X AVISO DE COOKIES: Este sitio web hace uso de cookies con la finalidad de recopilar datos estadísticos anónimos de uso de la web, así como la mejora del funcionamiento y personalización de la experiencia de navegación del usuario. Aceptar Más información
GRUPO PLAZA

conversaciones culturplaza

Elisa Ferrer: "A nuestra generación nos prometieron que todo iba a ir bien y no ha sido así"

1/12/2019 - 

VALÈNCIA. Elisa Ferrer (Alcudia de Crespins, 1983) y Nuria, la protagonista de su primera novela, Temporada de avispas, comparten una cualidad generacional: la precariedad. Exceptuando eso, Ferrer, recientemente galardonada con el Premio Tusquets de novela, se apresura a advertir a Culturplaza que su libro bebe únicamente de la ficción. De la ficción y de otros relatos. “Al escribir, eres un poco ‘vampiro’ de las historias de los demás”, señala con una sonrisa amable.

Su opera prima cuenta la historia de Nuria, una joven ilustradora a la que despiden de su trabajo en una revista satírica. Al mismo tiempo, recibe una perturbadora noticia: su desaparecido padre, al que le ella y su hermano le perdieron el rastro hace mucho, se debate entre la vida y la muerte en una lúgubre habitación de hospital.

Temporada de avispas aborda temas que no se nos antojan lejanos, como la ya mencionada precariedad o la crisis de identidad; pero lo hace, además, con la particular mirada y prosa de esta escritora valenciana cultivada en Madrid (donde trabajó muchos años como guionista) y en Iowa (donde cursó un prestigioso Máster de Escritura Creativa). Literatura universal condimentada con una “voz original y no impostada” (como apuntan desde la editorial). El aguijón de Ferrer está afilado.

-Nuria, la protagonista de la novela, es el retrato de una juventud tremendamente precaria. ¿Por qué querías escenificar esta realidad? 
-Siento que a la gente de nuestra generación nos prometieron que todo iba a ir bien, y no ha sido así. Nos dijeron que, si íbamos a la universidad y estudiábamos, tendríamos trabajos increíbles. De repente, llega ese futuro que te habían contado, y te encuentras con la precariedad de frente. Lo he visto en mí y en amigos brillantes con trabajos precarios. Y lo he pensado: “Lo que nos han vendido en realidad es mentira”.

Hablaba el otro día con una periodista que me comentaba que quizá es que en mi generación no habíamos sido lo suficientemente autocríticos. Que quizá no habíamos salido a la calle para reivindicar los derechos laborales que consiguieron nuestros padres y hemos perdido. Y puede que sea cierto: nos han dado una bofetada en la cara y no hemos estado preparados. Creo que la búsqueda de la identidad, que también aparece en la novela, procede de estos momentos.

A pesar de ser guionista, yo estuve mucho tiempo trabajando como administrativa, un trabajo precario y nada relacionado con mis estudios, y cuando me preguntaban, me daba vergüenza decir que era guionista porque llevaba unos años en los que no ejercía, o al menos, no dentro del cine o la televisión comercial. Y en esta sociedad capitalista, no tener una etiqueta de quién eres laboralmente, profesionalmente, es muy complicado.

Foto: KIKE TABERNER.

-Por ejemplo, en tu caso, ¿vives de escribir? ¿Cuáles son tus aspiraciones como escritora?
-No, ahora mismo no. Estoy preparándome el Máster de Profesorado para opositar y ser profesora de secundaria. En Iowa descubrí que me gustaba la docencia y que, además, es un oficio muy compatible con la escritura. Lo que busco es tener tiempo para escribir y la tranquilidad mental de que no me va a faltar dinero para dedicarme a ello.

-Te fuiste hasta Iowa para realizar un Máster de Escritura Creativa. ¿Por qué cruzar el charco para hacer una formación como esta? 
-¿Por qué? Porque puedes estar dos años en un sitio donde solo hay escritores y árboles. Y puedes escribir. Allí das clase de español a cambio a los alumnos, pero además asistes a talleres de narrativa y poesía con personas españolas y latinoamericanas durante dos años. Dos años pagados para escribir. Como si me hubiera tenido que ir a Alaska. Llegó en un momento de mi vida, además, en el que no estaba desempeñando realmente un trabajo creativo.

-¿Y cómo se encuentran oportunidades así?
-En realidad fue una locura. Todo empezó por un libro que se llama En lugar seguro de Wallace Stegner. Cuando me gusta un autor, lo googleo: lo típico. Y eso fue lo que hice. Vi que era de Iowa, y pensé: “¿Dónde estará eso?”. Empecé a leer curiosidades (es lo maravilloso que tiene Internet) y, en ese proceso, me enteré que el primer taller de escritores del mundo se había hecho allí, en Iowa. Leí sobre el tema y saqué una conclusión: escritores en medio del campo. Seguí cotilleando. Una casa norteamericana de madera monísima. Pensé: “Jo, qué maravilla… es una pena que sea en inglés”.

Justo después vi un artículo de El País diciendo que había un máster en español. En la web, sin embargo, no estaba especificado que todos los estudiantes están becados si te aceptan. Lo vi carísimo. Después, seguí investigando, contacté con gente que ya ha había estado y descubrí que sí, que te podían aceptar con la beca para ir y demás. Estudié un año inglés para sacarme el TOEFL y me puse a preparar textos, porque tenía que presentar cincuenta páginas de muestras de mi trabajo. Y así fue cómo sucedió.

Foto: KIKE TABERNER.

