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HISTORIAS DE CINE

Canibalismo, racismo, opio y penes de yeso de 15 centímetros: la verdadera historia de Moby Dick

Se estrena En el corazón del mar, la epopeya de Ron Howard rodada en aguas españolas e inspirada en la tragedia del Essex

4/12/2015 - 

VALENCIA. “Pues mi ánimo estaba resuelto a no navegar sino en un barco de Nantucket, porque había un no sé qué de hermoso y turbulento en todo lo relacionado con esa antigua y famosa isla, que me era sorprendentemente grato”. La cita es de Moby Dick, el clásico de Herman Melville publicado en 1851. Sitúa con encomiable síntesis los pilares de la leyenda. Los balleneros, los verdaderos balleneros, eran los cuáqueros de Nantucket. La silueta de la isla sobre el mapa refulgía en las mentes fantasiosas de los jóvenes estadounidenses del XIX como un lugar mítico. En aquella época era bastante común la posibilidad de embarcarse para buscar destinos mejores. Ir a un ballenero era lo más parecido a partir para la pesca del cangrejo del Mar de Bering: Dinero rápido y limpio, aventuras, riesgos, historias que contar a los amigos… Ir en uno de Nantucket era lo más. Normal pues que Melville ambientara allí su novela.

Natucket es un espacio físico, real, es una isla visitable, como lo son otros lugares de la cultura popular estadounidense. Pero hasta ahora, hasta hace bien poco, su verdadera historia había quedado soslayada y sólo se mostraba el lado amable. Porque fue patria de marineros valientes, de hazañas increíbles, pero también de racismo, de mujeres nada sumisas que se veían obligadas a consolarse con penes de yeso en la isla mientras aguardaban llevando los negocios familiares o eran infieles y tenían hijos 16 meses después de que sus maridos hubieran partido. Era una tierra llena de recovecos, de secretos. Y de todas las historias de Nantucket, la más turbadora quizás era la del Essex, el barco que fue hundido por un cachalote, la verdadera inspiración de Moby Dick, una narración que habla de cerdos esqueléticos como único alimento, de beber sangre fresca de tortuga para evitar desfallecer por una insolación, de canibalismo, en la que la sangre de las ballenas baña a los hombres y después su grasa dura e impenetrable se pierde en el fondo del océano junto a sus vísceras y otros tesoros del animal como el ámbar gris o el aceite de su cerebro. El Essex recordaba a los marineros que podían perder, que en la lucha del hombre contra la bestia cabe siempre la derrota.

Natucket vuelve dos siglos después ya vestida de realidad y despojada de trampantojos. Habitante de la isla, Nathaniel Philbrick condensó hace tres lustros la historia real que inspiró Moby Dick en el excelente y ameno libro En el corazón del mar (Seix Barral,) que ha sido llevado a las pantallas por Ron Howard en una película que se estrena este viernes y que parcialmente se rodó en España, en las Islas Canarias, como también lo hizo la versión de John Huston de Moby Dick (1956), con Gregory Peck como capitán Ahab; mismo mito, mismo escenario.

Al igual que el libro en el que se inspira, la película En el corazón del mar tiene como fin separar la realidad de la fantasía si bien se permite licencias (se inventa un enfrentamiento entre capitán y primer oficial que seguramente no existió) y para ello no duda en acudir a la Literatura, a la Historia, en un juego de espejos en el que la verdad y la ficción se entremezclan. Ambientado en 1850, el filme presenta a Melville viajando a la isla para hablar con Thomas Nickerson, uno de los marineros del Essex que sufrió el ataque de la ballena. Fue una visita que nunca se produjo pero viene a poner de relieve la importancia que tuvo para la novela de Melville el hundimiento del Essex. De hecho el nombre de Nickerson no se asoció como narrador de la tragedia de este barco hasta hace bien poco, así que cabe pensar que si Melville habló alguna vez con él fue por casualidad. Grumete en el Essex, escribió una crónica de lo sucedido muchos años después para dárselo un escritor profesional, Leon Lewis, quien, por motivos desconocidos, no lo preparó para su publicación. La obra fue a manos de un vecino suyo en Nueva York que lo tuvo en su propiedad hasta su muerte. En 1960 el manuscrito apareció en un desván de una casa de Penn Yann y aún debieron pasar 20 años hasta que el texto fue identificado. En 1984, 160 años después del incidente, el relato de Chase vio por fin la luz publicado por una institución de Nantucket en una edición limitada.

Su obra se unió al hasta entonces documento más fiable que existía de aquella tragedia, las memorias del primer oficial Owen Chase, a quien encarna Chris Hemsworth en la película. La crónica de Chase, publicada a los nueve meses del rescate, se convirtió en un éxito y es parte fundamental de estas narración llena de ruido y furia que, como diría Shakespeare, quizá no significa nada. Con estas dos memorias y con los testimonios fragmentarios de otros supervivientes, Philbrick escribió un libro apasionante que será merecidamente más popular gracias al largometraje de Howard. Publicado en febrero en España con una más que apreciable traducción de Jordi Beltrán en la que se han colado pocas e inevitables erratas, curiosamente el texto no ha estado disponible en las librerías hasta este mes de noviembre, en una estrategia pensada para aprovechar el estreno cinematográfico.

