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El librero callejero de Blasco Ibáñez

Juan Antonio Marco lleva nueve años vendiendo libros frente a la Universidad. Consigue sus ejemplares a través de trueques, ferias u ONG

23/11/2020 - 

VALÈNCIA. Dostoievski, Kerouac, Orwell, Blasco Ibáñez, Cortázar, Burroughs, Corso, Infante, Huxley, Bukowski... Una manta extendida sobre el pavimento frente a la Universidad de Historia y Geografía, en la Avenida Blasco Ibáñez. Un hombre que siempre está ahí, desde hace nueve años, todas las mañanas, vendiendo sus libros. Dante, Marx, Kahlo, Schopenhauer, Nietzsche y un objetivo latente: que las miradas de todos aquellos autores persista en el tiempo. Para Juan Antonio Marco la lectura es imprescindible. Permite que seamos ciudadanos críticos y libres ante cualquier injusticia. Hernández, Delibes, Voltaire, Goethe, Hemingway... Para él todos ellos son referentes, personas que marcaron una época y que, a través de los libros, permiten que toda su sabiduría no caiga en saco roto generaciones más tarde 

En el año 2012, este particular librero extendía su manta por primera vez. Por aquel entonces tenía muchos compañeros haciendo lo propio en el resto de universidades. Con el tiempo se ha quedado solo. “Cada vez la gente compra menos libros”, cuenta. Tiene sesenta y un años y nació en la ciudad francesa de Lyon. Recuerda mucho su infancia y cómo en aquellos tiempos se salía a la calle a dar patadas a un balón, en vez de estar inmersos en lo que él llama “aparatos”. “Más libros y menos tele”, declama.  

Juan Antonio consigue sus libros a través de diversas vías. Hace trueques, asiste a ferias del libro y a ONGs donde los adquiere en grandes cantidades. “Llevar un tiempo en el mundillo te permite conocer a mucha gente que te echa una mano”. En ocasiones, ayuda a alguien a vaciar una habitación o un trastero, y saca unos cuantos libros. “Los que me pueden servir me los quedo, y los que no, los regalo”.  

Sus ventas han ido cayendo de manera continuada desde que empezó en su oficio como librero callejero. Cuenta que al principio, hace tan solo una década, los estudiantes se paraban más a observar sus títulos. Hablaban con él, se tomaban una cerveza, debatían sobre filosofía y compraban libros. Los primeros años eran muy buenos. Había clientes que incluso le esperaban antes de que montara el tenderete a las nueve de la mañana. Lo recogía por la tarde y todavía quedaba gente queriendo hacerse con algún libro. "Ahora se compra muchísimo menos que hace años, e incluso mucho menos que el año pasado". Hasta hace poco tenía muchos 'compañeros' que desplegaban sus mantas a lo largo de la avenida, frente al resto de universidades. Ahora la mayoría se han marchado. En Blasco Ibáñez solo queda él. “Soy el último mohicano corriendo con la escopeta”, bromea. 

“Empecé en este oficio para ser libre” 

Antes de ser librero, Juan Antonio llevaba casi treinta años trabajando en distintos sectores. Ha tocado el cine e incluso el mundo del deporte. Sin embargo, en un momento dado decidió que tenía que hacer otra cosa. Algo en lo que no tuviera jefes. “Ni patrono, ni amo, ni rey”. Un buen día decidió meter diez de sus libros en la mochila y se fue a la Universidad de Psicología. Tuvo un buen recibimiento, así que probó suerte de nuevo al día siguiente. Hubo un tercer y un cuarto día, y al mes se trasladó a la Facultad de Filosofía. Estuvo allí los siguientes cinco años, y los últimos cuatro los ha hecho en Historia. “No me licencié en ninguna universidad, pero eso me permitió ir recorriéndolas todas. Me considero un autodidacta, y eso me ha facilitado poder ser una persona más o menos libre (y libertaria). El problema es que ahora no sé qué alternativa tengo para ser tan libre. Vivo exclusivamente de esto”.  

