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LA VUELTA AL MUNDO DESDE CULTUR PLAZA

Singapur, el diseño de una ciudad que es un país

Una de las ciudades más palpitantes de Asia redescubre sus propios orígenes a través de una nueva hornada creativa mirando al pasado

4/09/2017 - 

VALÈNCIA. Singapur, miembro ilustre del club de poderosas ciudades estado. Percibida con perspectiva aérea luce tal que una probeta desbordada, con el futuro trazado por tecnócratas y el desarrollo urbano planificado a conciencia. Un cuantas manzanas reservadas para crecer a lo alto y a sus faldas barrios de originalidad mantenida fielmente, respetando la herencia. Las áreas de Tiong Bahru, Jalan Besar o Chinatown son buenos ejemplos de cómo combinar tradición, vida diaria y empuje contemporáneo. Contrastan con la periferia de modernas residencias, con un skyline apelotonado o con avenidas como la de Orchard repleta de centros comerciales a tota virolla (y con el aire acondicionado muy alto, marca de la casa).

De cerca, en cambio, Singapur se asemeja más a un tejido de carnes tiernas, con apenas cincuenta años de vida propia, emancipada de la Malasia postcolonial, tras la fundación del estado moderno a cargo de Lee Kuan Yew, el arquitecto de una independencia montada en el dólar, propulsada por las bajas tasas financieras, combinando la acumulación de millonetis con una inversión decidida en medicina, tecnología, educación… Singapur, la gran excepción para el área Asia-Pacífico. Un paradigma que admite mal las comparaciones. 

Las calles, tras el cumpleaños patriótico del 9 de agosto, exhiben estos días un despliegue unánime de cartelería natalicia. Porque -vamos al lío- el país, su progreso social, es el lazo que mantiene vinculadas en un territorio escaso a comunidades dispares como la china, la peranakan (unión china y malasia), la india, o a los expats del mundo oeste. La mezcla ocurre espontánea como en pocos lugares, los templos de uno y otro culto se superponen a apenas unos pasos. El desarrollo urbano desde hace cincuenta años ha procurado espacios de contacto como los abundantes centros comunitarios o los hawkers centers, mercados de comida callejera en cuyas mesas se sientan unos y otros sin posibilidad de zonificación. El objetivo, sortear el riesgo de guetos, se logra exaltando el mix comunitario que propugna la nación. Más del 80% de la masa de viviendas son de propiedad pública, un arma que utilizaron en pleno progreso para moldear la unión. 

La ternura del país, ese medio siglo caminando solos, se mira a un espejo que refleja la herencia oriental milenaria y un rastro colonial evidente. La cultura de la ciudad bebe de esa contradicción en los tiempos. El furor por el progreso explosivo y reciente, representado por la Marina Bay, convive con el detenimiento de siglos de historia. Desde la arquitectura al diseño, la creatividad local vive inmersa en ese desafío de revivir los orígenes en plena reinvención.

La expo (Life is the heart of a rainbow) de la artista japonesa Yayoi Kusama revoluciona en las últimas semanas a la población y forma largas colas en la National Gallery. En la pequeña galerías STPI, al borde del río, continúa la muestra David Hockney A matter of perspective. En la zona universitaria, frente a la mastodóntica School of the Arts, el espacio modular Deck otea como una galería periscopio haciendo de un solar un espacio creativo. El National Design Center, celebrando aquellos primeros 50 años, expone Fifty Years of Singapore Design, una condensación útil para entender la elevada importancia que ha jugado el diseño en la construcción patriótica (el desarrollo identitario, la cartelería o la comunicación visual en el espacio público son un valioso ejemplo). Los premios President’s Design Award celebran cada año las mejores aportaciones creativas y demuestran que el país se diseña en serio. En 2015 la UNESCO la eligió Creative City of Design

Aquella recopilación de las cinco décadas de diseño es ante todo una lección magistral de la historia propia. Cómo el diseño explica un país. 

Desde el levantamiento de la ciudad-estado independiente, de 1965 a 1975, cubrió las necesidades domésticas, extendiendo las instituciones cívicas, construyendo los edificios públicos… A partir de 1975 irrumpió el boom económico, la llegada de las grandes corporaciones atraídas por un contexto financiero bien laxo. El diseño al servicio de la nueva industria, de los rascacielos, de los centros comerciales. Las siguientes décadas depararon la modernización y la apuestas por las nuevas tecnologías (con el Singapore Trade Development Board el país promovía el desarrollo de negocios y productos de valor añadido), la atracción por los arquitectos globales y la competición urbana. 

Y otra vez en el mismo punto de partida. En los últimos años los impulsores locales publicitan con constancia su movimiento ‘looking back’, la mirada a los orígenes, el retorno a las raíces. Una reacción de hartazgo cultural ante el avance furibundo. 

El director creativo Jerry Goh, presidente de The Design Society en Singapur, escribía en Monocle que en esta nueva era retrospectiva que vive el país “los diseñadores singapurenses han entendido que es más inspirador mirar hacía sus propios orígenes que fijarse únicamente en lo de fuera”. Veo a Mike Tay, de Flaneur Gallery, espacio creativo en el barrio de Jalan Basar. Me habla de algunos de los platos que allí crean, diseñados con motivos como los pasteles dulces chinos, indios o peranakan que inundan la cocina local. En ese plato azul, se da la compilación: la mirada a sus raíces, el potente intercambio cultural, la fuerza del diseño (y el fervor por la cocina; la ciudad acumula decenas de estrellas Michelin que aparecen en los lugares más insospechados). 

 Mientras miles de personas pasean por la expo desatada de Kusama, con litros de psicodelia pop, mientras Singapur asienta uno de las mayores culturales por habitante, nada parece indicar que el estado perpetúa cierta tradición de censura artística, que modula su tono democrático con un cercano control de la prensa o que prohíbe a los extranjeros asistir a su multitudinarias gay pride. 

La ciudad cultural, mirando atrás, apelando a la madurez como pueblo, contribuye a doblegar la mordaza. Recobrada la calma, diseñan un futuro más fiel a sí mismos. Medio siglo debe ser para una nación el inicio de la edad madura.

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