VALÈNCIA A TOTA VIROLLA

Qué hacer con los restos de los cines cuando mueren: el desafío del día después

9/04/2022 - 

VALÈNCIA. Acostumbrados al lamento de aquello que se pierde, suele pensarse poco en qué hacer cuando eso sucede. La embestida progresiva sobre los cines, mezcla de una erosión continuada y una profecía autocumplida, ha dejado desde hace años un reguero de puntos muertos: cines deshabitados. Ni tan siquiera son los de la generación de oro, sino los que en los últimos años trataron de reverdecer el sector con reaperturas. También ellas, como Albatexas o Aragó, en València, corrieron la misma suerte: grandes cajas vacías de contenido, sin ningún tipo de memoria sobre la urbe más allá del aprovechamiento inmobiliario que abren con su cierre.

Además de acudir sentidos al velatorio, ¿qué puede hacerse para procurar que esos cines que bajan la persiana puedan tener una cierta continuidad cultural? La última clausura, en versión bizarra, fue la del Cine X de la Calle Cuenca y dio paso al mismo condicional: ¿y si esto se aprovechara para equipar al barrio…?

Quizá la respuesta más sencilla, por inercia, es dejar que los movimientos de las placas urbanas fluyan, como se plantea la editora de Flat Magazine, Clara Sáez: “Crecí yendo a los Albatros, haciéndome la intelectual cuando dejaba la adolescencia y tragándome, entusiasmada, varios pases seguidos, varios días seguidos, en la Mostra cuando aún se celebraba en los difuntos Cines Martí, más o menos en la misma época en la que podías ver a Azcona cocinando una paella frente a los jardines de los minicines coincidiendo con el estreno de una película suya, hacia mitad de los 90.  Eran momentos dorados para las salas de cine,  incorporadas totalmente al ocio más habitual, pero ahora, esas dos, por ejemplo, llevan años cerradas y sin uso. ¿Qué se podría hacer? Quizá sea el signo de los tiempos que la ciudad crezca pisoteando aquellos espacios y la vida siga”. 

La directora del festival La Cabina, Sara Mansanet, invita a una reflexión previa que sea útil para plantear el día después de los cines: “creo que como sociedad y como público no la estamos haciendo. Lo que suceda posteriormente con el uso de estos espacios debe ser en gran parte consecuencia de esta reflexión, de lo contrario estamos abocados a un nuevo fracaso. Es fundamental que desde la gestión pública se apueste con determinación por un proyecto cultural de ciudad y se escuche y valoren las propuestas de las iniciativas civiles”. 

“Con todo -apunta el director de Cinema Jove, Carlos Madrid- no creo que la iniciativa pública debiera actuar en todos ellos. Al fin y al cabo eran empresas privadas que hicieron cuentas en su día y vieron que su continuidad no era posible. Lo único que veo como alternativa para que no desaparezcan más cines es que se rebajen todavía más ciertos impuestos a la cultura (y el cine, además de su faceta de ocio o entretenimiento, es ante todo cultura) para que los cines que han visto peligrar su continuidad durante la pandemia puedan asegurarla por un tiempo más.

Y si alguna iniciativa -civil o institucional- rehabilitara un cine para reactivar su uso, debería tomar nota de ciertas iniciativas recientes que ha habido en Valencia (Albatexas, Aragó Cinemas) para copiar sus aciertos y evitar sus errores”. 

Elaborado un primer esbozo de análisis, los tres colaboran en presentar, como por dosis, algunas contribuciones híbridas con las que rellenar los vacíos que cubren gran parte de la ciutat que fue del cine.

La solución Equis

Clara Sáez: “Un ejemplo de reciclaje excelente de un cine en desuso es el de la Sala Equis, junto a la plaza de Tirso de Molina en Madrid, donde un grupo privado ha convertido, con un trabajo chulísimo del Estudio Plantea, ese edificio histórico en un espacio de ocio poco convencional, con vocación de encuentro social y cultural mezclado con gastronomía y proyecciones de ciclos temáticos. No es un cine al uso pero digamos que recupera, en parte, la tradición de la pantalla que hubo en su día, a lo que añade todos los demás alicientes. Y siempre está lleno”.

Sara Mansanet: “Ojalá que las salas de cine no perdieran el uso para el que han sido diseñadas y ojalá valoráramos estos espacios conforme a lo que son: punto de encuentro cultural en el que vivir la experiencia compartida que nos ofrece la creación cinematográfica. Entre la realidad y la utopía, creo que espacios como la Sala Equis de Madrid son una buena respuesta: edificios singulares con fuerte inversión económica y personal cualificado y suficiente para poder gestionar una programación que conecte e interese al público. ¿Utopía? Puede ser”.

La solución gastrohíbrida

Carlos Madrid: “Muchas librerías han puesto en marcha un negocio paralelo (bar, cervecería) para de esa forma tener ambas líneas de negocio abiertas y asegurar su continuidad. En València tenemos Slaughterhouse, Ubik o la Batisfera, si bien sólo esta última tiene las dependencias de librería y bar bien diferenciadas, que es la opción preferible. Si hablamos del audiovisual, muchos cines tienen la venta de palomitas y refrescos como un negocio que ofrece mayor margen de beneficio que la venta de la entrada. Esto evidencia que en muchas ocasiones el cine no es rentable por sí solo y necesita dotarse de ciertas ayudas. Para no depender de terceros, es recomendable tener, en lo posible, ese negocio paralelo siempre que no interfiera con el disfrute de una película en condiciones”.

La solución público-privada 

Carlos Madrid: “Otra opción es buscar patrocinios culturales (como hizo La Rambleta con Movistar), pero también hay que tener cuidado en cómo interfiere la marca con el producto, para que no acabe fagocitándolo”.

La solución institucional 

Clara Sáez: “Una propuesta que me parece deliciosa es la que ha lanzado Andrés Goerlich para el Cine Metropol, el último cine que queda en pie de antes de la República, es decir, un sitio con valor histórico y con memoria de la ciudad. El empeño popular en salvaguardar el edificio, que lo hay, solo cuajará con una clara voluntad política, que no sé si finalmente la habrá, la verdad. 

Goerlich apuesta por una compra pública del edificio del Metropol para ubicar allí el Museo Berlanga, con todo su archivo y con una sala con constantes proyecciones de las películas del director valenciano. Se generaría un espacio original respecto a la temática, en un edificio con historia, a través de un contenido interesante y de calidad para ofrecer a propios y a turistas. Mantendría vivo el edificio y la memoria de Berlanga. Sería maravilloso”. 

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