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TÚ DALE A UN MONO UN TECLADO

El feminismo liberará a los hombres

7/03/2018 - 

VALÈNCIA.Iba a escribir sobre la reedición de Teoría King Kong de Virginie Despentes y de cómo me hizo reflexionar sobre mi masculinidad, entonces me he acordado de una anécdota que siempre cuenta un amigo mío. Una anécdota de cuando iba a EGB, absolutamente ridícula, pero que me viene de perlas para introducir el tema… El caso es que dos niños mayores que él entraron al baño y comenzaron a orinar a su lado. Sin venir a cuento, uno de ellos hizo un comentario sobre el descomunal tamaño de su pene: mide un metro, dijo. La pubertad masculina es muy dada a las procacidades, así como a la adoración del gran dios-pene. Yo mismo, profesor en un instituto de secundaria, veo cada día en pizarras y libretas el símbolo fálico de este culto, así como escucho tonterías en boca de mis alumnos sobre las cualidades fantásticas de sus miembros viriles.

El caso es que, como mi amigo nunca ha podido estarse callado, le preguntó al chaval, un par de años mayor, si había ido al médico. El chaval no entendió aquello. ¿Por qué debería ir al médico? Muy serio le respondió que un metro era demasiado, que probablemente era una malformación y que le sería imposible mantener relaciones sexuales con las chicas. El chaval no contestó, solamente lo miró con desprecio y se largó. Desde ese día -o eso cuenta al menos mi amigo- sin haberlo planeado empezó a hablar de su sexo de forma despectiva. A sus doce o trece años, el recién descubierto pene era la posesión más importante. Tal vez por eso lo hizo. La tengo muy muy pequeña, decía cuando los otros adolescentes alardeaban de su falo. Su humor era absolutamente ridículo, pero lo peor es que le creían porque no podían entender que un hombre se humillara de esa forma: degradando aquello más importante. Así que le creían y se compadecían porque solo podía ser verdad. El pene es el símbolo del macho, su particular banderita que agitar en el balcón. El pene te convierte en sexo fuerte frente al sexo débil, en futuro director frente a las futuras secretarias, en el que se queda sentado mientras sus hermanas recogen la mesa (por indicación expresa de la abuela, que nadie la contradiga que está mayor), en la iniciativa frente a la pasividad, en el que cobra más por el mismo trabajo, en la inteligencia frente a la emoción, en el que trae el dinero a casa y puede pasar la tarde en el bar sin que le miren mal… ¿por qué alguien querría renunciar a ese chollo? ¿Por qué renegar del símbolo que te otorga tantos privilegios?

La mujer está atrapada en un estereotipo, en un modelo al que debe adaptarse para encajar. El hombre, aunque se hable menos de ello, también. Como dice Despentes, “la virilidad tradicional es una maquinaria tan mutiladora como lo es la asignación a la feminidad”. Las tonterías de mi amigo, infantiles e inofensivas, querían poner en evidencia cierta masculinidad en la que él no se sentía cómodo. Como esos nobles feudales que creían que por alguna razón Dios los había elegido para nacer ricos, los hombres suelen creer que merecen ese pene que los convierte en el género dominante y alardean de él con entusiasmo.

Me he acordado de esta anécdota porque este enero Random House ha reeditado el ensayo Teoría King Kong de Virginie Despentes (que coincide con la edición del final de su trilogía Vernon Subutex). Es un ensayo potente, subversivo, de una violencia verbal que te agita, pero sobre todo, lleno de ideas. Muchas de ellas políticamente incorrectas, pero lo políticamente correcto es, a menudo, una sutil forma de opresión, cada día más usada por los de arriba para mantenernos en ciertos rediles de ideas domesticadas. En este caso, el libro reflexiona sobre la violación, la prostitución, el porno o la feminidad desde un punto de vista diferente que ha molestado a muchos. Ella misma fue violada, se prostituyó y fue acusada de pornográfica por la película Fóllame, pero su discurso no es el de víctima. Todo lo contrario. Y ahí está su revolución. Despentes defiende que la mujer puede hacer lo que le salga de las narices con su cuerpo.Incluso prostituirse, como tantas mujeres en la historia que de esa forma podían ser libres y escapar a su rol de esclava o comparsa. Porque en ciertas sociedades la única mujer dueña de sí misma era la cortesana. O hacer porno como forma de empoderamiento. Llega a decir –y esta es la parte más polémica de todo el asunto- que incluso la violación es, en ocasiones, preferible a la sumisión. La violación es uno de los riesgos inevitables que conducen hacia la liberación. Porque lo contrario sería quedarse en casa. Justo donde los hombres quieren tener a las mujeres.

