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fallas sostenibles

¿El reinado del corcho blanco llega a su fin? Así se fabricarán las fallas del mañana

El rey absoluto de las grandes fallas es el poliespan pero al ser tan contaminante al entrar en combustión, toca indagar en alternativas más sostenibles 


19/03/2019 - 

VALÈNCIA. A finales del siglo XIX, Albert Robida plasmó en una ilustración cómo creía que los parisinos llegarían a la ópera en el año 2000: en coches voladores, por supuesto. No era una ocurrencia personal, la idea de desplazarse por la ciudad en vehículos flotantes fue una constante en las elucubraciones sobre el futuro realizadas por nuestros antepasados. Basta con echar una ojeada por la ventana para darse cuenta de que, por el momento, esa aspiración tecnológica no ha cuajado. Imaginar el porvenir y acertar no es tarea sencilla. Si nos centramos en nuestro negociado, el universo fallero, ¿podríamos predecir con exactitud cómo serán los monumentos en una década? 

El presente lo tenemos cristalino: el rey absoluto de las grandes fallas es el poliestireno expandido, conocido por los amigos como corcho blanco, poliespán, o porexpán. Es barato y sencillo de trabajar, pero al entrar en combustión resulta muy contaminante. Ahora que la preocupación medioambiental va abriéndose hueco en la conciencia ciudadana, toca indagar en alternativas más sostenibles. Ardemos en deseos (sí, eso ha sido un lamentable juego de palabras) por conocer qué opinan artistas e investigadores sobre los ninots del futuro, así que nos hemos lanzado a preguntar. Por lo pronto, una cosa es segura: el mañana fallero rebosa incertidumbre. 


* Este artículo ha sido publicado originalmente en el especial de Fallas de la revista Plaza.

Ninots criados en laboratorio

En los últimos años, distintos equipos han desarrollado materiales que aspiran a convertirse en alternativa ecológica al omnipresente poliespán y toman como base la paja de arroz (por algo estamos en la tierra de Cañas y barro). Uno de estos proyectos está conducido por cuatro investigadores de la Universitat Politècnica de València: Miguel Sánchez, José Ramón Albiol, Xavier Mas-Barberà y Rubén Tortosa. En su caso, la pasta incluye polisacáridos naturales y compuestos orgánicos derivados de la celulosa. En 2017 realizaron dos ninots para la falla del Ayuntamiento y en 2018 un asteroide que sirvió para prender la infantil. Además, llevan dos años produciendo material para Menorca-Luis Bolinches.

Sin embargo, la iniciativa se topa con un escollo: la falta de infraestructuras. «Hemos tenido que rechazar a varias comisiones porque no tenemos la capacidad para generar todo el material que nos solicitaban. La idea es que alguien coja el testigo y lo aplique a la producción industrial. Esa persona aportaría la maquinaria y nosotros le pasaríamos nuestro know-how para que fabricase y comercializase el producto», apunta Tortosa. ¡Atención, miembros del panorama empresarial valenciano! Por aquí les están lanzando un guante. 

Respecto a las técnicas para manejar esta pasta, hay dos caminos sobre la mesa: los clásicos moldes de escayola o la puntera impresión 3D. Para Tortosa, el uso de la impresora 3D «permitiría usar únicamente el material que se necesita. Las fallas con poliestireno expandido se realizan por sustracción: se pone una plancha y la fresadora va quitando material. Calculamos que un 30% de la plancha es residuo. Eso no sucede con nuestro proceso». En cualquier caso, admite que no es fácil obtener pruebas de la contaminación que produce una falla en combustión. «Hay que tener en cuenta la cantidad de material, el viento, la humedad, las pinturas empleadas…».

Foto: KIKE TABERNER.

Otra de las propuestas que se basan en la paja de arroz es la liderada por Ana Blasco, que el año pasado preparó un ninot para la falla Plaza de la Merced. «La idea surgió observando las columnas de humo negro de la Cremà... pensé que era necesario un material más ecológico», apunta la ingeniera química. En estos enlaces que a veces llevan a cabo nuestras neuronas, conectó con otra idea: «la quema de la paja de arroz también es un gran problema así que, con esta iniciativa, se podrían solucionar ambos asuntos». Vamos, lo que viene siendo echarse al morral dos pájaros con un solo tiro. No esconde que el corcho blanco tiene «grandes virtudes (ligereza, maleabilidad…)» que lo llevan a estar tan implantando. «Pero en su combustión resulta muy contaminante y nuestros ninots no generan tanta polución. Puedes crear monumentos espectaculares, pero más ecológicos», sostiene.

