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CRÍTICA DE CINE

'Entre dos aguas': más allá del tiempo y de su leyenda

30/11/2018 - 

VALÈNCIA. En 2006 Isaki Lacuesta estrenó La leyenda del tiempo. Fue su segunda película tras Cravan contra Cravan (2002) y con ella se confirmó como una de las voces más potentes del otro cine español, por su capacidad para romper con las estructuras genéricas, jugar con los distintos discursos y unir de manera armónica e inesperada, a través de muchas capas y texturas, el documental y la ficción.

Lacuesta quiso rastrear el espíritu de Camarón de la Isla y para ello utilizó dos historias, la de una joven japonesa, Makiko, que viajaba hasta Cádiz para aprender flamenco y la de dos niños que acaban de perder a su padre, Isra y Cheíto, que hablaban con toda la naturalidad del mundo de sus sueños, de sus miedos, de su futuro, con una mezcla de esperanza e incertidumbre y con la mirada todavía no contaminada por las miserias de la vida.

La leyenda del tiempo quedó ahí, como una de las obras más hermosas e importantes de la pasada década. Y si el disco de Camarón del que toma el título supuso una revolución dentro del mundo del flamenco, esta película también se encargó a su manera de introducir ciertos conceptos de modernidad cinematográfica que no se habían abordado en nuestro país hasta el momento.

Isaki Lacuesta continuó haciendo cortos, documentales y películas, todas ellas excelentes, entre ellas Los condenados (2009), Los pasos dobles (2011), la comedia gamberra Murieron por encima de sus posibilidades (2014) y La propera pell (2016) junto a su compañera Isa Campo. Pero siempre permanecía en el recuerdo aquella película tan especial.

 El director nunca dejó de tener contacto con Isra y con Cheíto. Sus vidas fueron corriendo en paralelo. Los tres se convirtieron en padres y compartieron experiencias. Fue hace cinco años cuando Lacuesta se dio cuenta que había pasado el espacio de tiempo suficiente como para volver a filmar a los dos hermanos, en esta ocasión, para representarlos en la edad adulta. No quería que fuera un documental al uso, sino que los animó a que interpretaran unos personajes que, aunque eran ellos mismos, vivían situaciones que pertenecían al ámbito de la ficción.

La película se abre con Cheíto convertido en militar y en responsable padre de familia. Y con Isra saliendo de la cárcel e intentando recuperar a su familia (lo primero es verdad, lo segundo no). Uno tiene el control de su vida, el otro sigue perdido, atormentado por su pasado, por la muerte de su padre y sin encontrar un lugar en el mundo. El que fuera un niño despierto y descreído, se ha convertido en un adulto marcado por el desencanto, que incluso ha intentado quitarse la vida en una ocasión.

Aunque el director asegura que no pretendía hacer un retrato social, resulta inevitable que la realidad se cuele por todos los poros de la película. Al fin y al cabo, los personajes son hijos del tiempo que les ha tocado vivir, el de la precariedad económica, la falta de oportunidades, el desarraigo y la exclusión social. Por eso, el entorno (la zona de la playa de la Casería) termina siendo una parte fundamental de la película, tan evocador como marcado por la degradación. Como dice el propio director, al final, lo que quería filmar era la evolución, los cambios de ese lugar concreto y de los personajes que lo habitan a lo largo del tiempo.

Aunque prácticamente todo lo que ocurre en la película pertenece al ámbito de la ficción, tanto Isra como Cheíto abrieron las puertas de su intimidad a la cámara de Lacuesta. En ese sentido, hay dos escenas especialmente impactantes: Un parto en directo, el de la hija menor de Isra, Manuela, y una escena de amor entre Cheíto y su mujer. Frente a esos ramalazos de verdad que emparentan la película con el neorrealismo más descarnado, encontramos líneas narrativas que le sirven a Lacuesta para crear una dicotomía entre los dos hermanos (el encauzado y el descarrilado).

El trabajo de Lacuesta mezcla el ensayo más riguroso, la más milimétrica puesta en escena con la captación de momentos improvisados y la introducción de elementos que fueron incorporándose para enriquecer la narración. Todo eso junto a complicidad de todos los implicados y la necesidad del director de ser lo más cercano y transparente posible, la convierten en una pieza cinematográfica de un enorme valor.

Entre dos aguas puede verse de manera independiente a La leyenda del tiempo, pero resulta inevitable considerarlas como un díptico que habla sobre el paso del tiempo. El director se dio cuenta de que cuando ponía en contacto las imágenes del pasado con las del presente, la película cobraba una dimensión diferente y mucho más poderosa. En ese choque encontramos algunos de los mejores momentos de la película que coge el testigo de su predecesora para adentrarse en caminos reflexivos y emocionales muy humanos y cercanos.

Dice Lacuesta que su intención es terminar la trilogía. Y que ojalá la tercera parte sea una película de acción con muchos medios, como en realidad le gustaría a Isra y a Cheíto, a los que esto del indie no les convence. Y, sobre todo, que tenga un final feliz.

Muchos han comparado este proyecto de Lacuesta con el trabajo de Richard Linklater, pero en realidad a Isaki le gusta más nombrar a François Truffaut y sus películas en torno al personaje de Antoine Doinel y la trilogía de Apu de Satyajit Ray, su mayor influencia a la hora de dotar de dignidad a los personajes.

Por último, aunque en esta ocasión el fantasma de Camarón abandona la película y a pesar del título simbólico de la canción de Paco de Lucía que le da título, los verdaderos protagonistas de la banda sonora son Kiko Veneno y Refri que se implicaron en la familia del rodaje aportando piezas musicales a partir de sus propias experiencias en él.

Entre dos aguas se alzó con la Concha de Oro del Festival de San Sebastián, la segunda para Lacuesta tras Los pasos dobles (algo más controvertida en su momento) y acaba de ganar el Festival de Mar de Plata, mejor película y mejor actor para Israel Gómez Romero. Además, el Centro Pompidou, el prestigioso museo de París, le acaba de dedicar una retrospectiva a su obra.

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