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Cuerpos producto de la fricción: ‘El descubrimiento del Higgs’

Lisa Randall, catedrática de física en la Universidad de Harvard, desgrana en un breve ensayo editado en los cuadernos de Acantilado la relación entre la materia y un británico de apellido Higgs.

17/05/2021 - 

VALÈNCIA. La masa, el vacío, la nada, el infinito: los conceptos que dan sentido a nuestra existencia son también los más desconocidos, los más difíciles de explicar. Igual de inextricable es el tiempo, el eje esencial de todo lo que somos y conocemos. ¿Qué es, en realidad, la nada? Ya exploramos la nada en esta sección varias decenas de artículos atrás [Un universo en lugar de la nada]. Y el escurridizo tiempo, inasible, en diferentes ocasiones [El orden del tiempo, ¿Y si el tiempo no existiera?]. El infinito, en cierto modo, aparece, muy menguado, en la muy abundante voluntad de trascender. La masa que tanto nos define; la masa, dada por supuesta, por habitual, es en realidad otro de los grandes misterios. Sin masa, etéreos como un fotón, podríamos movernos a la velocidad de la luz, y aun así el universo seguiría siendo tan pavorosamente grande que incluso a trescientos mil kilómetros por segundo necesitaríamos cuatro años para llegar a Proxima Centauri, la estrella más cercana. Para llegar a otros lugares, necesitaríamos millones de años viajando lo más rápido que se puede viajar, salvo que uno cuente el ir montado en la propia expansión del universo (cosa que de hecho estamos haciendo), pero eso es harina de otro costal cósmico. Para otro día. El caso es que la masa, en tanto en cuanto cantidad de materia, nos define. Se puede vivir bien sin tratar de entender estas cuestiones, pero lo cierto es que el mundo se vuelve mucho más profundo, poliédrico y fascinante tratando de hacerlo: los terrenos en los que se desarrolla la física actual son tan sobrecogedores y antiintuitivos que los libros de divulgación científica enganchan como novelas de ciencia ficción, y ponen la piel de gallina apelando a la emoción profunda como los mejores poemarios.

El descubrimiento del Higgs. Una partícula muy especial, de Lisa Randall, catedrática de Física de la Universidad de Harvard, traducido por Javier García Sanz y publicado en los excelentes y manejables cuadernos de Acantilado, busca explicar uno de los descubrimientos científicos más sonados de los últimos años, que como la mayoría de los descubrimientos actuales, no es ni por asomo fácil de comunicar, ni tampoco de entender: los grandes hallazgos de la física de este milenio se teorizan sobre el papel —papel metafórico—, y después se buscan mediante herramientas tan prodigiosas como el LHC, el Gran Colisionador de Hadrones, una máquina descomunal en lo grande —la máquina más grande construida por el ser humano—, en lo complejo y en lo preciso, ubicada en un túnel de veintisiete kilómetros, a casi doscientos metros bajo tierra, en las proximidades de Ginebra, cuya función es manipular lo más pequeño, lo infinitesimal, hacerlo chocar mediante inyecciones de energía que harían las delicias de los vampiros de la factura de la luz. El eureka, ahora, requiere de cinco sigmas: nada es un descubrimiento en la física de partículas por debajo de esa certeza. No se abre botella de champán alguna sin una certidumbre del 99,9999% —no es una exageración, es lo que de verdad se exige—. Bajo la nube de destellos y de descomposiciones en fracciones de un segundo inconcebiblemente breves se esconden las puertas secretas a nuevas estancias del conocimiento, como la anunciada el cuatro de julio de dos mil doce, año en que el mundo, según una profecía tan burda como cualquier otra, tenía que terminar: pues bien, no solo no terminó, sino que este año marcado por un maya cenizo acogió el prudente descubrimiento de una partícula elemental que nos habla de lo que subyace en el espacio que creemos vacío, de un campo, el campo de Higgs, que posibilita que seamos lo que somos. Como explica Randall, una cosa es el mecanismo de Higgs, otra el campo de Higgs, y otra el bosón de Higgs, la partícula que muchos se empeñaron en revestir, por alguna razón inconsistente, de un halo divino.

La masa se da —ocurre— producto de la fricción de una partícula con el campo de Higgs. Un campo es uno de los conceptos más bellos de aquellos a los que hemos llegado con nuestra mente, aunque sea, a ojos del profano, un concepto de naturaleza casi esotérica: lo que pasa entre un imán y lo que atrae es un campo magnético: un campo local. El campo de Higgs, sin embargo, es omnipresente en el universo. La masa surge del campo de Higgs. Nuestros cuerpos. Todo lo que nos resulta lógico, y también la mayor parte de lo que no. Cuanto más avanza la física, más se parece a la poesía. Los caminos que transita tras la pista de los grandes interrogantes del universo son de un lirismo tan hermoso que escapa a nuestra capacidad de entender. Quizás el ser humano no llegue a vivir lo necesario para evolucionar hasta un estadio de la inteligencia que nos permita entender, y no solo asumir, lo que nuestras teorías y nuestros experimentos comienzan a mostrar. Quizás sea una inteligencia programada por nosotros la que disponga por fin de los ojos algorítmicos necesarios para contemplar las anheladas respuestas con una lágrima de unos y ceros, de instrucciones, derramándose de gozo al asistir al espectáculo de la verdad —en caso de que este concepto realmente tenga valor fuera de las estructuras mentales humanas—. Randall se esfuerza en narrar la naturaleza del bosón de Higgs; cuanto más se vislumbra la naturaleza del descubrimiento, página a página, más lógico resulta el show que se montó a su alrededor: portadas y portadas de conceptos vagos del pasado adheridos a la revelación de lo que era invisible para nosotros, pese a ser la malla que sostiene todo lo que somos, así de ciegos seguimos estando: se conoce que necesitábamos trasladar a la barra del bar la emoción de la ciencia por un descubrimiento cuya relevancia o sentido en realidad no entendíamos, de tal manera que lo hicimos traduciéndolo en clave sobrenatural, pueril, sensacionalista, de ir por casa. El bosón de Higgs no es un dios. El bosón de Higgs es la zarza. 

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