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Marcos Gisbert reconstruye la vida del pianista transgénero Billy Tipton a través del teatro

El escritor valenciano logró el Premio LAM de textos teatrales con una pieza innovadora que reúne visiones diferentes de la vida de un artista jazz muy popular en norteamérica durante el siglo XX, Billy Lee Tipton, que nació como Dorothy Tipton

12/12/2019 - 

VALÈNCIA. A pocos metros de donde fue ahorcada Margarida Borrás, una de las primeras mujeres trans reconocidas en la historia de València, en pleno siglo XV, el escritor valenciano Marcos Gisbert celebra el éxito tras haber recibido el premio LAM por su obra La armonía de las esferas. Un reconocimiento por la visibilidad LGTBI otorgado por la Fundación SGAE y la Asociación Cultural Visible. Se trata de un relato dramatúrgico que pretende consumar su finalidad: ser interpretado para hacer llegar la historia a todos los públicos. Así lo desea el propio autor, que pone en bandeja detalles recopilados de una vida marcada por un cambio de identidad sexual impuesta. De cómo Dorothy se transformó en Billy para acceder a un terreno musical restringido a lo masculino, al piano de un salón de jazz.

La historia de transformismo escénico a su vez esconde una historia dura de identidad; porque a Billy Lee Tipton nadie de su entorno profesional o familiar le llegó a conocer con rasgos anatómicos de mujer hasta su fallecimiento, en 1989. Sobre las tablas, el protagonista interpretará a uno de sus tres hijos adoptivos, Scott, que en la vida real decidió indagar la historia de su padre cuando, ya en el lecho de muerte, un enfermero abrió la camisa de su pijama y descubrió su sexo femenino. "Me interesaba mostrar aquello que parece como un arcano; algo que hoy no se puede explicar pero ha estado ahí siempre, desde los inicios de la civilización, en Grecia y en Babilonia". Gisbert se refiere a la historia de las conversiones de género, y asegura que "ha sido una realidad muy silenciada, como la de todas las minorías". 

Foto: ESTRELLA JOVER.

"Es extraño que nadie se haya interesado por este caso, que no haya habido películas sobre su vida, porque es un personaje muy magnético". A través del texto de Marcos Gisbert, Scott recorre pasajes de la vida de su padre, reconstruyéndola en diferentes espacios y manteniendo conversaciones con personas de su entorno. Un círculo al que ocultó sus motivaciones, sus sentimientos reales y su propia identidad sexual. Todos los personales con los que dialoga nacen de la voz de otro actor, que cambiaría de personalidad en cuestión de instantes con elementos de caracterización rápida; algo que lo convierte en una pieza contemporánea pero, al mismo tiempo, de una teatralización muy cercana al cabaret, el movimiento escénico con el que Tipton convivió.

"Con esta obra he vertido vino nuevo en obres viejos; utilizando patrones clásicos de narración de historias con contenido vibrante, estimulante e inspirador"

"Para conocer la verdadera historia de Billy fue clave un libro que encontré de una crítica literaria feminista, una ganga de segunda mano que resultó ser una biografía al detalle, recopilando fuentes de familiares, mostrando fotos, recortes de prensa, y que logra aportar una visión extensa y propia", explica Gisbert. Obtuvo una información veraz y próxima de un caso no del todo excepcional, pero sí extraordinario por inverosímil. Paralelismos en el mundo del cine reflejarían únicamente el espectro opuesto, el de las mujeres trans que han sufrido por mostrarse como hombres en su vida pública. 

Entre las referencias más premiadas y destacables encontraríamos casos reales como el de la tailandesa Beautiful Boxer (Ekachai Uekrongtham, 2004) y ficciones con infinidad de tratamientos. La primigenia, No quiero ser un hombre (Ernst Lubitsch, 1918), era una comedia en la que una mujer se travestía para acceder a privilegios de hombres: jugar a póker y fumar. No queda demasiado lejos de la historia de Billy, que con su transformación solo pretendió irrumpir en un mundo prohibido, copado por hombres, el de los reyes del jazz.

