València a tota virolla

Los últimos quioscos que quedan: ¿el adiós a las neuronas de la calle?

Aquí el cierre masivo de quioscos en las zonas paradigmáticas de la ciudad, un recorrido de instrucciones sobre cómo afrontar un declive sin frenos

8/02/2020 - 

VALÈNCIA. Ante las graves crisis de nostalgia (de la nostalgia de lo no vivido, que es la peor) siempre me recuerdo las palabras de Vidal Corella en una columna de Mundo Gráfico en 1930 que descubrió entre estas páginas Pedro Nebot después de bajar al quiosco de su memoria: “La calle de la Bajada de San Francisco, una de las más clásicas de València, ha sido una de las víctimas de la moderna urbanización, y en un formidable montón de escombros han quedado todos los edificios en donde durante varias centurias radicaba el comercio valenciano”.

Nada más antiguo como la modernidad. Victimizados todos por el avance. 

Por eso venir a dar la matraca con que los kioscos cierran (¿pero tú compras el periódico?) quizá sea una forma de practicar una resistencia ingenua ante la evolución. 

El experto en bioquímica evolutiva Julio Pereto encendía el debate hace unos días con un tweet: “Pot semblar increïble però al centre de València, al voltant de la plaça de l'Ajuntament, ja no queda cap quiosc on poder comprar la premsa”. 

Por supuesto, tampoco en la bajada de San Francisco. Sí en el cruce con Periodista Azzati, en la cercana plaza de Doctor Collado o en un punto muy testimonial en la estación del Norte. Cerraron hitos del entorno como el Moderno o el España, cuya bajada de persiana fue simbólica por el simbolismo de un coloso en llamas. Un proceso acelerado, en vivo en directo. Cierran. Es posible que la mayor caída sea la propia cronificación: la estabilización de la decadencia.

Y ante eso, profesionales de los kioscos que deciden hacer de este microentorno profesional su vida. Como Juanjo Roig, a cargo del de la plaza del Doctor Collado, figuras que frente a un destino fatídico entran en la boca del lobo. Desde que este financiero dejara su profesión pasada, quiso hace cerca de ocho años, encontrar un nuevo oficio. Kiosquero. En esta garita con más de 100 años de historia, la resistencia trae paradojas: aumentar (algo) las ventas ante el estrechamiento en la cuota de mercado mientras en un lustro la venta de prensa cae a la mitad.

Recordaba Roig hace unas cuantas semanas el anuncio de ABC, a mediados de los ochenta, para ponerlos en valor: “El kiosco es importante. Porque, haga frío o calor, en cualquier tiempo o lugar, ellos son los que ponen en sus manos la noticia. Ellos, como nosotros, somos parte de una cadena que es un servicio público: el servicio de información de prensa. Para ellos, hombres y mujeres que colaboran diariamente con la prensa, el reconocimiento de ABC”. Llegados a este punto, parecería que el anuncio lo vayan a hacer ahora los kioscos que quedan como recordatorio de la prensa en papel.

En 2017 Javier Pérez Andújar, en El Periódico, escribía el homenaje definitivo a los quioscos, una reivindicación con aroma a esquela: “Los quioscos son las neuronas de la calle, y al modo de éstas han construido una red de inteligencia urbana”, “tener una cultura de quiosco anula las fronteras culturales”. 

Me lo recuerda Gente de quiosco, el nuevo colectivo de periodistas y diseñadores conformados como línea de trinchera.  

“De los que los domingos de resaca bajan con un abrigo sobre el pijama para comprar el fajo de prensa y revistas. De los que aprietan el paso para llegar a la cafetería antes de que el vecino jubilado se apodere del periódico de la barra. Olisqueadores de páginas impresas, rebuscadores de periódicos y revistas de época, cazadores de publicaciones nuevas. En definitiva nerds de letras impresas en papel”, se acusan. 

“Y en estos tiempos en los que se han clausurado en la ciudad centenares de quioscos, nosotros nos hemos empeñado en abrir el nuestro; y a nuestro modo”. Comienzan este sábado desde las 18h en la librería Bangarang de València para compartir publicaciones e historias sobre ellas. Devoción por “periódicos, revistas, hojas volanderas y obras afines”. 

¿Y vuestros quioscos? 

“Nuestros dealers en la ciudad siempre han sido variados. El primer quiosco siempre ha estado a un tiro de piedra de casa o de la puerta del colegio. Como fetiches siempre estarían los escarceos nocturnos, alargando las noches de farra, para pasarse por el puesto ambulante de Ventura en el Parterre y recoger la prensa del día en plena madrugada. Los quioscos del centro, como el Moderno, la librería Soriano, y antes el añorado Quiosco España, son de “pillar” prensa y revistas internacionales. Y bueno, nuestra “dealer” favorita de todos los tiempos siempre ha sido y será la Librería Dadá de Inma, que hasta hace nada nos nutría de revistas independientes”.

¿Qué hacer ante el declive?

“En la gestación de Quiosco siempre ha estado muy presente el artículo de Pérez Andújar donde decía algo así como que los quioscos han sido las librerías allí donde no había librerías, las neuronas de la calle. Esa librera de pobre tejía una red de inteligencia urbana —ahora sería smart algo— en la que cabían tanto los juguetes, las chuches, los vicios, los trigretones, las colecciones de cromos, como la información y el entretenimiento… Un lugar donde se mezclaban las novelas baratas, la prensa “seria”, y los cómics de Bruguera.

Con el declive y desaparición de los quiosco de barrio no solo desaparece un punto de venta, si no también el acceso a la publicación impresa. Se pierden, además, puestos de trabajos dedicados a un negocio jodido, en el que se se echan doce horas tras un mostrador siete días a la semana y que, en realidad, nunca ha sido el más lucrativo del mundo. Pero bueno, hay esperanza y no nos abandonamos a la nostalgia. Seguimos enganchados al papel con un renacer de nuevas revistas fantásticas que son más difíciles de conseguir —antes bastaba ponerse el chándal y bajar a la calle—. Y por una vez la culpa no se la podemos echar a Amazon, la tenemos nosotros mismos”.

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