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crítica de cine

'Quien a hierro mata': El tormento de la venganza

30/08/2019 - 

VALÈNCIA. En un barco pesquero, dos jóvenes torturan a un hombre mientras esperan la confirmación por parte de su jefe de si deben matarlo o dejarlo con vida. La secuencia de inicio de Quien a hierro mata nos introduce en un universo cargado de violencia, en este caso física y explícita, pero hay otro tipo de virulencia todavía más profunda e incómoda, la que se esconde detrás de una mirada o de un silencio cargado de odio.

El director Paco Plaza se adentra en los vericuetos del thriller de venganza a través de estas dos perspectivas, la externa y la interna, la que se ve y la que se intuye, la que se manifiesta y la que te atrapa por dentro y surge de las entrañas.

Y lo hace transitando caminos nada fáciles, demostrando que los patrones de cualquier género están para romperse, para poder ser reinterpretados al pasar por el filtro de la propia personalidad. El resultado es una obra bronca y turbia, compuesta por multitud de capas y revestida de una enorme fuerza simbólica que transita entre la pulsión de vida y de muerte.

La pugna entre luz y la oscuridad acompañarán a lo largo de todo el trayecto al personaje de Mario (Luis Tosar). Es enfermero en un geriátrico y está a punto de ser padre con su pareja, Julia (María Vázquez). Sin embargo, la llegada al hospital de un jefe de la mafia local que ya no puede valerse por sí mismo, Antonio Padín (Xan Cejudo), abrirá las heridas todavía no cicatrizadas de un pasado que había intentado olvidar.

Un pasado que emergerá como un animal que ha estado mucho tiempo encerrado, desatando toda la rabia acumulada y conduciendo al protagonista a una vendetta personal que lo acerca a su lado más sombrío.

El director opta por un estilo naturalista a la hora de retratar el universo cotidiano del protagonista. Su trabajo en el geriátrico, cuidando a los ancianos de forma atenta y meticulosa y su promesa de formar una familia feliz. Toda esa supuesta estabilidad se trastocará al enfrentarse a la figura de ese hombre que ahora se encuentra a su merced y que representa el dolor y la pérdida. Como telón de fondo, Galicia, las zonas portuarias recónditas, los almacenes de descarga y el narcotráfico como forma de vida.

La película habla de forma implícita de las heridas que la droga dejó en buena parte de toda una generación, la de los ochenta, y de cómo ese daño se ha ido perpetuando y trasmitiéndose hasta llegar a la actualidad. También habla del peso de la herencia, de cómo se transfiere esa semilla de maldición, de cómo los monstruos que se crean son capaces de generar a su alrededor una espiral destructiva que termina arrasándolo todo.

Paco Plaza construye una película incómoda y oscura que poco a poco va abrazando la locura hasta conducirnos hasta territorios de una enorme furia expresiva. Es un thriller, pero en realidad, la acción resulta profundamente introspectiva, lo que todavía lo hace más perturbador. Resulta complicado ponerse en la piel de ninguno de los personajes, ni de ese capo con demencia senil aparentemente desahuciado, ni de sus hijos (que intentan con poca fortuna continuar el negocio familiar demostrando su nula capacidad) y tampoco de ese enfermero empeñado con saldar cuentas con su pasado que se deja arrastrar por sus fantasmas internos.

No hay lugar para la esperanza en este recorrido angustioso y febril por los territorios de la memoria y la culpa que nos conducen irremediablemente hacia un cul-de-sac. Su trayecto resulta tan incómodo como imprevisible y envenenado. Hay golpes, sangre, vómitos, mierda e inquina. Hay premeditación y alevosía. Y también, como ocurre en los buenos noirs, muchas dosis de fatalidad.  

Es la primera vez que el director de películas como Rec (2007) o Verónica (2017) trabaja con un guion ajeno, obra de Juan Galiñanes y Jorge Guerricaechevarría, pero consigue llevarlo a su terreno convirtiéndolo en una obra recorrida por su identidad como cineasta, desde la elección de las canciones (de Julio Iglesias a Los Suaves con score de Maika Makovski), a la firmeza en la tensión y el pulso del relato hasta la plasmación de un universo cerrado que bebe de la realidad para adentrarse en los límites de la pesadilla abstracta.

Al final, todos los personajes terminan expiando su culpa, aunque a través de un mecanismo tan retorcido como el propio refrán que da título a la película: Quién a hierro mata… a hierro muere. El justiciero se convierte en verdugo y finalmente en víctima de su propia venganza.

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