En el duelo entre película y libro, el segundo gana, como era de prever; no sólo por su fidelidad, sino también por las ricas aportaciones sobre cada uno de los personajes (más desdibujados en las película, en especial el del capitán Pollard, poco menos que un cliché) y, sobre todo, por su retrato del contexto, de Nantucket, ese territorio que inspiró a Melville, tan diferente al resto de Estados Unidos en el XIX. En el libro se percibe más completo en su rica complejidad humana. Aquella isla (“una mera colina y un codo de arena; todo playa, sin respaldo” en la descripción de Melville en Moby Dick) estaba marcada por el cuaquerismo de sus habitantes el cual imponía austeridad, sobriedad, y también, escribe Philbrick, “reforzaba la fortaleza de las mujeres”, en una de esas paradojas que se da de tanto en tanto en las sociedades machistas. “Eran principalmente las mujeres quienes mantenían la compleja red de relaciones personales y comerciales que hacía que la comunidad funcionara sin interrupciones”, añade el ensayista americano. 

Condicionadas por el ritmo de la pesca del cachalote, es decir, tres años de ausencia y tres meses en casa, las mujeres de Nantucket vivían a la espera de noticias, gestionando, controlando y administrando la economía de la isla, superando las largas ausencias del marido, en lo público… y en lo privado, para lo que usaban unos artefactos sexuales llamados él está en casa. El escritor J. Hector St. John de Crèvecoeur aseguraba también que muchas de ellas además se habían vuelto adictas al opio en su forma más popular, el láudano, un compuesto de vino blanco con opio, azafrán, clavo y canela. Estas afirmaciones, en apariencia contradictorias con la sobria reputación de la isla, se confirmaron parcialmente en 1979 en una casa del centro histórico del pueblo cuando, durante unas obras, se descubrió en una chimenea un pene de yeso de quince centímetros de longitud junto con un fajo de cartas del siglo XIX y una botella de láudano. “Las pasiones se agitaban debajo de la fachada cuáquera de Nantucket”, escribe Philbrick. “Por más que sus habitantes intentaran ocultarlo, había salvajismo en la isla, un ansia de sangre y un orgullo que ataba a todas las madres, a todos los padres y a todos los hijos en un compromiso exclusivista con la pesca”. Era algo primitivo, como cazadores prehistóricos, y así actuaban. 

La pesca de ballena ya obligaba de por sí a relaciones familiares complejas, con largas ausencia en parajes nada fáciles para la subsistencia humana, y la amenaza siempre pendiente de la noticia de una muerte en puerto lejano o en alta mar. “¡Seis meses en el mar! Sí lector, como lo oye, seis meses sin ver tierra; navegando a la caza de la ballena bajo el ardiente sol del Ecuador y sacudidos por las olas del encrespado Pacífico...”, empezaba Melville Typee. Melville conocía historias de balleneros porque él lo fue. Melville conocía la verdad de los balleneros porque él desertó de uno. Y sabía de la historia del Essex, la infausta historia del Essex, porque era popular en los puertos, como lo era Mocha Dick, el cachalote que durante décadas se convirtió en el santo grial de los balleneros y que dio nombre a su celebérrima novela. Seis meses en el mar. Año y medio. Dos años. Tres años. La vida de un ballenero era un viaje marítimo constante. La de su familia, la espera. La única certeza: el miedo. Temer a Dios era obligatorio. Temer al mar, un rasgo de prudencia. La tragedia del Essex les enseñó también a temer a sus bestias.

Con un gran empaque visual, producto de sus más de 100 millones de presupuesto, la película presenta un retrato de gran precisión sobre qué era la pesca de ballena, su importancia económica, y lo hace de forma muy ilustrativa. Así, el filme describe en su inicio el mundo de los balleneros cuáqueros, propone tensión hasta en la partida de la isla, y conduce al espectador hasta el acceso al vasto y entonces ignoto Océano Pacífico. Se incluye hasta una breve presencia de Jordi Mollà, convertido ya en secundario habitual en el cine de Hollywood, como un profético capitán que advierte a los marineros del Essex de los peligros que les acechan. 

El filme cobra mayor vigor cuando llega la hora de reflejar la lucha del hombre con la Naturaleza, primero contra los elementos y después contra los animales. La bestialidad y la violencia del enfrentamiento con los cachalotes, así como la desesperada pelea por la supervivencia en el tablero del infinito océano tiene sonido de Roque Baños, con melodías invertidas, guitarras y percusión, y en él la imagen adquiere en algunos momentos una gran belleza cuando se fusiona con la música. 

