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CITAS EN RESTAURANTES

Tinder, tatakis e infidelidades. It’s a match

Citas Tinder, sexo en los baños, pedidas de mano, rupturas y escarceos amorosos. Si los hosteleros valencianos hablaran, ‘Foodie Love’ sería un documental

Por | 31/01/2020 | 6 min, 13 seg

A veces hay que entregarse al relativismo cultural. Por ejemplo, pasar cinco deliciosos minutos en la sala de espera del dentista leyendo una soberbia pieza del periodismo titulada Qué comer en tu primera cita y qué no. Que puedes llevar La Celestina en el bolso y darle un mordisco a sus casi 400 páginas, que la prota tiene valiosos consejos sobre las bondades del vino, pero su trasfondo de ruptura con los modelos patriarcales vigentes del siglo XVI no es tan eficaz como el siguiente aforismo: «Si tienes gastritis, ¿para qué pedir algo muy picante o que te caiga pesado? Los efectos no tardarán en aparecer y la experiencia no será grata». Una excepción a la norma, una amiga pidió pimientos de Padrón y morcilla de Burgos en una primera cita y se echó el novio más sólido de su historial. La despensa del noroeste era el sabor de la relación

Fracaso en el match, no en el plato

«Había una chica que venía bastante al Observatorio. Una noche vino con su hermana que había vuelto de Estados Unidos y nos la presentó. A la semana siguiente volvió con un chico, la semana siguiente volvió con otro chico, a la siguiente, con otro. Cuando se quedó sola en la mesa me acerqué a saludarla y le dije: “¿qué tal tu Tinder?” Me preguntó si se notaba mucho y que “joder, es que me pilla al lado de casa, si sale bien estoy al lado y si no, al menos ceno bien”. Si consigue durante tres semanas seguidas que alguien distinto le invite a cenar –porque además creo que la invitaban– se lo canjeo por un brunch». Como la promoción de la película gratis de los Babel pero con tortitas y bacon.

Querida desconocida que frecuenta el restorán de Sergio Mendoza –que lo mismo dejas de hacerlo, porque la discrección no la lleva bien– te entiendo de corazón. 

Una tórrida noche reservé en Gallina Negra. No triunfé, pero la coca de lengua… compensación carnal. Sara Folgado, responsable de la sala en la que se sirve de dicha coca, cuenta que las primeras citas se ven de lejos: «Hemos visto la evolución de una pareja mayor que no se conocía, hablaban de sus hijos, aficiones, lo típico. Venían todas las semanas, cada vez tenía más confianza, el vino ayuda, jaja. ¡Nos alegraba verlos, sacando a esas edades el adolescente interior!».

A Javier Núñez y a Óscar Merino casi les hacen un simpa: «una pareja estaba de carantoñas, se les veía muy enamorados. Pues se fueron sin pagar, no a malas, porque les llamamos y volvieron súper apurados disculpándose. Es lo que tiene el amor».

Extra de picante

Hay una erótica del restaurante. Salsas que chorrean, luz tenue –amigo hostelero, cuida la luz, ninguna gran historia de amor comienza bajo la radiación de un fluorescente blanco–, otra botella de vino, el cuerpo estriado y la corteza cingulada anterior del cerebro retorciéndose de placer gastronómico, mirarse a los ojos apurando el tiempo antes de que el camarero traiga el siguiente plato. No hace falta que siga.

La cocina de Alfonso García en La Aldena 1927 seduce como bien notan en sala: «Tuvimos una cena que eran dos matrimonios, uno llegó primero y después el otro. Eran swingers. Se pasaron toda la cena metiéndose mano los cuatro, sin cortarse, por debajo de la falda, sin reparos. No llegaron ni a terminar pero se llevaron las dos raciones que les faltaban». Mejor que el cigarrito de después, una de cremaet de bravas.

En El Aprendiz la reproducción humana entra en el temario: «De vez en cuando viene un hombre que viene cada vez con una. Un día acabó en el baño con una de las mujeres. Todos nos quedamos pensando si estaban o no estaban follando. Fue el responsable hacia los baños, cuando salió ella tiró para un lado y el hombre se quedó hablando con él, como disimulando y le dio la mano para despedirse. El responsable se olió su mano y confirmó las sospechas».

Pedir la cuenta o pedir matrimonio

«En Fierro hace un par de años, cuando hacía poquito que habíamos abierto, un chico quería pedirle matrimonio a su novia y nos preguntó si podíamos abrir solo para ellos. Fue muy bonito, hicimos un acuerdo con él. Y en medio de la cena le pidió matrimonio y acabó bien, al año siguiente volvieron a celebrar el aniversario». Pero en los proyectos de Carito Lourenço y Germán Carrizo también hay anécdotas de desamor: «hace muchos años una pareja estaba cenando en plan súper romántico. El chico le pidió matrimonio a la chica y ella le dijo que no. Se levantó y se fue. Él pagó la cuenta».

En Napicol también han visto pedidas de matrimonio -«¡Con rodilla en el suelo y todo!»-. También algún que otro cliente con querida y con mucho orgullo de Don Juan. Cada semana en Napicol y en la cama, un plato diferente de cuchara.

En algún largometraje de la Nouvelle Vague sueltan que los amantes quedan a comer y los matrimonios a cenar. Varios cocineros y jefes de sala –que por secreto de confesión han blandido sus cuchillos ante mi tentativa de mencionarlos– lo confirman. Las noches de sábado, con los críos aparcados y mesmerizados con la Play y las pizzas congeladas, son la cita ineludible de la pareja que no se mira a los ojos, que no se roza, que lo único que les hace mover los labios es el tataki semanal. Quemados por fuera, helados en las entrañas.

«Esto no lo pongas que si se enteran que lo he contado me matan. Bueno, pero no des pistas de dónde ha sido, que menudo drama se montó. Un día, para comer, que teníamos muy poquitas mesas, vinieron dos chicos. Mejor dicho, un chico y un señor. Que tampoco era muy mayor muy mayor, pero no eran de la misma edad. Estaban acaramelados, se miraban mucho, se cogía de la mano, no hacían ni caso a la comida. Entonces entró otra mesa con una pareja de un chico y una chica. Estaban sentados cerca. La chica saludó al señor, pero de repente pegó un grito y se quedó mirando al chico joven: era su novio de toda la vida y el señor era su preparador de oposición. Pero espera, es que ella estaba de cita con un amigo del chico. ¿Qué cómo acabó? Mira, menos mal que no estaba el restaurante lleno, porque ni terminaron de comer ni se dijeron lindezas».

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Un consejo: si no come con las manos, ni suca pan en la salsa, ni pide extra de queso, ni bebe vinos caros –como diría Jesús Terrés–, ni te cede el último trozo de jamón, ni lanza onomatopeyas de satisfacción al comer, HUYE.

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