Su política de selección de títulos es sencilla: “Vendo lo que traigo y traigo lo que vendo”. Hay algunos libros que desde siempre son apuestas seguras. Rayuela, de Julio Cortázar; 1984, de George Orwell; Un mundo de feliz, de Aldous Huxley; Madame Bovary, de Gustave Flaubert... Y por encima de todos ellos, muy a lo lejos, el libro que mejor ha funcionado es El principito, de Antoine Saint-Exupéry 

Un joven se acerca a su puesto y se queda un par de minutos observando los libros que ha traído hoy. Finalmente escoge uno y se lo lleva por cinco euros. Groucho Marx, Woody Allen, Bocaccio, Camus, Sharpe... No le gusta que le regateen, y menos que lo hagan profesores universitarios. Explica que muchos de ellos le ignoran. “Lo digo basándome en la observación de todos estos años. Algunos parecen muy ufanos. ¿Sabes por qué? ¡Porque ya lo han leído todo! Y eso que hace un tiempo hubo un señor muy listo que dijo aquello de Solo sé que no sé nada”, dice con ironía. Pero hay otros que le respetan, se paran a conversar con él y le compran algún ejemplar. “Una vez, estuve hablando con un profesor un buen rato. Le caí bien y me regaló doscientos libros”.  

Ver cambiar la zona universitaria 

Juan Antonio ha vivido de lleno los efectos de la pandemia sobre su negocio. Si bien la cantidad de libros que vendía antes ya había disminuido, ahora la situación es mucho peor. “Con la modalidad online de las carreras, al final solo viene presencialmente una cuarta parte de los alumnos. Eso es fatal, tanto para mí como para ellos”. 

La fisionomía del campus, según él, ha cambiado mucho en los últimos años. Señala el parque de la Universidad de Filosofía. “Antes estaba lleno. Quedaban reminiscencias de la guitarra y las cervezas en los descansos. Ahora viene muchísima menos gente y, por lo tanto, se sociabiliza menos en esta zona”.  

La mayoría de los libros que vende los ha leído. “Muchos jóvenes vienen sin mucha idea y me piden que les recomiende algún libro. Yo siempre les digo que, si no les gusta, me lo traigan de vuelta. Normalmente no lo hacen”. Cuenta que a aquellos que vienen de nuevas y quieren iniciarse en la lectura, les suele recomendar algo de poesía. “Pero no poesía ecléctica, sino los poemas de Antonio Machado, Pablo Neruda o Miguel Hernández. Poesía de fácil comprensión”. 

Y pese a que el libro más vendido desde siempre haya sido El Principito, durante los últimos años se ha requerido en mayor medida la distopía orweliana. “Es porque saben que es un libro que me molesto en traer siempre. De hecho fue de los primeros que traje y siempre lo he tenido”. También achaca la creciente popularidad de la obra a la rapidez con que la sociedad ha cambiado. “El Gran Hermano que Orwell describe está en las redes sociales, en la televisión. Mucha gente me trae libros de su casa para colocar un plasma en el hueco. Fíjate las contradicciones que tiene la vida”. 

Por otro lado, Juan Antonio tiene una serie de recomendaciones claras para los clientes indecisos. “A modo general, Rayuela de Cortázar se lo aconsejaría a todo el mundo. Los libros de Galeano, Tolstoi y Dostoievski también son muy buenos para empezar a abrir la mente. Y para los que quieran salir, les recomendaría a Burroughs, CorsoKerouac...”. Hace hincapié en esa generación beat de los años 50. “En aquella época se vivía a otro ritmo al que no creo que se vuelva nunca. Ahora está todo muy esquematizado. Viene muy bien leerles para saber ver cómo funcionaba antes el mundo”. 

Además de leer alrededor de un libro al día, Juan Antonio también escribe. Cuenta que ha estado trabajando con un amigo en un guion sobre prostitución y trata de blancas, y que le encantaría poder irse a Colombia a rodar un corto o un mediometraje en algún momento. Recuerda que, por encima de todo, lo bonito de su oficio es la gente que ha conocido. “Poder charlar y llegar a puntos comunes. Que te venga un chico y te diga, como me pasó hace poco, que más de cincuenta de los libros de su librería personal me los ha comprado a mí. Eso es lo bonito”. 

Así, con toda la calma del mundo, Juan Antonio continúa con sus ventas, viendo pasar a cada transeúnte, sentado en las escaleras de la entrada de la Facultad de Historia y Geografía, y con la certeza de que, aunque en algún momento tenga que dejar de vender libros, ahora mismo está exactamente donde quiere estar.  

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