como unos Rolling Stones sin rastro del amaneramiento de Jagger, pero su estilo se parecía mucho al de ellos. Como contaba en sus memorias Bob Gruen, que fue su fotógrafo de cabecera, “sus conciertos eran ruidosos, veloces, creativos, una diversión caótica. Me gustan las bandas que salen a actuar y lo hacen con un sentido del estilo que se ajusta a su música y de alguna manera la completa. Eso es lo que hacían ellos”.

Se dice de las New York Dolls que fueron el primer grupo punk y, aunque suele decirse demasiado a menudo y demasiado en vano, en eso mismo reside su otra gran aportación cultural. Ya hemos dicho que eran caóticos, pero el tipo de caos que generaban es exactamente la razón de ser del rock & roll. Esa energía descontrolada y sin domesticar que se hace contagiosa. Vestidos como iban, más chulos que nadie, los Dolls inspiraron a una serie de chicos y chicas de Nueva York que, solamente con verlos, también quisieron montar su propia banda. Hablamos de Lenny Kaye, que para entonces ya acompañaba con la guitarra a Patti Smith en sus recitales de poesía; hablamos de Chris Stein y Debbie Harry, ambos cercanos al entorno de los Dolls y que en 1973 formarían la primera encarnación de lo que terminaría siendo Blondie; hablamos de Dee Dee Ramone, que al verlos dijo, “esto también puedo hacerlo yo”. Y es que, como Gruen declaró, “los Dolls eran muy malos […] Me enseñaron que un grupo que hace rock & roll jamás debe ser bueno. Ha de ser sincero”.

New York Dolls eran más sinceros que nadie. Querían ser estrellas de rock, provocar, tocar las narices, hacerse ricos, ligar mucho. En muy poco tiempo su popularidad trascendió el entorno neoyorquino y acabaron tocando en Londres en 1972, antes de tener un disco grabado. El semanario NME dijo de ellos que la única manera de ligar en Nueva York era entrar a formar parte de su entorno. La combinación de exuberancia juvenil y hedonismo autodestructivo que era su combustible se volvió en su contra de inmediato. En aquel viaje Murcia murió de una sobredosis. Pero la banda siguió adelante con sus planes y el batería Jerry Nolan entró como sustituto.

Foto: BOB GRUEN

Una de las propuestas de los Dolls, y quizá por eso despertaron la curiosidad de la prensa inglesa, es que tenían lo que entonces empezaba a estar de moda: ambigüedad. En 1972 Inglaterra se rendía ante el glam, pero al otro lado del Atlántico, los Dolls habían patentado el glitter rock, su versión neoyorquina. Era consecuencia, como tantas otras cosas, de la Factory de Warhol, de los últimos coletazos de verdadera transgresión que allí tuvieron lugar. Proviene del reino queer que potencian actrices trans como Candy Darling, cantantes trans como Jayne County y autoras de teatro underground como Jackie Curtis. Es esa estética que intenta desesperadamente replicar el star system de Hollywood a base de ironía y ropa antigua comprada en tiendas de segunda mano. Es la purpurina que el director teatral Tony Ingrassia adquiría por arrobas para sus representaciones. Es el Club 82, un local que abrió la mafia en los años 40 y acabó siendo la meca del transformismo neoyorquino, un lugar que en los primeros setenta se puso de moda y donde había actuaciones de bandas emergentes. Los Dolls también tocaban allí. Recuerda Gruen que la primera vez que los vio fue en una sala llamada Oscar Wilde Rom y formaba parte del Mercer Ars Center. Lo que más le sorprendió al fotógrafo fue verse rodeado de tipos con melenas y bigote, pero con los ojos pintados. No había escenario, el grupo actuaba rodeado por el público, que se mezclaba con ellos. Era una escena desinhibida y salvaje que a Gruen le recordó el Satyricon de Fellini.

En 1975, y después de haber grabado dos álbumes que defraudaron sus ambiciones de éxito comercial, los Dolls se encontraron sin discográfica y con tres de sus cinco miembros eran adictos a la heroína y al alcohol. Un empresario llamado Malcolm McLaren, que andaba por la ciudad haciendo negocios con mayoristas para su tienda de ropa en Londres, quedó fascinado por su presencia y por el caos que emanaban en directo. Les propuso ser su mánager y, a continuación, los uniformó con prendas de rojo chillón que diseñó su esposa Vivienne Westwood. Ahora se trataba de escandalizar sustituyendo el sexo por la política. McLaren era admirador de Guy Debord y pensó que aquellos disfraces seudocomunistas, encabezados por una bandera con la hoz el martillo, atraerían la atención del público. Pero la estrategia no funcionó porque los americanos son muy suyos a la hora de escandalizarse. El grupo acabó separándose, y McLaren se volvió a Londres dispuesto a aplicar todas esas ideas a un grupo local. Así fue como irrumpieron en escena los Sex Pistols. En cuanto a los New York Dolls fenecieron en 1975 para resucitar casi inmediatamente en forma de leyenda a medida que los grupos de una nueva sala llamada CBGB iban dando que hablar. Se reunirían muchos años después por petición de Morrissey, unos de sus grandes fans, uno de esos actos de justicia poética que sirven para poco más que para cantar victoria a destiempo. Aquella calamidad, aquel descaro, aquel cachondeo, aquellas canciones que apelaban a la frustración adolescente no habían sido en vano. David Johansen dijo en su día que el grupo no era más que una pandilla de chavales intentando pasarlo en grande. El mejor rock & roll, el que termina haciendo Historia, suele surgir así, sin los papeles en regla, contraviniendo las normas, poniendo la casa de tus padres patas arriba. Ahora que ya sabemos que estas cosas ya no volverán a suceder y que ya no se escriben leyendas, lo suyo se antoja más importante que nunca.

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