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MEMORIAS DE ANTICUARIO

Una ruta entre la opulencia, el delirio y el historicismo decorativo

28/05/2017 - 

VALÈNCIA. Hace unos días tuve la suerte de conocer el Palacio de los Marqueses de Santa Cruz en la localidad del Viso del Marqués. Un edificio que, si se hallara en el centro de una de nuestras grandes ciudades, las colas de visitantes serían la tónica habitual. Pero lo cierto es que se halla en la provincia de Ciudad Real, en una pequeña localidad, entre vides, olivos y dehesas de pinos piñoneros. En el siglo XVI el gran marino español Álvaro de Bazán se hizo construir un palacio en una zona de nadie, en medio de la meseta. Sin embargo, lo tenía todo bastante bien planeado: equidistante de los puertos de Lisboa, Cádiz y Cartagena y a doscientos quilómetros de la corte de Felipe II, era el lugar perfecto. Lo más impresionante del lugar es la suntuosa decoración de todas las paredes y techos del palacio con frescos renacentistas italianos, para lo que no dudó en traerse de Italia un grupo de pintores. La belleza de los frescos es admirable y por ello una visita a este edificio-único en España- es recomendable para cualquiera amante del arte (de paso puede degustarse el incomparable queso del lugar, el paté de perdiz o el lomo de orza, entre otros manjares), aunque no deja de percibirse un cierto aroma que discurre entre el amor por el arte del promotor del palacio y el delirio de grandeza. Digamos que, en reducidas proporciones, una sensación que tenemos cuando visitamos el Escorial.

La decoración, más allá de los programas iconográficos destinados a instruir a los fieles, que se pueden admirar en los frescos tantas iglesias, tiene funciones de las más diversas: transmitir riqueza, poder, opulencia, admiración. En otros casos, no es ni más ni menos que una moda del momento, como viene a ser la decoración de corte historicista durante la segunda mitad del siglo XIX. València atenta a todo cambio estilístico tampoco escapa a ello y en todo momento histórico hay algún hallazgo que contiene estos rasgos destinados a causar admiración, impresionar. El “delirio” decorativo puede ser hermoso, pero no por ello deja de ser un estado del espíritu exaltado.

Un colorista edificio decó y una capilla neobizantina 

En la calle Castellón, detrás de la Plaza de Toros se encuentra la llamada popularmente Casa Judía. La primera vez que se ve uno cree estar ante una especie de broma arquitectónica que se bautizó con ese nombre por la existencia de una Estrella de David sobre el dintel de la puerta de acceso. El edificio, lejos de ser proyectado por un arquitecto venido de otras latitudes, lo fue por un hijo de la localidad de Sueca llamado Juan Francisco Guardiola Martínez. Construido hacia 1930 se adscribe en una corriente de absoluta libertad dentro del mundo art-decó con influencias neo egipcias. El promotor del mismo José Salom, inequívoco apellido que quizás explique la decoración judía.

El acceso a la capilla de la Beneficencia se hace atravesando el vestíbulo del complejo museístico, y accediendo a un apacible patio interior con enormes ficus. Allí se halla este edificio extento en su día destinado al culto y hoy desacralizarlo. En la segunda mitad del siglo XIX se llevaba la corriente historicista, dedicada a los estilos propios de otras épocas. Así se desarrolla el neomujedar, el neogótico, neorrománico o neobizantino.

La capilla fue diseñada por el arquitecto Joaquín María Belda (autor también de la cárcel modelo de València) en 1883. En este caso, el estilo que se reproduce con única función de llevar a cabo una decoración interior, es el neobizantino. La elección de este estilo es puramente estética, como se podía haber elegido el estilo neogótico o el neomudéjar. La cuestión por aquel entonces era interpretar de forma un tanto exaltada estilos arquitectónicos antiguos. La trasposición del estilo está realizada en esta ocasión con una gran calidad de ejecución, proporción y armonía, empleando los dorados mosaicos y pinturas arcaizantes de Antonio Cortina en sus muros. 

