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atracón de pantallas

‘Los que buscamos’: las heridas del franquismo que también deberían resolverse

La Comunitat Valenciana presenta en Valladolid el documental más emocionante de la etapa de À Punt Media. Impecable trabajo del valenciano Óscar Bernàcer

25/10/2019 - 

VALÈNCIA. Debemos sanar todas las heridas. To-das. La exhumación de Franco, no es, de ningún modo, el cierre definitivo de una etapa de nuestra historia que dejó miles de víctimas y, en consecuencia, a sus familiares un hondo sufrimiento durante décadas. Recordar a los múltiples asesinados en las cunetas y enterrados en fosas comunes, como el centenar de cuerpos con impacto de bala exhumados del cementerio de Paterna. Otros tantos familiares continúan luchando por recuperar los restos de sus seres queridos, tal y como mostró el conmovedor documental, premio Goya en 2019, El silencio de otros, que trató, desde el lado más humano de la historia, la pervivencia del  tormento de sus descendientes, unidos todos ellos en la denominada ‘Querella Argentina’ (es la justicia argentina quien está sacando adelante el caso). Heridas sin cerrar que deberíamos resolver de una vez por todas alrededor de aquella larga etapa de oscuridad: la del Franquismo en connivencia con la Iglesia Católica.

El silencio de otros se estrenó el año pasado en la Seminci de Valladolid. Meses después saltó a los Premios Goya, y ganó. La edición de este año (la número 64) de la Semana Internacional de Cine de Valladolid, dentro de la sección DOC. España, presentó el pasado lunes la película documental Los que buscamos, dirigida por el valenciano Óscar Bernàcer, y producida por Kaishaku Films y Nakamura Films. La televisión pública valenciana À Punt  Mèdia y el Institut Valencià de Cultura (IVC) han apoyado este estremecedor documental, rodado en la Comunitat Valenciana. Sus  ingredientes y ejecución (fotografía, realización y testimonios con los que se empatiza hasta las lágrimas de forma inmediata) les otorgará, sin duda alguna, un hueco en los próximos Premios Goya, además de excelentes críticas como esta. El film, de un incalculable valor, merece incluso llevarse la estatuilla a casa. Veremos qué nos depara el futuro, con los títulos estrenados durante estos días. Es el caso del documental El cuadro, sobre el misterio del cuadro ‘Las Meninas’ de Velázquez, que también ha recibido críticas positivas y podría ser un duro competidor.

Con estatuilla o sin ella, el documental nos lleva a preguntarnos si debe continuar manteniéndose el pacto del olvido, y más aún cuando hablamos de esas madres e hijos, todos ellos víctimas del tráfico de bebés robados, ocultos durante décadas por la Iglesia Católica, la cual se niega reiteradamente a abrir sus archivos. De este trágico conflicto, todavía vivo, trata el film, siempre mirándolo desde la motivación personal de unas víctimas que anhelan respuestas. Pese a ser una obra de historias personales, el documental se enriquece al contar con la perspectiva de los actuales administraciones públicas, en concreto con el apoyo del Ayuntamiento de València (delante de cámara) y la Generalitat Valenciana (mediante el apoyo, detrás de cámara, de À Punt e IVC).

“Los adoptados tenemos miedo a perder a la gente”

El testimonio del abogado especializado en filiación e hijo adoptado (que continúa sin conocer a su verdadera madre), Enrique J. Vila, es demoledor por su conocimiento tanto judicial como íntimo sobre el perpetuo dolor que pasan los más de 300.000 posibles casos contabilizados, algunos de ellos recogidos en la Asociación SOS Bebés Robados, en la que él es presidente. “Los adoptados tenemos miedo a perder a la gente. Miedo al rechazo”, narra durante los primeros compases del documental. El nudo en la garganta nos invade inmediatamente. El tono de la obra salta desde el acongojante relato íntimo al documento histórico y legislativo, de forma impecable.

“Había un muro de distanciamiento y frialdad que yo ahora no tengo”, explica Enrique J. Vila al comparar la relación con sus padres adoptivos y la que actualmente tiene con sus hijos biológicos. “Yo lo comparo con un árbol. Tengo muchas ramas, muy frondosas y satisfactorias, con muchos frutos. Pero por debajo no tengo raíces, o al menos no las conozco”.

El abogado e hijo adoptado Enrique J. Vila, junto a su hijo menor, en un fotograma de 'Los que buscamos'

El letrado lleva 25 años intentando encontrar sus orígenes. Cuando pidió su cartilla de nacimiento en el registro civil, aparecía la dirección de la Casa Cuna Santa Isabel, con sede en València (calle Casa de la Misericordia, 8). Ha llamado innumerables veces a las puertas del centro, sin encontrar respuestas. “Yo tengo los datos pero no tienes derecho a saberlos”, le contestó Sor Aurora en 1988. Lo ha intentado incluso vía el papa Francisco, cuya carta envió con el apoyo expreso del actual alcalde de València, Joan Ribó, presente en el documental con un amplio conocimiento histórico.

