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TENDENCIAS ESCÉNICAS

Buñuel en el valle de la Luna

La compañía de danza La Veronal estrena en Sagunt a Escena Sonoma, dedicada a la figura del genio de Calanda

4/08/2021 - 

CASTELLÓ. Las preposiciones importan. En la frase que nos ocupa por la distinción que incorpora y que va más allá del matiz. Marcos Morau (Ontinyent, 1982), aclara que con su nueva propuesta, Sonoma, no ha intentado hacer una obra sobre Luis Buñuel, sino para Buñuel: “Cuando tomas a uno de los mejores creadores de nuestro país como punto de partida, ese arranque siempre va a ser mejor que el resultado”. 

De modo que el genio de Calanda está presente en esta nueva exploración geocoreográfica de su compañía de danza La Veronal, pero en una destilación de su imaginario. En la pieza, programada el 21 de agosto en el Teatro Romano de Sagunt, en el contexto del festival Sagunt a Escena, “está presente la idea de lo sagrado, del costumbrismo, su manera de narrar y de cortar, cómo a través de un detalle accedes a otra pantalla sin tener ningún sentido, esa cosa de abandonarse a lo irracional que tienen los surrealistas”.

Si en anteriores montajes eligieron titular con los topónimos de Suecia, Maryland, Finlandia, Russia, Moscow, Islandia, København, Siena y Portland, para esta ocasión han construido un paisaje imaginario que toma como nombre el de la ciudad que es el epicentro de la producción del vino en California. Como es habitual en la trayectoria del coreógrafo valenciano, la referencia al condado de la costa este de Estados Unidos “es como un perfume pequeño, un impacto, una ola que te remite a un lugar”.

Sonoma significa en lengua indígena valle de la luna y el cineasta surrealista elevó el satélite de la Tierra a indeleble referente audiovisual en la secuencia de Un perro andaluz (1929) en la que la luna llena es seccionada por una nube. 

Pero el título también deriva de la combinación de la palabra griega soma, que quiere decir cuerpo, con la latina sonum, que significa sonido. Y en su fusión para el espectáculo de La Veronal, el sonido toma cuerpo en el trance que provocan los tambores de Calanda.

Breve revolución en Lorraine

El creador retoma las ideas esenciales de la pieza corta que creó en 2016 para el Ballet de Lorraine, Le Surréalisme au service de la Révolution (El surrealismo al servicio de la revolución): “Aquel esfuerzo se quedó en media hora de trabajo, y yo quería más”.

La obra actual amplia y desarrolla aquel microcosmos donde el Aragón rural se entrecruza con el París cosmopolita, y la disciplina jesuítica en la que se educó el director de Viridiana (1961) con el libre albedrío surrealista. 

“Me interesa mucho el folklore elevado a vanguardia, y él desacralizaba mucho lo doméstico y domesticaba mucho lo divino. Buñuel siempre tuvo clara la inversión de significados en su cine, aspecto que me parece maravilloso”, alaba Morau.

La coreografía se apoya en la danza kova, un movimiento reiterativo y convulso ideado por el creador, común a todo su universo, pero en este caso, por tender hacia un trabajo coral, no se practica de una manera tan acusada.

El de Ontinyent desarrolló la propuesta durante el confinamiento. De ahí que numerosos críticos y espectadores le hayan atribuido lecturas ligadas al surrealismo vivido durante la pandemia. 

Bajo el parecer del director, coreógrafo, diseñador de vestuario, de escenografía y de luces, Sonoma no habla en ningún modo de la COVID, pero reconoce que la sinrazón que la población mundial está viviendo “ha hecho que la pieza esté un poquito saturada y amplificada”. De ahí la ira, la vehemencia y las ganas de gritar que se plasman en la función.

Muchos creadores aceptan la interpretación personal que el público extrae de sus obras, muy diferente de la que pretendían en origen. Así lo hace Morau. En su homenaje a Buñuel, la audiencia intuye alusiones que están y que no están. 

“Pero eso no te permite no ser responsable de lo que haces, porque como creador trabajas con signos y símbolos y sabes que estás provocando emociones. Pueden ser diversas y tener diferentes lecturas, pero no trabajas irracionalmente”, se explica el Premio Nacional de Danza 2013 en la modalidad de creación.

Estómago, corazón y cerebro satisfechos

Morau asegura que la inspiración para sus creaciones no procede siempre de ver películas o leer, sino que encuentra sus musas en la vida misma, “en la rutina de andar por la calle, ver una exposición, la tele, las noticias y lo que pasa en el mundo”. Para Sonoma, leyó con atención las memorias de Buñuel, Mi último suspiro.

El texto de la pieza es obra de Carmina S. Beldae y los colectivos El conde de Torrefiel y La Tristura, mientras que la coreografía viene firmada por Morau y las nueve bailarinas que integran la representación. El elenco está formado por diferentes generaciones de intérpretes que han pasado por la formación. Sobre las tablas conforman un aquelarre donde se suceden los ritos y los mitos.

Es una propuesta femenina, donde el Mediterráneo baña el foklore, con la presencia de cruces, gigantes y cabezudos, jota aragonesa, el negro del luto de los pueblos y el blanco impoluto de las bodas. 

Morau explica que en todas sus creaciones vive en un equilibrio constante entre la intuición y el pensamiento. Sonoma no es una excepción. “Cuando te pasas de conceptual, la pieza puede quedarse muy críptica o muy endogámica para un tipo de sector, pero carente de significados, y cuando optas por cosas más plausibles y concretas, te acercas a lo comercial. Yo vivo en ese debate, en intentar contentar a mi estómago, a mi corazón y a mi cerebro”. 

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