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Bowie, el ídolo que le puso pluma al pop

26/06/2024 - 

VALÈNCIA. Se van a cumplir 52 años de la aparición de Bowie en el programa  Top Of The Pops, que tuvo lugar el 6 de julio de 1972. Aunque Bowie ya había salido unos días antes en otro programa de televisión, aquella fue la actuación que electrocutó a miles de jóvenes británicos. El pelo rojo y puntiagudo, el multicolor mono de boatiné, las botas de plataforma exageradamente rojas. Pero, sobre todo, la audiencia quedó hipnotizada por la actitud del artista, que orquestó su aparición televisiva para convertirla en una epifanía adolescente. Bowie sabía perfectamente lo que estaba haciendo mientras cantaba “Starman”: hizo que el público viese en él al hombre de las estrellas de la canción. Para ello, miraba a la cámara con descaro, es decir, miraba a los chicos y chicas que a su vez lo estaban mirando atónitos en su casa. Entonces se acercó a Mick Ronson, el guitarra, vestido casi tan raro como él, y le pasó el brazo por encima del hombro. Lo hizo sin dejar de mirar a cámara. Fue un gesto inocente que en realidad era todo lo contrario. Unos días antes, Bowie había dicho a un periodista que era gay –lo cual no era cierto: había tenido alguna relación homosexual pero su orientación sexual siempre fue hetero- y ahora usaba el homoerotismo para abrir una nueva dimensión y conectar la Tierra con el Espacio Exterior. Un lugar que, tal y como diría años después Ian McCulloch, te permitía ser otra persona, una estrella de rock en lugar del raro de la clase. Un lugar en el que podías sentirte como un ser hermoso y deslumbrante, aunque te gustaran las personas de tu mismo sexo.

La cultura pop está estrechamente relacionada con la ambigüedad y, sobre todo, con el borrado de los límites que pretenden clasificarnos para poder juzgarnos por nuestros gustos sexuales. El rock & roll nació teniendo pluma. La de Little Richard, claro, pero también la de Elvis, que por el modo que tenía de mover las caderas, cuando empezó a hacerse popular a mediados de los cincuenta fue considerado un vulgar mariquita por muchos americanos de bien. Los Beatles llevaban el pelo largo, como las chicas. El calculado amaneramiento de Mick Jagger era pura provocación. Marc Bolan se lio una boa de plumas al cuello y se pintó los ojos antes de que Bowie se inventara a Ziggy Stardust. Pero fue precisamente ese personaje, transgresor y sin precedentes el que, dándole la razón a Foucault cuando dijo que todo pensamiento moderno está permeado por la idea de pensar lo impensable, lo lanzó al estrellato. Ziggy Stardust no duró ni dos años, pero después llegaría Aladdin Sane, y allí estaba de nuevo el personaje que casi había inventado un nuevo género identitario. Luego se acabó la ambigüedad porque el artista era consciente de que quedarse varado en un mismo papel durante mucho tiempo acabaría con él. Pero incluso con la imagen heterosexualizada, Bowie siempre ha sido un valedor y un símbolo de la diversidad sexual. La encarnación del hombre que no tiene miedo a abandonar el modelo de masculinidad oficial. Bowie travestido por triplicado en el vídeo de “Boys Keep Swinging” -canción cuya letra dice “cuando eres un chico otros chicos te miran”, lo cual, más allá de tus prioridades sexuales, es totalmente cierto-. Bowie actuando en el Saturday Night Live con un uniforme femenino de la Revolución Cultural china. Bowie en los noventa, calzando unos estiletes de Katherine Hamnett. El hombre que no tenía miedo a mostrar y explotar su lado femenino.

Gracias a Bowie, los hombres empezaron a ponerse rímel y colorete. Lo hacían tanto heterosexuales convencidos como los chicos de Duran Duran o Phil Oakey, cantante de Human League –que calzó zapatos de tacón de aguja antes que Bowie, todo hay que decirlo- y también homosexuales que no tenían ninguna intención de disimular quiénes cuando pisaban un plató televisivo, como hicieron Marc Almond y Boy George. Ellos y muchos otros vieron aquella noche en el salón de estar de sus respectivas casas a Bowie cantándoles “Starman”. También lo vio Siouxsie, porque el hechizo de Bowie no iba solamente dirigido a los muchachos. Su menaje era para los inadaptados y los rechazados en general. Años después, Siouxsie hizo de la rareza un triunfo y se convirtió en una estrella pop que rompía con todos los tópicos femeninos de la estrella pop. Parecía una hechicera, una actriz de cine mudo, la hija legítima de Ziggy. Luego llegaría Madonna, que fue mucho más práctica. Del maestro aprendió sobre todo a utilizar la imagen. Nuevo disco, nuevo personaje para sostenerlo. Ella hizo gestos similares a los de Bowie pero fue mucho más allá y colocó la sexualidad (femenina) en primer plano. No tuvo que convertirse en una mujer llegada de otro planeta, le bastó con inventarse uno enteramente suyo y acercarlo al nuestro. Y, sobre todo, dio visibilidad al mundo gay cuando el sida estaba diezmando al colectivo.

A Diana Ross le entró un ataque de pánico cuando supo que el título de la canción que Nile Rodgers y Bernard Edwards habían compuesto para ella, “I’m Coming Out” (voy a salir) significaba también reconocer públicamente tu homosexualidad. Tuvieron que convencerla para que no se asustara y la Ross, mujer heterosexual que en 1980 era un tótem para la comunidad LGTB, acabó aceptando aquello. A Madonna nadie ha tenido que convencerla nunca para que haga nada. Ha hecho fotos y vídeos besándose con mujeres. No es lesbiana pero, como dicen que dijo Lola Flores, ¿quién no se ha dado alguna vez un pipazo con una buena amiga? Esa afirmación, válida también para los caballeros, es lo que, de una u otra manera, vino a mostrarnos Bowie. Nuestro deseo sexual no queda tallado en piedra cuando nacemos. Es algo que crece y evoluciona con nosotros. Puede que jamás cambie, o puede que sí. Durante unos segundos, unos días, o para siempre. Cuando eres un chico, los otros chicos te miran. A veces no sabemos por qué, ni para qué, pero lo hacen. Y puede que no sea más que curiosidad, o una simple casualidad. O tal vez no. Y en el fondo, da igual porque lo importante es entender y aceptar que existen tantas maneras de amar como tipos de flores hay en este planeta.  Aquella noche, cuando Bowie salió en Top Of The Pops y le pasó el brazo por encima del hombro a Mick Ronson, estaba escenificando esa opción. Era teatro, era un juego, y también era algo real, no para los dos involucrados sino para el mundo en general. Estaba diciendo que amar a las personas de tu propio sexo también es hermoso y, por lo tanto, nadie tiene derecho a condenarte por ello.

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