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CRÍTICA MUSICAL

La Orquesta de Valencia fue esta vez la estrella

El público aplaudió con ese entusiasmo sincero y especial que se reserva sólo para las grandes ocasiones

30/05/2016 - 

VALENCIA. El 13º concierto de abono del Palau de la Música llevaba en el programa dos obras de compositores rusos: el Concierto para violín de Chaikovski y la Décima Sinfonía de Shostakóvich. El primero es una partitura plagada de dificultades para el solista, hasta el punto de que el compositor también las tuvo, y mayúsculas, para encontrar quien la estrenara. Fue Adolf Brodsky el que, por fin, asumió ese riesgo en 1881, aunque la obra estaba compuesta desde 1878. A las dobles y triples cuerdas, los trinos, arpegios, glissandi y pasajes vertiginosos, se añaden problemas que superan lo estrictamente técnico para adentrarse en el terreno expresivo. Así, es preciso transmitir la alegría desbordante de los movimientos extremos, la serena intensidad de la Canzonetta y la gracia danzable, con perfume popular, que está presente en el Finale.

El violinista fue Frank Peter Zimmermann, acompañado por la Orquesta de Valencia. Dirigía el titular, Yaron Traub. A partir de un delicadísimo sonido que ofreció la orquesta en los primeros compases, se llegó, tras  la exposición de los temas por parte del solista y un virtuoso pasaje para este, a la repetición del primero de ellos por la orquesta, que pareció recogerlo con toda la alegría del mundo, marcando ya el tono general del movimiento. La orquesta exhibió a lo largo de la obra una gran claridad de líneas, y Traub la ajustó muy bien con el violinista alemán. También hubo lirismo en la Canzonetta, y el vigor que requería la danza rusa del último Allegro

Zimmermann (a la izquierda) era, en principio, la estrella de la velada, pero no tuvo el pasado viernes una actuación tan destacada como las que ha brindado  en la misma sala. Se recuerdan con emoción sus versiones del Concierto a la memoria de un ángel (Alban Berg) y la del Concierto para violín de Sibelius. Esta vez, sin embargo, no acabó de convencer. El sonido no podía calificarse de pequeño, pero resultó a veces tapado por la orquesta en forte, y no fue por exceso de esta. Lo más problemático, sin embargo, fue la afinación en los pasajes de mayor virtuosismo que, eso sí, se dieron con la impresionante velocidad requerida. El movimiento central –cuyas seis primeras notas recuerdan el principio del Cant del ocells (anónima canción catalana popularizada por Pau Casals)- estuvo mucho más conseguido, con un precioso legato, un excelente contrapunto con la flauta y el clarinete, y un desarrollo dulce y expresivo. En el Finale, por otra parte, pareció -quizá erróneamente- que algún instrumento del conjunto no estuviera a tono del todo, y ello afectó, como es lógico, a la impresión general. Zimmermann dio como regalo el Preludio op.23/5 de Rachmáninov, que en la versión original para piano es encantador, pero cuya transcripción para violín resultó menos afortunada.

Lo mejor de la sesión vino en la segunda parte, con la Orquesta y Traub en una de las mejores actuaciones que se les ha escuchado. Para empezar, todos parecían en estado de gracia en cuanto a comprensión del espíritu que anida en la Sinfonía 10 de Shostakóvich. En segundo lugar, se hizo patente una fuerte compenetración entre la batuta y los instrumentistas, que otras veces parecen andar en polos lejanos. Por último, la ejecución resultó impecable en cuanto a ajuste, afinación y sonoridad, a pesar de que la partitura deja muy al descubierto el empaste de las secciones y las habilidades individuales. Imposible nombrar a todos los solistas, pero debe recalcarse que nadie bajó el listón. 

En el Moderato inicial, la sombría línea de los contrabajos cimentó con gran presencia al resto de la cuerda, en un mar de calma aparente donde parecía que, de golpe, algo inquietante emergía con una velocidad mayor para sumergirse, de nuevo, en la amenazadora profundidad. Había una tensión tremenda, casi dolorosa, cuyo ascenso al clímax graduó muy bien Traub (imagen a la derecha). La atmósfera de la sala también se tensó, porque esos momentos en que los intérpretes están entregados, se transmiten pronto al público. Los flautines, voluntariamente ásperos, irrumpieron como negando cualquier esperanza. Y se apagó todo.  

El segundo movimiento, muy breve, resultó furioso, casi endemoniado, también sobre un implacable ritmo de los contrabajos, y con las diferentes secciones compartiendo protagonismo. En el tercero, más sosegado, apareció el motivo musical que se deriva de las iniciales de Shostakóvich. Traub debió recordar aquí el desprecio del compositor ruso hacia los músicos que llamaba “mezzofortistas” (porque sólo saben tocar a medio volumen), y exploró con acierto un sin fin de gradaciones dinámicas, desde el pianissimo hasta la potencia extrema. En este movimiento se produjeron un buen número de solos individuales, impecables todos ellos.El carácter obsesivo de la música se sustituyó luego por una especie de danza, un punto fantasmal, donde emergió suavemente el violín del concertino, Enrique Palomares, contenido pero lleno de tristeza.

En el último también abundaron los solos, regalando un catálogo de sonoridades que, sin embargo, no tenía nada de caprichoso. Se inició con un Andante de carácter casi bucólico que se transformó luego en un Allegro de textura ligera, casi de cuento de hadas, pero de un cuento de hadas desesperanzado, que ya nadie se cree. Los metales irrumpen, para acabar, entonando otra vez el motivo de Shostakóvich, que se repite de forma obsesiva hasta terminar en una conclusión menos triunfal que sarcástica. La sinfonía es brutal y encoge el ánimo. Sobre todo cuando se toca, como esta vez, a tumba abierta. El público del Palau, que es de buen conformar y siempre aplaude bastante, lo hizo el viernes pasado con ese entusiasmo sincero y especial que se reserva sólo para las grandes ocasiones. Tanto es así que la Orquesta de Valencia quiso otorgar un bis, también del compositor ruso: la Marcha de la Suite de jazz para orquesta variada, a veces denominada como Suite de jazz núm. 2, perdida esta durante la guerra y recuperada la versión pianística en 1999.

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