Sin embargo, aunque sí tiene a algunas comisiones y artistas interesados en su producto, admite que el factor ecológico no acaba de calar tan hondo como desearía. «Para muchos creadores resulta complicado enfrentarse a nuevos materiales». «El poliestireno expandido está prohibido en otros lugares; en España, de momento, no. Sin embargo, algunos artistas falleros ya saben que mientras trabajan están respirando sustancias inadecuadas. Además, los restos son difíciles de reciclar» apunta Blasco, quien desvela que en su propuesta «lo que sobra se tritura y reutiliza, es un proceso circular». Por cierto, mientras investigaban con la paja de arroz, Blasco y Tomás Llorente, su socio en la empresa Combustión ECO, acabaron topándose con otro descubrimiento: el Hyperin, un nuevo material de construcción resistente al fuego y de bajo coste con el que esperan revolucionar la edificación internacional. Los caminos falleros son inescrutables.

Cuando la innovación mira al pasado

Jaume Chornet, profesor de Bellas Artes y uno de los responsables de las fallas de la comisión Tarongers-UPV-Camí de Vera, apuesta por combinar la exploración de lenguajes artísticos contemporáneos, el humor corrosivo y la innovación a partir de materiales sostenibles. No se trata solo de modificar los ingredientes, sino el espíritu de la receta. «Elaboramos propuestas que simplifican las formas y emplean materiales biodegradables o biocombustibles», comenta Cristian Gil, escultor e integrante del equipo de Chornet sosteniendo que no es oro todo lo que reluce: «para que una falla sea sostenible no basta con que esté hecha de madera, habrá que preguntarse de dónde viene esa madera: si es importada, el transporte puede ser más contaminante que la quema». De ahí la importancia de acompañar el diseño de una reflexión previa y transversal a todo el proyecto. 

Para Borrull-Socors, mirar al futuro pasa por rescatar las esencias del pasado, bucear en las propias raíces. «En 2018 cogimos sillas de la basura y este año puertas. Elegimos un elemento de madera y jugamos con la repetición. No es amontonar muebles, sino trabajar con las formas y la estética», expone Marina Marín, fallera mayor de esta comisión y responsable de la iniciativa. «Queríamos tomar el espíritu original de la fiesta, utilizar los muebles que la gente ha tirado durante el año y hacer una falla con eso. Contaminamos menos y conseguimos más fuerza social. Es una manera de revivir nuestra cultura, nuestra tradición». Concienciación, reutilización y germanor unidas en torno a un puñado de mobiliario descartado. ¡L’estoreta velleta reclama de nuevo su trono!

Impresión robot kuka.

Panoja, dinero, cash, parné

Como en tantas otras cuestiones de la vida, el vil metal impone aquí sus reglas. La falta de parné frena posibles avances. «Parte del gremio de artistas se ha quedado encallado en el pasado, pero es que muchas comisiones, que son las que pagan, no les permiten ir más allá, quieren algo costumbrista, inocuo, rapidito y barato. Los artistas están atados de pies y manos, no pueden hacer más. Nosotros en la UPV sí tenemos esa libertad porque nuestro salario no depende de esto», señala Chornet. Al final del túnel vislumbra entre poca y muy poca luz: «ni las instituciones ni muchos falleros están por la labor de cambiar». Para el equipo, recurrir al porexpán como piedra angular no era una opción pues «la Universidad ha de dar ejemplo. Debemos jugar con nuevos comportamientos artísticos y materiales más sostenibles. Es una cuestión ética y estética», apunta el profesor. El precio y las facilidades que ofrece para trabajarlo convierten al poliespán en un recurso imbatible para los profesionales enfrentados a la precariedad del sector. «Hacer fallas monumentales con madera costaría cien veces más», explica el docente.

«Pararse y replantearse todo supone un gran esfuerzo. Llevamos muchos años de mala educación en las Fallas en cuanto a volumen y se ha instalado una especie de canon», apunta el creador Giovanni Nardín quien ha plantado junto a Anna Ruiz fallas como Plaza de La Merced o Plaza de Jesús y en 2017 firmaron el monumento infantil del Ayuntamiento. En sus rompedores trabajos, el porexpán queda reducido a visitante esporádico. Son conscientes de que la suya no es la tónica habitual. «Es complicado aplicar nuevos materiales porque todo debe ser combustible, pero quizá hay falta de imaginación o los artistas se han acostumbrado a un modelo. Puedes conseguir volumen utilizando papel, madera, telas... pero para ello hay que jugar con otras composiciones», apunta Ruiz, abonada al trabajo con cartón.

 «El discurso ecológico debe ir ligado a la investigación» admite Nardín, quien apuesta por la madera en sus obras. ¿Existe en el sector un compromiso por abrazar prácticas sostenibles? Para este artista plástico se trata de una cuestión personal: «Depende de cada uno. Para el resultado que quieres quizá no encuentras productos adecuados y te ves obligado a recurrir a materiales contaminantes». Sabemos cómo son las fallas de 2019, pero parece que todavía queda una larga travesía hasta poder lanzar certezas sobre los monumentos que se verán consumidos por las llamas en 2029. Tenemos diez años de fuego para averiguarlo.

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