-No sé si una formación como esta se contradice con otros discursos relacionados con el oficio de escribir. Algunos autores afirman que, para poder escribir, simplemente tienes que leer mucho. El escritor Jorge Carrión, por otro lado, comentaba recientemente en Twitter que “un escritor no lee: estudia”. ¿Hace falta realmente un máster como el que tú hiciste para escribir?
-Una formación como esta no es imprescindible, pero sí maravillosa. Yo estuve dos años leyendo a autores y autoras que no conocía, descubriendo a escritores latinoamericanos de los que no había oído hablar, leyendo maravillas… Escribiendo, conversando, intercambiando puntos de vista con compañeros maravillosos en debates interesantísimos. En un taller, nadie te va a decir: “Esto no se hace así”, simplemente te va a dar su opinión. Y tú coges aquello que creas conveniente. Eso sí: es difícil saber qué le conviene o no a tu estilo y obra. Pero, si lo aprovechas, es genial.

En el caso de Iowa, los talleres eran de tres horas. La primera, con un texto de un compañero; la segunda, con otro texto diferente de otro estudiante; y la última analizando una obra de un autor consagrado. Más allá de hablar de tus textos (que también había talleres enfocados a eso), el hablar de los de los compañeros a los que leías con una semana de antelación… te hace aprender muchísimo. ¿Es necesario? No, no lo es. ¿Que uno mejora mucho y pule mucho su estilo? Si entra en el taller adecuado, sí. También hay talleres en los que uno no encaja.

-¿Qué te llevaste de Iowa?
-Me quité el miedo a la “novela”. Yo creo que fui con el estilo más o menos definido, pero allí lo pulí. Abusaba de ciertos recursos en mi estilo que me encantaban, pero no funcionaban, y me sirvió de mucho quitarme esas manías. Aprendí también el oficio y la disciplina del oficio, que es algo de lo que no se suele hablar.

-La disciplina, y la soledad del oficio…
-Es solitario, según cómo lo mires. En Iowa no fue nada solitario, porque estaba rodeada de escritores. Cuando estaba bloqueada, me servía mucho acudir a alguno de ellos. Me gusta mucho escribir en comunidad porque compartes, porque tienes cerca a gente que te gusta que te lea. En el taller éramos doce; dos o tres de ellos eran mis lectores de confianza, con quien compartía todo lo que escribía. Antes de irme, de hecho, ya tenía esas figuras aquí, en España. Creo que es necesario ese feedback. Cuando estás metido en una escritura de un texto de un largo aliento, como una novela, pierdes el norte muchas veces.

Foto: KIKE TABERNER.

En la segunda o tercera entrega, recuerdo que pensé que la novela no servía para nada. Que la iba a tener que tirar. Llegué con dos capítulos a clase y me dijeron que era una maravilla. Una de las cosas que me ha aportado Iowa es una confianza absoluta y ciega en seguir hacia adelante, porque dan muchas ganas de tirar la toalla muchas veces.

-Algo que has confesado en algunas entrevistas es que no habías tenido realmente tiempo para escribir una novela hasta que te fuiste a Iowa. ¿Crees que es incompatible la escritura con otros trabajos? 
-Depende del trabajo. Como decía, ahora intento buscar uno que me dé vacaciones largas y tiempo de calidad para poder escribir. Puede que, cuando dé clases en un instituto, me enfrente al duro oficio de enseñar y no pueda escribir durante el curso escolar. Hay trabajos que sí y otros que no.

A veces va más allá del trabajo. En Madrid tenía un buen horario (de ocho a tres), pero estaba cansada y frustrada, y así me era muy difícil escribir. Y ojo, que también es importante la estabilidad económica. Cuando tienes tiempo, pero no dinero, la mente tampoco está para escribir. Es un equilibrio complicado entre muchos factores.

-Los informes revelan un recorte significativo en la extensión de las novelas de la última década, ¿te preocupa?
-No. Las historias tienen que durar lo que necesiten. Ya está. Esta novela, en un momento dado, iba a tener un par de capítulos más, pero, al final, los quité. No me preocupaba la longitud.

Tampoco tengo la percepción de que novela larga sea sinónimo de calidad; y la corta, no. De hecho, una de las novelas que más me ha impactado en los últimos años es Las primas de Aurora Venturini, muy corta. Me parece que en esas pocas páginas se cuentan cosas excepcionales.

Foto: KIKE TABERNER.

-¿Cómo ves el actual mercado editorial?
-Siempre he sido pesimista al respecto. Ahora, sin embargo, veo a más gente leyendo en el bus o en el metro. A lo mejor vivo en una burbuja donde la gente con la que me relaciono sí lee… pero creo que sí se está moviendo. Hay muchas editoriales pequeñas, gente nueva, nuevas voces, ganas de contar historias. Soy optimista.

-¿Qué consejo le darías a alguien que quiere escribir?
-Que escriba. Y que solicite una beca en Iowa [ríe]. Que se siente todas las tardes; que no pare de escribir por muy desmotivador que pueda llegar a ser, porque siempre hay que seguir.

En mi caso, ahora estoy en un estado mental en el que me cuesta sentarme a escribir (estoy todavía digiriendo todo), así que, en su lugar, leo mucho. Siempre hay que leer. Y es cierto lo que comentabas antes sobre la cita de Jorge Carrión: cuando lees, estás estudiando. Estás viendo cómo alguien hace algo, estás valorando si te gusta o no y, por supuesto, también disfrutándolo.

Noticias relacionadas

next

Conecta con nosotros

Valencia Plaza, desde cualquier medio

Suscríbete al boletín VP

Todos los días a primera hora en tu email