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crítica de concierto

Janine Jansen o la magia de su violín

Como en sus visitas anteriores al Palau de la Música, Janine Jansen sumergió al público en una de esas atmósferas hipnóticas donde se concluye el concierto con una intensa impresión de satisfacción compartida

4/04/2019 - 

VALÈNCIA. La técnica de la violinista holandesa es superlativa: ni empeñándose se le oye una sola nota desafinada, un rasquido con el arco o problemas en los pasajes de gran velocidad o dobles cuerdas. Pero no se queda ahí. El sonido es siempre de una pureza impecable, terso sin ser frío, con el vibrato justo para cada momento, y el colorido aparece variado aunque sin ostentaciones gratuitas.

Y tampoco se queda ahí. Porque la tensión que imprime a cada obra, desde la primera nota, una tensión que transmite al público con una gran capacidad comunicativa, multiplica el grado de atención de los oyentes, que se sumergen en la música mucho más de lo habitual.

Janine Jansen interpreta las partituras de forma muy subjetiva, muy personal, pero nunca caprichosa. No las tuerce ni las retuerce, aunque sí muestra, a veces, aspectos novedosos. Entran estos, sin embargo, dentro de una concepción global muy trabajada de la obra, produciéndose entonces con una naturalidad y una coherencia saludables.

Por otra parte, rehuye poses y actitudes de diva, y hace maravillas con el Stradivarius “Rivaz – Baron Gutmann”,  instrumento que le presta la fundación Dextra Música, como si no requiriera esfuerzo, como quien tararea una cancioncita infantil, sin darse importancia.

La música surge fresca y natural de sus manos. Ya sea música de cámara, como el pasado martes, o también en el repertorio sinfónico. Difíciles son de olvidar, para quien estuvo allí, aquel Concierto para violín y orquesta de Britten (2008), con la Orquesta de Cincinnati y Paavo Järvi a la batuta. O aquel otro, en 2010, dirigiendo Mariss Jansons a la Concertgebouw Orchestra de Amsterdam, y ella como solista en ambos casos.

Foto: EVA RIPOLL.

Empezaron con Schumann...

Un Schumann de terciopelo exquisito y, al tiempo, de expresión muy intensa. Así se reveló ya en el primer ataque con el arco. No le privó Jansen, sin embargo, de contrastes dinámicos y agógicos exacerbados, que arrojaban una sombra de angustia sobre los movimientos extremos de la Sonata núm. 1. Se hace inevitable, entonces, pensar en las sombras que atenazaron, a su vez y desde muy pronto, la mente del compositor. El piano tiene un destacado papel en esta obra, y Alexander Gavrylyuk ofreció una compenetración en el espíritu y un ajuste perfecto con la violinista, aunque la calidad del sonido y la riqueza de los matices se mantuvieron por debajo de ella en toda la velada. 

Vino después un Allegretto con un concepto quizá exagerado de los ritardandi, pero que permitió un momento de relajación y de ternura tras el atormentando movimiento del principio y la agitación que dispuso Schumann para el final. Furibundos acordes del piano vuelven a ensombrecer la atmósfera en éste, mientras que el violín gira y gira obsesivamente –también con el piano- dando vueltas a los motivos quizá sin demasiada lógica, pero abrumando por la vía emocional. De nuevo nos encontramos ante el hecho de que la estructura clásica de la sonata no fue, muchas veces, la más adecuada para Schumann, cuyo genio discurría mejor por otros derroteros. Con todo, gracias a la profundidad y acierto con que fue servida por ambos intérpretes, el oyente entró en materia y se aproximó al Schumann que late en ella, con todas sus rarezas y también sus encantos.

...siguieron con Prokófiev...

Foto: EVA RIPOLL.

En concreto, con la Sonata núm. 2 del ruso, cuyo movimiento inicial presenta un interesante diálogo entre violín y piano, escanciando pasajes de intenso legato con otros mucho más ácidos. Nos hallamos lejos, ahora, de la dramática versión que de Schumann habían dado Jansen y Gavrylyuk, pero muy cerca, sin embargo, de ese universo tan caro a Prokófiev, pleno de ritmo y de ingenio melódico. En el Presto que inicia el segundo movimiento, el violín lució una agilidad deslumbrante. También una potencia destacada que, sin embargo, debería calificarse mejor como presencia enérgica que como torrente de decibelios. Sigue este movimiento con un Poco più mosso del Tempo I, donde las transiciones entre los diversos climas se ejecutaron con una elegancia e intuición admirables. El Andante apareció como una delicada divagación, donde el oyente ya no se pregunta qué oye, sino cómo se puede encauzar tan grácilmente la música, enlazando con tanta naturalidad una frase con la siguiente, y dándole al todo una continuidad y una lógica muy firmes. Y en el Allegro con brio reencontramos al Prokófiev rítmico y sardónico. Hubo “final en punta”, pero nacía de la propia música, sin tratar de buscar el aplauso fácil con la traca del volumen.

...y acabaron con César Frank... 

Del que interpretaron la famosa Sonata en la mayor, construida a partir de una concepción cíclica, donde un tema reaparece en todos los movimientos de la obra, otorgando un plus de unidad a la misma. Tuvo ocasiones la violinista, de nuevo,  para lucir su delicado legato, en frases a veces larguísimas, un legato que parece emular al del canto, haciendo que, al final de cada ligadura, la respiración de la música se asimile y adopte la naturalidad de la efectuada en el canto. El pianista le dio respuestas muy adecuadas al espíritu que la partitura iba adquiriendo en cada momento. Jansen se desenvolvió con maestría, tanto en los pasajes más líricos como en los de virtuosismo espectacular. A destacar el Recitativo del tercer movimiento, donde consiguió hablar con el violín, gracias a la riquísima gama en la dinámica, a los silencios llenos de contenido y a la extremada flexibilidad de su fraseo: estaba huyendo de la rítmica mecánica para adentrarse en los profundos secretos musicales que esconde la lengua hablada o recitada. 

...más dos bises de mujeres

Indicó Janine Jansen el nombre de la compositora del primer regalo con que el dúo agradeció el entusiasmo de los asistentes, que querían seguir disfrutando de la belleza y la intimidad de la música de cámara. Se trataba de Clara Schumann (Clara Wieck de soltera), de la que interpretaron la primera de sus Tres Romanzas para violín y piano. Clara fue una de las pocas mujeres que, en el siglo XIX, no sólo era reconocida como reputadísima concertista de piano, sino como analista certera en la valoración de las composiciones. Y no fue únicamente Robert Schumann, su marido, quien le mostraba los manuscritos antes de hacerlos públicos. También Brahms tuvo muy en cuenta su criterio y sus consejos.

Después, ya sin anunciar de quien era (un error, pues aún estamos en tiempos donde se olvida que algunas mujeres han conseguido componer obras de interés, a pesar de las dificultades en la práctica de esa actividad), interpretaron un Nocturno de Lili Boulanger. Lili, hermana de la mucho más conocida Nadia Boulanger, vio coartada su labor creadora no sólo por el hecho de ser mujer, sino por una salud muy endeble que acabó con su vida a los veinticinco años.

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