Hoy en día, como Sala Alfons El magnamim, se emplea para conciertos y otros actos, aunque es una pena que se colocara en su día un pavimento de mármol que nada ayuda a la acústica de la sala. Un problema fácilmente subsanable y económico, que haría posible convertir esta capilla en una sala musical de referencia en el centro de la ciudad. El estilo decorativo neobizantino podemos también apreciarlo en la Iglesia del Colegio de los Jesuitas junto al cauce del Turia al final de la Gran Vía Fernando el Católico y la iglesia de Nuestra Señora del Puig en la Plaza Vicente Iborra.

Dos techumbres admirables 

Mi padre me llevó de niño a ver el techo dorado de la Generalitat y ya no se me olvidó. Dos extraordinarios casos de profusión decorativa, en este caso en los techos, son el de la Cámara del Consolat del Mar y el Salón dorado de la Generalitat.

Salón dorado está situado en el nivel inferior del torreón primitivo, tiene su acceso a través de una escalera situada en el zaguán de entrada por la calle Caballeros.

La sala en realidad se divide, a su vez, en dos, una llamada Salón Dorado grande o Studi Daurat y la otra Salón Dorado pequeño o Retret Daurat. Ambas salas y sus respectivos artesonados fueron construidas entre 1517 y 1538.

Se puede decir que el estilo decorativo de este impresionante artesonado va entre lo renacentista y el gusto mudéjar. Mientras que la geometría tiene las trazas propias del minucioso corte mudéjar, la decoración está salpicada de motivos renacentistas como hojas de acanto, bustos, ovas o cardos. Ejecutada la obra por Ginés Linares en 1534, fue policromado en oro por Joan Cardona.

Cuando visiten la Lonja no se olviden de acceder al patio de los naranjos y subir las escaleras en piedra labrada que conducen a la Cámara del Consolat del Mar, una vez allí, miren hacia arriba y tómense todo el tiempo del mundo. Ejecutado entre los años 1418 y 1426 por Juan del Poyo inicialmente en la Casa de la Ciudad. EL alfarje de la Cámara del Consulat está formado por 670 piezas con alusiones diversas de carácter zodiacal, bélico, grotesco, escudos heráldicos de la ciudad, quimérico, vegetal y músicos etc. Tal era la fama que cosechó que las crónicas dicen que motivó la expresa visita del rey Alfonso El Magnánimo a la casa de la ciudad para su contemplación. Dado que las dimensiones del alfarje original no se ajustaban exactamente a las de esta sala, se añadieron algunos elementos de nueva talla siguiendo los modelos originales.

El palacio del más rico de la ciudad 

A la vista de la extraordinaria portada en alabastro tallado del Palacio Marqués de Dos Aguas, parece evidente que el propietario del mismo no sólo era rico, sino que procuraba demostrarlo de puertas hacia fuera para que sus conciudadanos no dudaran de ello. La monumental carroza dorada que se conserva en su interior, vendría a ser una prolongación “móvil” de un “quiero y puedo” que es el edificio tanto en su exterior como en sus salones.

Me cuesta imaginar semejante vehículo por las calles de una ciudad de corte mediterráneo, en la que el resto de palacios no se caracterizan por esa expansiva decoración, sino que presentan un barroco más bien sobrio. Se puede afirmar que la belleza rococó de este palacio es una excepción a la regla ya no solo en la ciudad, sino también en la Península.

Aunque todo el palacio presenta decorativamente hablando un alarde detrás de otro, la portada labrada por Ignacio Vergara y diseñada por Hipólito Rovira, se lleva buena parte de las fotografías de los visitantes. No es para menos. El programa iconográfico es complejo, pero sobretodo destaca la referencia a los dos ríos valencianos por antonomasia: el Turia y el Júcar, por medio de dos atlantes bajo los cuales alegóricamente unos cántaros derraman agua (Dos Aguas). No falta el escudo del marquesado y en la parte superior una hornacina acoge una bella y canónica imagen de la Virgen del Rosario.

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