Curiosamente, el momento clave, la batalla, fueron solo dos golpes del animal contra el barco: El primero que dio el cachalote contra el ballenero a una velocidad de tres nudos, sorprendió a todos. El segundo, más violento, al doble de velocidad, con el animal enfurecido, les aterró. Fueron choques medidos, precisos y lo que es más increíble: lograron su objetivo y destruyeron el barco. Tras ello, los marineros se dividieron en las tres balleneras, los botes que se empleaban para cazar cachalotes, y se dirigieron hacia América del Sur tras hacer acopio de provisiones. En la película, el cachalote vuelve a la carga mientras están en alta mar ya sólo con las balleneras; en la vida real el cachalote vengativo desapareció y los marineros del Essex sólo serían atacados por orcas durante su viaje.

En cualquier caso, la travesía, más de 3.000 kilómetros por alta mar, fue un nuevo infierno. Al principio las tres balleneras navegaban juntas. Después, tras una breve parada en la isla Henderson donde se quedaron tres de los marinos, se fueron disgregando. Días sin agua, racionando las provisiones, incapaces de encontrar alimento (se hallaban en la zona del Pacífico bautizada en ocasiones como Región Desolada y donde la pesca es harto complicada), la lucha por la supervivencia posterior, el canibalismo, el sorteo del tripulante sacrificado, la desesperación, todo adquirió tintes de tragedia griega y sólo acabó cuando fueron por fin rescatados. Primero, los tres marineros de la ballenera de Chase, entre ellos Nickerson. Tras ellos fueron hallados el capitán Pollard y el marinero Ramsdell, “acurrucados en extremos opuestos de su bote, la piel cubierta de llagas, los ojos desorbitados, las barbas cubiertas de sal y sangraza, chupando el tuétano de los huesos de sus compañeros muertos”. Finalmente, se rescató a los tres marineros que optaron por quedarse en la isla Henderson y que se hallaban al borde de la inanición. La tercera ballenera, la del segundo oficial, Matthew Joy, encarnado en la película por un desaprovechado Cillian Murphy, apareció meses después, con cuatro esqueletos dentro, a apenas unas millas de la isla Henderson. Joy ya yacía desde hacía semanas en el fondo del océano. Fue uno de los primeros en morir.

Largometraje anunciado para marzo, retrasado hasta diciembre quizá a la búsqueda del Óscar, En el corazón del mar se yergue como una epopeya de otro tiempo, clásica hasta la médula, pero con una sinceridad inusual en el cine de Hollywood. Algo que se agradece ya que contribuye a poner luz sobre una historia que al contrario que otras hazañas náuticas fue convertida durante décadas en una referencia indeterminada, poco menos que una nota a pie de página. La aventura del Essex era demasiado turbadora en su tiempo y aún lo resulta hoy. 

Aunque el primer oficial Chase intentó trasladarla de forma contemporánea, su crónica resultó incompleta. No bastó. Omitía cosas. Lógico. Resultaba difícil explicar por qué los cuatro primeros hombres que se comieron los supervivientes eran afroamericanos; algo muy duro de oír en una isla que presumía de abolicionista. Los piadosos cuáqueros de Nantucket no podían ser racistas. A ello añádasele el  canibalismo, el sorteo de quién iba a ser sacrificado para ser comido, la imagen de unos marineros devorando los cadáveres de sus compañeros… Cierto es que el canibalismo era y ha sido recurrente en estos casos, pero no era algo de lo que se hablase libremente un viernes por la tarde en el pub. Como acertadamente compara Philbrick: “A diferencia, pongamos por caso, de sir Ernest Shackleton y sus hombres, que se embarcaron en una aventura peligrosa y luego tuvieron la buena suerte de vivir una fantasía eduardiana de camaradería masculina y heroísmo, el capitán Pollard y su tripulación sencillamente trataban de ganarse la vida cuando el desastre se abatió sobre ellos encarnado en un cachalote de casi veintiséis metros (…). El desastre del Essex no es un relato de aventuras. Es una tragedia real que además resulta ser una de las historias verdaderas más grandes jamás contadas”. 

Triste, amarga, la historia fue dando tumbos en el imaginario colectivo estadounidense, hasta que Melville la fijó sobre el mármol de la Literatura 31 años después de acontecer. La novela tampoco tuvo mucho éxito, fue de hecho un fracaso y le dio en vida a su autor sólo 1.200 dólares. Pero sobrevivió a las modas. Fue recuperada. Como Homero con la Guerra de Troya, Melville logró otra hazaña bien diferente: insufló inmortalidad a la vida. Y así se cerró el círculo que se inició aquella mañana del 20 de noviembre de 1820 en pleno Pacífico. “Eran alrededor de las ocho de una mañana luminosa y despejada. Soplaba sólo una brisa ligera. Era un día perfecto para matar a los gigantescos animales”, describe Philbrick. Perfecto también para morir. Ninguno de los marineros lo sabía, pero iban directos hacia la leyenda. Les habría dado igual. Para ellos fue el horror. 


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