"Hoy sería imposible una historia así porque el nivel de exposición es muy alto, por las redes sociales, la comunicación masiva. Pero en la época que le tocó vivir a Billy todavía no había ni televisión, el trato con las personas era cara a cara. Además, la sociedad estadounidense de los cincuenta era muy mojigata y pudorosa; dificultaba todavía más la revelación del género", relata Gisbert, que no pone en duda la enorme dificultad de ocultar el sexo durante toda una vida a hijos adoptivos, parejas sentimentales y entorno amistoso.

Aun así, Billy se proyecta como un personaje lleno de matices. "Me interesaba mucho que no hiciera ninguna defensa del género, ninguna manifestación, no estaba haciendo nada performativo, no estaba haciendo activismo: él solo quería hacer jazz". Un ámbito reservado para hombres, que le suponía un obstáculo de entrada en un mundo plagado de estereotipos sexuales. Ante esto se propone como única solución dejar atrás a Dorothy Lucille, la identidad que le asignaron al nacer, para abrir una nueva senda de oportunidades como hombre, como Billy. "Por eso prefiero hablar de transformismo, más que de travestismo, en este caso", especifica Marcos Gisbert.

"Si Dorothy no se hubiera transformado en Billy, su inmersión en el mundo del jazz tendría que haberse limitado a las girls bands o a dar clases particulares de piano, y él aspiraba a más"

Pese al interés por dar visibilidad a este caso tan desconocido de identidad transgénero, Gisbert no se considera activista. "Hoy en día algunas empresas de medios de comunicación explotan hasta el límite y convierten en pornografía sentimental las cuestiones relativas a la diversidad sexual, pero yo prefiero documentarme con la realidad, desde estructuras pequeñas, con asociaciones y colectivos". La armonía de las esferas podría suponer un gesto de activismo, pero el autor se excusa: "me siento antes escritor que activista, tengo otras obras que no tratan temas LGTBI. En este caso encontré un personaje del siglo XXI, que quería trasladar a un patrón narrativo literario, me interesa porque es una manera de utilizar esquemas de narración actual y rellenar un vaso que ya existe, pero con contenido nuevo".

Foto: ESTRELLA JOVER.

En el texto teatral, el artista Billy no aparece interpretado explícitamente. Con su elusión forzada, Gisbert persigue una reconstrucción que abre nuevos caminos de exploración. "Su hijo realiza un viaje hacia atrás en el tiempo, pero hacia delante en el territorio, porque avanza por las ciudades, donde tocó y vivió; realmente la obra es una road movie, se encuentra con las personas que en 1989 estaban vivas, y cuentan a Scott la versión que conocían de su padre; incluso una pareja que tuvo. Emprende un viaje para conocer la verdad, que al final se le revela". La búsqueda del padre, incuestionable como tema clásico de la historia de la literatura y de la mitología.

"Las políticas de identidad sexual, el movimiento LGTBI, la afrodescendencia, o América Latina en llamas son ejemplos claros de que las manifestaciones artísticas siempre van parejas a un fenómeno cultural"

En la actualidad, hasta el propio género está sometido a la modernidad líquida y sorprende que esta historia, en su época, no causase fascinación. Pero para Gisbert todo forma parte del proceso de investigación que pretendía. "La obra trata de incorporar elementos de la teoría queer, del drag, del género fluido, en estos patrones clásicos de narración. En este proceso de documentación di con la teoría de la performatividad de Judith Butler, en la que basé la puesta en escena de la obra". Así, Scott se opone a un personaje que podría considerarse una constelación, interpretada por un actor o actriz que adoptará identidades instantáneas. «Un código escénico muy ágil, que tomé del vodevil». 

Marcos Gisbert vive un momento dulce, envuelto en varios proyectos muy fructíferos. Acaba de publicar su primer poemario, Alumbramiento. Y espera que alguna compañía se interese ahora por este texto teatral, que ya ha recibido su primer reconocimiento. Tiene en mente hacer una lectura dramatizada en Madrid, y luego buscar salidas. Es un momento álgido para la producción teatral, y Gisbert confía en que sea viable llevar a las salas la dramatización. Aunque cuestiona que, "a veces por precariedad, se prescinde de guiones originales, de autores externos a las compañías". La oportunidad de hacer pedagogía y culminar el proceso de dar visibilidad a la historia de Billy Tipton a través de este texto queda en el aire.

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