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HISTORIAS DE ANTICUARIO

Tres milenios de arte para sacar pecho

No se trata de cuestionar la libertad de sentirse de cada uno, pero llaman la atención los que acompañan este deseo de sentirse de un lugar con el de dejar de serlo de otro

18/10/2015 - 

VALENCIA. Hace unos años la iglesia anglicana puso en venta la serie de cuadros Jacob y sus hijos de Francisco de Zurbarán pertenecientes a la diócesis de Durham. Cuando se hicieron públicas las intenciones, los ciudadanos británicos pusieron el grito en el cielo y se inició una recogida de firmas para evitar su posible salida de Inglaterra. Finalmente fueron adquiridos por un millonario del lugar, Johnatan Ruffer, que una vez suyos, los donó y evitó el desastre. La noticia me produjo una mezcla de optimismo y envidia a partes iguales.

Acaba de inaugurarse una exposición de retratos de Francisco de Goya en la National Gallery de Londres con gran expectación en medios especializados y sobretodo de público. Goya es un artista adorado en el mundo. El polémico galerista Charles Saatchi contesta en su interesante libro-entrevista (Me llamo Charles Saatchi y soy un arteholico) que la exposición de su vida fue la antológica sobre El Greco en el Metropolitan de Nueva York que se celebró en el año 2003.

Francis Bacon uno de los grandes maestros de la segunda mitad del siglo XX vivió obsesionado con la figura de Velázquez y su versiones del retrato velazqueño al Papa Inocencio X son consideradas unas de las cumbres del arte de la segunda mitad del siglo XX. Picasso, por si no lo saben, bate records en las casas de subastas. Dalí y Miró no le van a la zaga.

El aislamiento de España con las consiguientes particularidades de toda clase que conllevó, atrajo la atención de viajeros extranjeros, sobretodo en la época romántica, a principios del siglo XIX. En el mundo anglosajón existía verdadera fascinación por el país sus gentes, cultura, arte y costumbres. Qué mejor ejemplo que Washington Irving como personaje abducido por este país encantado, o los fotógrafos del XIX como el galés Charles Clifford, que durante el siglo XIX dedicó su carrera a fotografiar nuestro país de norte a sur o Jean Laurent.

La Spanish Society fue creada por Archer Milton Huntington, abriendo sus puertas en 1904. Su primer viaje a nuestro país lo realiza en 1892 quedando deslumbrado de inmediato. Si viajan a Nueva York no dejen de visitar su sede en Broadway entre las calles 155 y 156. Mas cerca tenemos Budapest. Su Szépmüvészeti Múzeum o Museo de Bellas Artes es uno de los mejores en cuanto a colecciones europeas de arte español, pudiendo presumir de poseer verdaderas obras maestras del siglo de oro español y una importante presencia del pintor de Xàtiva, Jose Ribera.

El Museo Meadows de Dallas que abrió sus puertas en el año 1965, posee una extraordinaria colección de arte arte español donada por Algur Hurtle Meadows (1899-1978), un midas del petróleo que en los años 50 frecuentó nuestro país en busca de oro negro. Si sus resultados fueron infructuosos, sin embargo descubrió un país y una cultura de la que cayó profundamente enamorado. Durante sus estancias en Madrid adquirió numerosas obras de arte que provenían de colecciones privadas. Ello fue el germen de su colección. Hoy en día algunos le bautizan como “El pequeño Prado”. El Meadows no se centra solo en arte antiguo sino que ya cuelgan de sus paredes obras de Barceló y en sus jardines pueden admirarse piezas monumentales de Plensa.

Que el arte español esta inmerso en la corriente cultural europea occidental, de eso no hay duda, pero tampoco es muy discutible que, a su vez, posee una impronta y carácter especial. Una atmósfera que se desprende de los bodegones de Sánchez Cotán, como en una mesa de nogal del siglo XVI, una cotizadísima jarra de pico, de un bargueño toledano o de un plato brasero de Manises. En quien ha calado nuestro arte, la cultura de este país, por muy lejos que viva, lo ha hecho de una forma profunda.

Días atrás celebrábamos nuestra fiesta nacional. No cuestionaré la libertad de sentirse cada uno como lo estime más oportuno, pero no deja de llamarme la atención que haya un determinado grupo de personas que, acompañando su deseo de sentirse, de amar su ciudad, comunidad o territorio cultural cercano, coexista una necesidad de dejar de serlo de otro. De abandonarlo. Me sorprende hasta la incomprensión que el amor por la comunidad a la que uno se siente pertenecer, conlleve desear dejar un país que le une tantos y tan intensos lazos de toda índole.


Me cuesta entender el propósito de querer dejar de ser ciudadano del país de Alhambra, del Museo del Prado, el Monasterio de Silos, el teatro romano de Mérida o la de Lonja de Valencia. Lejos de diferenciarnos unos a otros, la enorme variedad cultural de España debería ser un punto para sacar pecho frente a otros.

Parece lógico concluir que difícilmente apreciaremos y defenderemos lo que hombres y mujeres han venido haciendo a lo largo de tantos siglos en lo que hoy en día llamamos España, si no lo conocemos. Por ello y por otras cosas, la cultura es tan importante. En el caso de nuestro país, conocer cohesiona. Si nos cerramos en la aldea despreciaremos y buscaremos la diferencia. Quizás debamos viajar más por nuestro país, tener una actitud más proactiva y no, de una forma tan inmadura y un tanto cainita, defender lo nuestro frente a lo de otros territorios que, en definitiva, forman parte de un mismo proyecto en común. Hoy día, por una confluencia de razones que dejaremos para otro momento la cultura, el arte en España no vive sus mejores momentos. Un país no puede permanentemente vivir de su esplendoroso bagaje de otras épocas.


Siempre he visto cierta relación de causalidad en el hecho de que mis padres me llevaran de niños a exposiciones y museos con que se desarrollara en mí una sensibilidad por estas cosas. Debía ser bastante crío aquel día en el Museo San Pío V le pregunté a mi padre de quién eran todas esas cosas. Él me contestó que era de todos, de todos los españoles.

Desde aquello me sentí más cercano a los primitivos valencianos y a otros cuadros que quizás eran más de segunda fila, de artistas menos conocidos, pero que me gustaban y se me quedaban grabados por el tema o porque estaban tan bien pintados que parecían una foto, por mucho que mi padre me dijera que eso no es lo importante de un buen cuadro.

A la memoria del anticuario valenciano D. Salvador Ribes Garín.

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