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LA LIBRERÍA

Vive un verano de thriller con 'La viuda', de Fiona Barton

La primera novela de esta veterana periodista narra la desaparición de una niña a través de los ojos de varios de los implicados, incluida la mujer del principal sospechoso de haber perpetrado el rapto

11/07/2016 - 

VALENCIA. La crítica la ha comparado con La chica del tren, pero afortunadamente esta novela guarda pocas similitudes con uno de los éxitos de ventas más endebles de los que por aquí hemos tenido noticia. Llega el verano y florecen los bestsellers de tapas duras y portadas impactantes, historias que nada más salir de imprenta ya lucen en sus portadas aquello de “libro del año”. Llega el verano y nos gusta acercarnos a nuestra librería de confianza o gran superficie de confort, observar el mostrador de las novedades estivales y escoger un título que nos acompañe durante la semana, quincena, mes o meses de los que dispongamos por vacaciones. El thriller suele ser una buena opción, especialmente para aquellos y aquellas que por distintos motivos no han hecho los deberes de lectura durante el año y desean volver a sentir el placer que proporciona el meterse de lleno en una buena historia: intriga, sorpresas, interrogantes, cambios de ritmo, personajes que no son lo que parecen, giros del guion que reconducen la trama por caminos inesperados. Un buen thriller tiene que ser capaz de mantenernos en vilo casi hasta la última página. La viuda, de Fiona Barton, lo consigue. Y de qué manera.

Una niña ha desaparecido cuando jugaba en el jardín de su casa. Tras una frustrante búsqueda sin resultados, el único sospechoso fallece atropellado por un autobús condenando prácticamente toda la investigación a estancarse en un punto muerto. Ni la policía ni la prensa han logrado encontrar a la pequeña. De hecho, las incógnitas en torno a su desaparición superan con creces a las certezas y a las pruebas concluyentes. Hasta el accidente, Glen Taylor, el demonio pedófilo que han pintado los periódicos, había sido perseguido, encerrado, absuelto y liberado. Su vida y la de su esposa Jean se había convertido en un reality show en el que no querían participar: día y noche eran acosados por los medios, que se resistían a abandonar una historia que encantaba a las audiencias. La desaparición de la pequeña Bella era un negocio irresistiblemente lucrativo. Con el tiempo se había terminado levantando alrededor de la tragedia algo parecido a una industria del dolor, una interminable fuente de libras explotada por una madre entregada a la causa y con buen ojo para protagonizar minutos de oro, con ayuda de sus asesores periodísticos y de marketing.

Con la muerte de Glen, las posibilidades de llegar hasta la verdad se ven menguadas hasta el punto casi del jaque mate. La única persona que podía saber algo además de él era su viuda, una mujer destrozada por el dolor y la pérdida. Una mujer que había tenido que sufrir en sus carnes el horrible calvario de ser la esposa de un pervertido, la consorte del monstruo del año cuya vida se había expuesto a los ojos de la multitud enfurecida. Día tras día había tenido que soportar insultos, cartas amenazantes, pintadas en las paredes de su propia casa en las que se les acusaba de cosas horribles. ¿Había sido Glen capaz de secuestrar a una pobre niña? Él siempre mantuvo su inocencia. O al menos eso le dicen sus recuerdos. Pero es tan confuso el pasado. Dicen que cuando recordamos, reinterpretamos. Que del hecho original, al final, no queda más que una serie de rasgos básicos, y a veces ni siquiera eso. ¿Qué pasó el día que Bella desapareció sin dejar rastro? ¿Quién se la llevó y por qué? ¿Sigue viva?

Estas son solo algunas de las preguntas que nos asaltan a medida que vamos desmadejando una historia construida para obviar nuestra instrucción en relatos de este tipo. Hasta el lector más avezado tendrá dificultades para anticiparse al final: da lo mismo cuántas novelas negras se hayan consumido, La viuda no es de fiar. Contribuye a ello la estructura de la obra, dividida en fragmentos ordenados de un modo no cronológico narrados por distintos protagonistas. A veces somos el inspector, a veces la periodista, a veces una inquietante primera persona cuya voz podemos llegar a sentir a nuestra espalda. Unos y otros nos ofrecen diferentes puntos de vista en función de sus percepciones, situaciones e intereses; precisamente este es uno de los puentes fuertes del libro, que dibuja un mapa de reacciones ante unos hechos de especial dureza que acaban envolviendo a todo el mundo como un lodo venenoso del que no se puede escapar. El daño está hecho, y es irreversible. Babe ha entrado en todas las casas del país.

La novela de Barton, periodista con una amplia experiencia en distintos medios de comunicación, como el Daily Mail, Daily Telegraph o el Mail on Sunday, contiene una crítica feroz nada disimulada contra su profesión. Sin ir más lejos, no hace falta rascar demasiado para encontrar a Madeleine McCann y a sus progenitores bajo la foto de Babe y su madre. Barton hurga en la herida infectada, mira debajo de la alfombra, enciende la luz de esas habitaciones en las que se construye el espectáculo, en las que el drama es destilado, adaptado y convenientemente servido en prime time y en portada para que todos podamos deleitarnos con él mientras desayunamos, comemos o cenamos. Los grandes casos de este tipo dan trabajo y fortuna a mucha gente. Son grandes acontecimientos que acaparan la atención de la sociedad, tanto o más que los mayores eventos deportivos. Despiertan la curiosidad y hacen partícipe; se encargan de hacer que respiremos aliviados por lo que nos podría haber pasado pero sin embargo le ha pasado a otra persona, cuya vida ha sido arrasada por el sufrimiento sin que pudiese haberlo visto venir. Morbo puro. El lado más espantoso de la existencia al otro lado de la pantalla, la página o el altavoz.

Que Barton haya escogido para su primera novela un tema tan duro y desagradable es un acto de valor. La viuda no es la típica historia descafeinada para consumir sin demasiado esfuerzo entre cerveza y cerveza en la playa o la piscina. Esta historia te coge y te obliga a seguir leyendo pese a que en ocasiones se te pongan los pelos de punta y se te revuelva el estómago más que con lo que se exhibe explícitamente, con lo que se insinúa -hay que destacar que en ningún momento la autora se regodea en los aspectos más repulsivos de la trama, al contrario: pasa sobre ellos con elegancia, hundiendo los pies en el fango de la realidad y narrando lo que encuentra sin rodeos en un equilibrio difícil de mantener cuyo mérito hay que reconocerle-. Barton ha conseguido algo muy difícil: convertir en un bestseller honesto, adictivo y de gran calidad una historia de la que en otras circunstancias, huiríamos. Y eso se merece un bravo.


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