Madres e hijos luchan unidos

Las víctimas habituales se subdividen en tres tipologías: por un lado están las madres, que en la mayoría de los casos dieron a luz siendo menores de edad. Es el caso de Ascensión Orive, que con 16 años entró, obligada por su madre (y a su vez recomendada por el cura de su parroquia), para dar a luz en la Casa Cuna Santa Isabel. Allí estuvo encerrada cuatro meses, hasta que nació “una niña preciosa”, según le dijeron las monjas. Poco después el bebé desapareció, pese a sus insistentes reclamaciones porque se la devolvieran. Desde aquel día sigue buscándola.

En segundo lugar, existen los ejemplos de hijos adoptados con la colaboración de la Iglesia Católica y de algunos abogados y médicos, vía gestión privada, gracias a las suculentas donaciones para la institución religiosa. Los bebés eran entregados a familias pudientes por la nada desdeñable cantidad de un millón de pesetas (unos 6.000 euros de la actualidad). Es el caso de lo que le ocurrió al propio Enrique J. Vila, cuando encontró, a punto de fallecer su padre, una copia de una demanda de adopción, firmada ante notario.

Joan Ribó recibe a Enrique J. Vila para mostrar su apoyo frente al papa Francisco

“A ti te han recogido de la calle” no es una broma que nos han podido hacer alguna vez. Es una verdad como un templo que escuchó por primera vez Enrique J. Vila con tan solo 8 años. Tras la recibir semejante crueldad en voz de sus primos, aquel niño pidió explicaciones a su madre, que confesó con miedo a que la dejara de querer por haberle mentido (y no ser su verdadera madre).

Por último, conocemos casos de bebés mellizos o gemelos en los que uno de ellos moría de forma sospechosa. Ahora, de adultos, tras comprender la extraña explicación que les daban las monjas a sus familiares, quieren encontrar a su familia biológica.

Cambio de rumbo legislativo: Leyes del 87 y 99

“El Estado solo controlaba la inscripción final de la adopción en el registro civil. Pero no controlaba el origen del bebé”, explica Enrique Vila desde la mirada de un experimentado letrado. Las adopciones hasta 1999 eran anónimas y hasta 1987 eran totalmente privadas. Con la llegada de la democracia se fue acotando el origen del problema.

En el 87 dejó de permitirse las adopciones privadas. Al controlar el Estado el origen del niño, parecía que se había zanjado el terrible problema del tráfico ilegal de bebés. “Cambiamos el sistema de adopciones en España porque nos hemos dado cuenta que el actual fomenta el tráfico de bebés” explica, de forma explícita, la introducción de la ley del 87.

Sin embargo, la cuestión siguió teniendo vigencia. El letrado se ha llegado a encontrar con algunos casos de bebés que eran directamente apuntados en el registro civil como hijos biológicos. Lo único que tenía que decir el padre o la madre al llegar al Registro Civil era decir: “Este hijo es mío”.

Con semejante error vigente, la legislación española dio un segundo paso adelante en 1999, esta vez de forma más rotunda, al obligar a inscribir en el Registro Civil el nombre y apellidos de todas las madres biológicas que dan su hijo en adopción. Desde entonces ya no puede ocultarse el nombre de la madre biológica.

Aperturismo idiomático, talante inclusivo

Todos los testimonios, incluso la participación de Joan Ribó, son en castellano. El detalle no es baladí. Refuerza la marca de À Punt Media, al demostrar, como se ha venido leyendo en declaraciones de sus directivos estas últimas semanas, una mayor sensibilidad y aperturismo idiomático (bilingüismo, vaya) que nos aleja del Tele-Compromís que denominó Toni Cantó durante sus primeros meses de vida como canal autonómico.

Es cierto que tal vez solo lo veamos así los que no dominamos la lengua valenciana lo suficiente, pero en ocasiones se percibía un sutil enfrentamiento idiomático en lugar de una intención de unir espectadores de diferentes raíces culturales y lingüísticas. Hace pocos días, su Directora General declaró “Lo importante es comunicarse”. Gracias por entender, que por unas circunstancias o por otras (inmigrantes hispanos o forasters del Estado (Castilla-La Mancha, Teruel, etc…)), somos unos cuantos los ciudadanos, ahora valencianos, como todos, que no hemos conseguido dominar todavía la lengua de la Comunitat Valenciana. Son estos detalles los que generan más acercamiento hacia la marca que alejamiento. Hacen que se nos olvide un enfrentamiento, en parte cultural, en parte político, que a algunos de los ciudadanos no nos interesa y nos genera sensación de exclusión social, en vez de inclusión. Sumar, no dividir espectadores. Maravilloso objetivo con el que la televisión de todos está a punto de cerrar el año. Felicidades también por ello.

La elección idiomática sin duda alguna posibilitará además su ascensión hacia el publico de habla hispana, más allá, incluso, de nuestras fronteras. Se sobreentiende, por tanto, que las ventas internacionales serán buenas y que el documental llegará lejos. Ojalá que, además del Goya, consiga abrir los ojos al papa Francisco.

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