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la esperanza pese a todo

Un Spirou para niños de 50 años

Tras el éxito de ‘Diario de un ingenuo’, Émile Bravo retoma las aventuras de Spirou durante la invasión de Bélgica en una cuatrilogía (¿) que, de momento, roza lo prodigioso

25/11/2019 - 

VALÈNCIA.- En 2006, la editorial francesa Dupuis apostó por una idea poco frecuente en el mercado europeo: dejar en manos de distintos autores la posibilidad de hacer una historia autoconclusiva de Spirou, a la manera de los one shots tan frecuentes en el mundo de los superhéroes. Las ventajas eran muchas: menos dependencia de la serie oficial y la posibilidad de explorar nuevos territorios. El título de la colección no dejaba lugar a dudas: “El Spirou de…”. Los tres primeros números —sin ser grandes obras maestras— tuvieron una recepción suficientemente buena por parte de los lectores como para seguir adelante.

En 2008 le tocó el turno a Émile Bravo (un dibujante centrado en tebeos para niños que había logrado cierto éxito con un personaje llamado Jules) que alumbra una maravilla titulada Diario de un ingenuoen el que provocan nada menos que la primera guerra mundial. Con este único título en su haber, Bravo se incorpora al Olimpo de los dibujantes más gloriosos de un personaje que lleva 115 títulos a sus espaldas, a la altura de los míticos Rober Velter (el creador) y Franquin (el autor de los mejores álbumes).

El éxito de la apuesta de Bravo es que los autores que le precedieron en la colección (Yann y Tarrin, Frank Le Gall, Yoann y Vehlmann) fueron incapaces de ver que el filón no estaba en encajar un álbum entre dos números de la serie regular —cero complicado— sino en apostar por una precuela. El riesgo era mínimo pero la posible ganancia máxima: lo peor que podía pasar era firmar una aventura del montón y lo mejor, darle al personaje un origen que nunca tuvo. Solo hay que ver la cantidad de premios recibidos para decir, sin miedo a equivocarse, que lo clavó.

Bravo viaja con el botones más famoso de todos los tiempos —con permiso de Sacarnio—  al verano de 1939, apenas unos meses después de su ‘nacimiento’ (la revista que aún hoy lleva su nombre apareció en 1938). El lugar es el mismo, el Hotel Moustique, en el que se celebra un misterioso encuentro entre diplomáticos alemanes y polacos para intentar evitar una guerra que parece inevitable. Por el camino, Spirou conoce a un aprendiz de pararazzi llamado Fantasio y a un chica (de la que se enamora) con contactos con los servicios secretos rusos.

Más allá de la propuesta, Bravo siembra una semilla sin darse cuenta: es un relato absolutamente infantil (dicho sea sin el menor matiz peyorativo), pero con un telón de fondo totalmente para adultos. No estamos hablando de simples guiños para adultos, sino de elementos que da a la obra una profundidad rara vez vista en tebeos de este tipo. Teniendo en cuenta que ya han pasado ochenta años desde la II Guerra Mundial y que los alumnos belgas y franceses no estudian esta etapa hasta el último año de bachillerato, a la mayoría de los lectores naturales del álbum les debió parecer tan real como lo fue en su día El cetro de Ottokar de Tintin.

La obra, ya lo hemos dicho, fue un éxito. No solo provocó un genial spin-off (El botones verde caquí, de Yann y Olivier Schwartz) sino que a Dupuis le faltó tiempo para pedir una continuación. El resultado no es cualquier cosa: Bravo ha tenido carta blanca hasta para imponer la extensión: La esperanza pese a todo (Dibbuks) tendrá cuatro partes (en Francia se acaba de publicar la tercera). Aunque es difícil juzgar una obra sin conocer el final, de momento se puede decir que se ha superado. Ha logrado un cuento infantil de una complejidad inaudita que difícilmente podrán entender los niños quienes, probablemente, no sean los destinatarios reales del álbum.

Más Sempé que Franquin

Para disfrutarlo plenamente no vale conocer por encima los hechos que llevaron a la II Guerra Mundial sino tener bastante claro cómo cayó Bélgica y fue una pieza de un dominó que llegó hasta Dunquerque: desde la improvisación y falta de estrategia del gobierno de Bruselas, al desprecio e ineptitud de sus presuntos aliados (franceses e ingleses), la inteligencia de los alemanes para dividir a los belgas y, sobre todo, la reacción de los ‘invadidos’: desde la resistencia a la aceptación, pasando por la aparición de oportunistas que florecieron como setas. Demasiada complejidad para un niño pese a estar contado con todos los códigos de un tebeo para niños. Desde luego, un Spirou que tiene mucho más de Sempé que de Franquin.

Las comparaciones serán odiosas, pero también son útiles. La esperanza pese a todo ocurre al mismo tiempo que El botones verde caquí, hasta el punto que este se consideraba la continuación del anterior. Al mismo tiempo, pero en universos paralelos. Donde Yann y Schwartz apuestan por un ritmo frenético y unos gags que remiten a lo mejor de Franquin, Bravo pone mesura y delicadeza. Hasta en los colores se nota que son dos ‘Spirous’ que no tienen nada que ver. El ritmo de El botones… se mantiene en su continuación —otra maravilla llamada La mujer leopardo—, una apuesta por el splastick que está en las antípodas de Bravo. En lo que sí coinciden es en los troleos a Tintin, hecho eso sí con el mayor de los respetos y el respeto que merece el periodista de Le petit vingtième.

No se trata de enfrentar las propuestas de cada saga, sino de constatar que existen diferencias, y que la de este último tiene un pequeño plus que solo se ve en obras llamadas a perdurar en la memoria de los lectores.

Spirou contra los nazis

Por cierto, y a modo de coda erudita, cabe señalar que no es la primera vez que Spirou se enfrentaba a la Wehrmacht. Tras la invasión de Bélgica Robert Velter fue movilizado, aunque (con la ayuda de su mujer Blanche Dumoulin y el dibujante Van Straelen) consigue escribir el guión para una plancha semanal hasta que los alemanes prohíben la revista en verano de 1940. Herido y prisionero, no podrá participar en la resurrección del personaje en el verano de 1941. Mientras, Hergé pudo publicar a lo largo de toda la guerra, en el diario Le soir y sin problemas las aventuras de Tintin (desde El cangrejo de las pinzas de oro hasta El tesoro de Rackham el rojo).

Pese a la prohibición, la revista Spirou siguió publicándose en la clandestinidad gracias a la labor, entre otros, de los dibujantes. Al (Lee Avrenski) llegó a su cita con los lectores hasta en 41 ocasiones en formato de una hoja plegada. En estas entregas, el botones, su amigo Fantasio y la ardilla Spip compartieron las penurias de los belgas: desde el racionamiento hasta los bombardeos, pasando por la represión. En cada número, había un pequeño código para indicar dónde y cuándo se distribuiría la segunda entrega. Son planchas que se creían perdidas (había incluso dudas de que alguna vez hubieran existido), hasta que un heredero de Al entregó una copia a la editorial Dupuis que las publicó con todo cuidado en un álbum titulado Spirou sous le manteau (algo así como ‘Spirou bajo mano’). Una historia maravillosa si fuera cierta, y una deliciosa mentira de un testigo de Jehová, el dibujante Alec Séverin.

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