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Dinero negro e historietas

Esas viñetas de las que usted me habla: corrupción ilustrada con Bernardo Vergara

25/03/2019 - 

Tarjetas black, sobres, Gürtel, paraíso fiscal, mordidas, financiación ilegal, turbias adjudicaciones de contratos… La corrupción primero se coló en las grietas de nuestro sistema y, escándalo tras escándalo, acabó por integrar una parte esencial del imaginario colectivo español construido en la última década. Ahora, el historietista Bernardo Vergara reúne cerca de 150 términos y expresiones relacionados con estos agujeros negros en Corrupcionario (Random Comics), un diccionario ilustrado que busca denunciar y hacer reír indignadamente a partes iguales.

Vergara (Pamplona, 1966) ha dedicado la mayor parte de su trayectoria profesional al humor gráfico, campo que ha cultivado en en revistas como TMEO, Mortadelo, Zipi y Zape, Mongolia o El Jueves, de la que se marchó tras una polémica sobre la Casa Real. De esa salida surgió la publicación Orgullo y Satisfacción. También ha trabajado en las páginas de El Mundo, El País o Público. Actualmente, colaboradora con eldiario.es, donde disecciona mordazmente la actualidad a golpe de bocadillos. Nadie está a salvo de sus lápices afilados: si eres (o has sido) alguien en las esferas patrias del poder hay altas, altísimas, probabilidades de que acabes protagonizando alguna de sus viñetas. Pero incluso si al mirarte en el espejo observas a un currito anónimo, también es fácil que te veas reconocido en las piezas de Vergara que abordan las miserias cotidianas desde la agridulce carcajada compartida. Ya se sabe, mal de muchos, epidemia.

El dibujante pasó este fin de semana por el por el Splash- Sagunt Comic Festival y aprovechamos su estancia en tierras mediterráneas para charlar con él sobre historietas, plazos de entrega y esa experiencia tan perturbadora de desayunar cada día con el descubrimiento de un nuevo caso de corrupción. Chanchullos y café con leche.

-Desde hace muchísimo tiempo, el humor gráfico en prensa está estrechamente unido a la sátira y la crítica política. ¿Por qué crees que constituyen un tándem tan exitoso, por qué empastan tan bien?

-Creo que poder reírnos de la actualidad política y social nos sirve de catarsis. Al menos, a mí me sucede cuando dibujo las viñetas y quiero pensar que a los lectores también les sucede cuando se acercan a ellas. La risa funciona como una vía de escape, es otra forma de ver la realidad y, en este caso, se trata de una risa que no está exenta de crítica. Siempre digo que los dibujantes de prensa combinamos humor y opinión; con cada trabajo estamos mostrando nuestro parecer respecto a un acontecimiento social. Con la corrupción lo paso muy mal, me enfado mucho, algunas noticias me producen muy mala leche y dibujando puedo reconducir ese cabreo, en cierta manera, resulta terapéutico.

-Sin embargo, parece que al mundo de la viñeta política le cuesta más entrar en el formato libro, no termina de cuajar en el ecosistema editorial. ¿A qué crees que se debe?

-Fundamentalmente, tiene que ver con la inmediatez. Estamos muy al filo de la noticia y eso hace que nuestro humor suela tener fecha de caducidad…Hay chistes que aguantan un poco al tiempo porque tratan temas más generales, pero muchas veces no es así: una viñeta que nos hace gracia porque aborda una cuestión de plena vigencia quizás en unas semanas haya quedado anticuada porque ya nadie se acuerda del asunto que trataba. 

-Visto desde fuera, realizar cada día una historieta cómica de calidad parece un reto brutal. ¿Cómo te enfrentas a ese continuo caminar sobre el alambre creativo?

-Pues la verdad es que no lo sé [ríe]. Al final, la principal musa que tenemos los humoristas gráficos es la hora de cierre: conforme se va acercando ese momento, es impepinable que se te ocurra una idea porque tienes que cumplir con tu cliente, que es el periódico. Y milagrosamente siempre ocurre. De todas formas, en casos extremos recurrimos a ciertos mecanismos y fórmulas que sabemos que van a funcionar: juegos de palabras, comparaciones, metáforas visuales. Por ejemplo, colocar a personajes de actualidad en situaciones cotidianas es una forma de conectar de forma rápida con el lector…Vas explorando y emborronando papeles hasta que al final surge la chispa. Unos días el chiste está mejor y otros peor, pero siempre sale. 

-Cuentas con un estilo muy definido, muy característico. ¿Te costó mucho llegar a esa estética, tuviste que darle muchas vueltas, o desde un principio tenías claro qué tipo de dibujos deseabas trabajar?

-Los dibujantes autodidactas, que en el mundillo del cómic somos legión, nos vemos especialmente influidos por nuestras lecturas y los distintos trabajos por los que hemos pasado. Es una mezcla de intención y de aquello que llega a tus manos accidentalmente. Yo siempre he tenido una vocación humorística clara. El cómic realista me ha interesado mucho como lector, pero no he tenido vocación por cultivarlo. Además, mis obras favoritas han sido siempre humorísticas, desde los tebeos clásicos de Bruguera hasta obras francobelgas de humor como Gastón el Gafe, Lucky Luke, también publicaciones estadounidenses como Peanuts… Somos el reflejo de un montón de referencias que acaban dando lugar a una estética propia. El estilo es tu marca de fábrica. Ser reconocible, que te identifiquen sin ver la firma es maravilloso.

-¿Qué claves debe tener una viñeta para considerar que funciona, que ha sido resuelta con éxito?