Pero yo no quiero hablar del libro, del que por otro lado se ha hablado mucho, y con el que no siempre estoy de acuerdo. Yo quiero hablar de mí leyendo el libro y de la huella profunda que me dejó. Tras la lectura de Teoría King Kong, no pude dejar de pensar en mí como hombre y en qué significaba eso. Porque el libro de Despentes habla mucho de los hombres, como no puede ser de otra manera: un feminismo que se olvide de la mitad de la población no tiene sentido. Como dice ya desde la introducción, “también escribo para los hombres que no tienen ganas de proteger, para los que querrán hacerlo pero no saben cómo, los que no saben pelearse, los que lloran con facilidad, los que no son ambiciosos, ni competitivos, los que no la tienen grande, ni son agresivos, los que tienen miedo, los que son tímidos, vulnerables, los que prefieren ocuparse de la casa que ir a trabajar, los que son delicados, calvos, demasiado pobres como para gustar, los que tienen ganas de que les den por el culo, los que no quieren que nadie cuente con ellos, los que tienen miedo por la noche cuando están solos.”

¿Qué significa socialmente ser hombre? Significa –y aquí parafraseo también a la autora francesa- reprimir las emociones y ser menos sensibles; significa no mostrar debilidad ni pedir ayuda, al contrario: ser fuerte y dar firmes apretones de manos; significa mostrarse agresivo: competir con los otros machos de la manada por hembras o ascensos; significa poseer una naturaleza peligrosa, brutal, incontrolable que justifica de alguna forma el maltrato o la violación porque, como un volcán en erupción, el hombre no puede contener su fuego… También significa alejarse de lo asociado a lo femenino: de los colores vivos en la ropa, de la cocina y el cuidado de los niños; divinizar el falo y demonizar el culo, que por cierto es una gran fuente de placer masculino que, por prejuicios homófobos, pocos hombres se atreven a disfrutar con sus parejas femeninas… Como dice Despentes, “el capitalismo es una religión igualitaria, puesto que nos somete a todos y nos lleva a todos a sentirnos atrapados”.

Esta definición del macho interesa a los hombres para seguir dominando, por eso tantos acaban asumiéndola como real. Está comprobado que creemos más ciegamente en aquello que nos beneficia de alguna manera. Pero aún así, algunos jamás hemos encajado en ese patrón. Yo mismo le he dado muchas vueltas a qué significaba ser hombre. Películas como The Tape de Richard Linklater o novelas como Disgrace de Coetzee me sirvieron para reflexionar sobre ello, pues ponen en evidencia la mirada machista. Una mirada aprendida desde niños, heredada, que es necesario romper. Es un tema que me ha preocupado desde aquel incidente que tuve en EGB (sí, era yo, de nuevo el viejo truco de: tengo un amigo que…) hasta el punto de que hace años publiqué una novela sobre una violación, donde el protagonista era el novio de la víctima, enfrentado a su masculinidad, a la de esos violadores, a las estructuras sociales y mentales que perpetúan mitos, estereotipos y roles de género. Por eso, creo que el libro de Despentes es importante. Porque no acusa a los hombres. Para la autora francesa, el problema principal es el sistema que los convierte a ambos en lo que son. Las mujeres son víctimas y los hombres también. Como dice el ensayo, “el cuerpo de las mujeres pertenecía a los hombres; en contrapartida, el cuerpo de los hombres pertenecía a la producción, en tiempos de paz, y al Estado, en tiempos de guerra. La confiscación del cuerpo de las mujeres se produce al mismo tiempo que la confiscación del cuerpo de los hombres. Los únicos que salen ganando en este negocio son los dirigentes”

En resumidas cuentas, la emancipación femenina lo es también masculina. El feminismo nos liberará a ambos. Obviamente las mujeres tienen más que ganar, pues les ha tocado la peor parte en esto, pero solamente juntos -mujeres y hombres- podemos construir la igualdad. Y por tanto, la libertad para que cada cual sea único: sin prejuicios, tabús o patrones que imitar. 

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