-Es difícil saberlo. Muchas veces te quedas muy, muy contento con una pieza que has dibujado, pero luego ves la respuesta online de la gente y descubres que no ha gustado tanto como esperabas. Al final, las reacciones del público no se pueden predecir muy bien. El criterio que sigo yo es quedarme satisfecho con mi trabajo, lo que pase luego… alea jacta est.

-Centrándonos en tu libro Corrupcionario, ¿por qué decidiste lanzarlo?

-Desde Random Cómics me comentaron que querían publicar un diccionario sobre la corrupción española y pensaron en mí porque era un tema que había tratado mucho en mis viñetas. Yo en seguida hice mía la propuesta porque me encantó, me parecía que podía quedar un objeto majo. Al fin y al cabo, los humoristas de España llevamos ya diez años hablando sin parar de corrupción. De hecho, aunque la mayoría del libro es inédito, para algunas escenas me he basado en historietas que realicé hace tiempo y que he rehecho y actualizado.

-¿Cómo seleccionaste los diferentes términos que se recogen?

-Pues fue más fácil de lo que pensé en un primer momento, me salieron muy rápido. Me propuse hace 150 entradas y expliqué en la editorial que no podíamos limitarnos a palabra sueltas, sino que también debíamos incluir expresiones que se han hecho famosísimas, como ‘Esa persona de la que usted me habla’, que además de formar ya parte del vocabulario básico de la corrupción, tienen un juego humorístico evidente.

Tenía el libro prácticamente acabado cuando surgió la moción de censura y pedí permiso en Random Cómics para añadir dos conceptos más: la propia moción y Erial, pues justo esa semana había saltado la operación así bautizada.

Hago un poco de arqueología de la corrupción (Filesa, Roldán…), pero me centro más en los casos de los últimos tiempos: Gurtel, Lezo, Jordi Pujol, los ERE de Andalucía; en esa sensación que hemos vivido de despertarnos cada día con un escándalo nuevo. He intentado realizar historietas que tengan bastante perdurabilidad, aunque probablemente en 20 años se lea de una manera muy distinta.

-¿Crees que en España ha habido demasiada permisividad con la corrupción en las últimas décadas?

-Pienso que ha habido mucha impunidad, por una parte, ligada al aforamiento de los cargos públicos, y, por otro lado, algo que a mí me preocupa mucho: no hemos castigado lo suficiente en las urnas a los partidos responsables. 

-Durante mucho tiempo, no se veía como algo tan, tan grave…

-Y me parece que sigue siendo así, que para mucha gente la corrupción no es algo decisivo a la hora de votar. Por ejemplo, se va sabiendo lo que ha pasado con el PSOE en Andalucía y, aunque no está gobernando, sí fue el partido más votado en las elecciones autonómicas. Y el PP ganó en las últimas generales… Eso me inquieta bastante.

-En algún momento has comentado que te sientes reconocido en la voluntad de hacer humor ‘de abajo a arriba’. ¿La actividad cómica es para ti una forma de lucha, de posicionamiento en el mundo?

-De posicionamiento sí, pero no quiero ser tan ambicioso como para denominarlo lucha. Como comentaba antes, hacemos opinión, y eso implica posicionarse ideológicamente. De hecho, yo creo que hay un posicionamiento político en cualquiera que haga humor de prensa. Por mucho que tengas la máxima de criticar a todo el mundo, al final criticas con tu mochila intelectual e ideológica, eso inevitable. Pienso que posicionamiento ideológico hay hasta en los que presumen de que reparten a todos por igual: siempre actúas desde tu punto de vista, eso no te lo puedes quitar.

-¿La Ley Mordaza ha logrado que los humoristas trabajen con miedo, que se vaya imponiendo la autocensura ‘por si acaso’?

-Yo, al menos, miedo no tengo. Pero sí creo que se ha extendido cierta sensación de inseguridad. Me parece aberrante que una persona pueda ser procesada por hacer una broma, una canción o un tuit. Hemos visto a gente siendo juzgada por un chiste sobre Carrero Blanco, la mano derecha de un dictador… De hecho, hace 30 años Tip y Coll hacían bromas sobre él y no pasaba nada. Espero que la deroguen pronto porque me parece terrible que todavía tengamos que cargar con esa ley tan peligrosa para la libertad de expresión.

-¿Hay algún tema sobre el que hayas decidido no dibujar? ¿Alguna línea roja autoimpuesta?

-La verdad es que no. Hay temas que me aburre abordar porque creo que son muy repetitivos, pero no tengo ningún asunto prohibido. Eso sí, me encuentro más cómodo haciendo ese humor ‘de abajo a arriba’ del que acabamos de hablar que riéndome de todo el mundo, pero no es porque piense que no se pueden hacer chistes de todo, simplemente es una decisión política, ideológica y artística.

-Muchos creadores comparten su malestar por las dificultades que encuentran a la hora de que se reconozca su trabajo como una actividad laboral más. Sienten que se menosprecia lo que hacen, que se considera más un hobbie que una profesión ¿tú te has enfrentado a esos prejuicios?

-Desgraciadamente sí y, de hecho, me siguen llegando ofertas de trabajo mal pagadas o con la promesa de que me van a dar promoción. Yo les contesto que promoción ya he conseguido: si me han llamado es porque conocían mi nombre. La visibilidad la tengo, tú dame dinero [ríe]. Siguen diciéndome eso de ‘total, a ti dibujar no te cuesta nada’… A ese menosprecio se le suma la precariedad laboral tan bestia en la que hemos caído. Ambas cuestiones, juntas, forman una bomba atómica. Con la crisis, las tarifas de ilustradores y dibujantes cayeron en picado y no se han recuperado, la gente está trabajando por salarios de hace 20 años. 

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