LOS DÍAS DE LOS OTROS

Virginia Woolf y la escritura incesante

12/07/2017 - 

VALÈNCIA. Cuando a Virginia Woolf le conquistaba la oscuridad de la depresión, permanecía encerrada en su dormitorio, mirando de modo alternativo al techo y a su diario. Cuando se recuperaba se disponía a escribir en él. No era fácil la escritura después de ataques furibundos de locura y tristeza, pero Virginia siempre lo conseguía, siempre volvía a escribir:

Martes, 22 de agosto
La manera para volver a ponerse a escribir es la siguiente. Primero, leves ejercicios al aire libre. Segundo, lectura de buena literatura. Es un error creer que la literatura puede producirse partiendo de materiales no elaborados. Hay que quitar la vida de en medio -ésta es la razón por la que tanto me desagradan las interrupciones de Sydney-, una debe adquirir calidad exterior; muy, muy concentrada, toda ella centrada en un punto, sin verse obligada a basarse en las desperdigadas porciones de un personaje, que vive en el cerebro.
 

La escritura en su diario se desplegaba en el registro de los escasos momentos de felicidad, en la constatación de su carácter puramente obsesivo y en la inseguridad que lo provocaba el hecho de ser escritora. Pero lo cierto es que cualquier motivo era susceptible de entrar en ese dietario. Desde sus encuentros con George Bernard Shaw o Thomas Hardy, hasta su primera lectura del Ulises de James Joyce.

Miércoles, 16 de agosto
Debiera estar leyendo el Ulysses y formulando mis argumentaciones en pro y en contra. Por el momento he leído doscientas páginas, que ni siquiera representan la tercera parte; los dos o tres primeros capítulos, hasta el final de la escena del cementerio, me han divertido, me han estimulado, me han hecho experimentar la sensación de encanto, y me han interesado; luego, he quedado desconcertada, aburrida y desilusionada, por el espectáculo de un asqueroso estudiantillo rascándose el acné.
 

Woolf era una crítica feroz no sólo con los libros de los demás sino muy especialmente con los suyos. Se sabe que escribía estos dietarios en cuadernos blancos que su propio marido, Leonard Woolf, confeccionaba en su editorial Hogarth Press. Cada año nuevo que comenzaba, Virginia inauguraba cuadernillo. Así durante 27 años. Sólo dejó de hacerlo cuando puso si creatividad al servicio de la muerte, se llenó los bolsillos de piedra y se hundió en el río. 

Escribía Antonio Muñoz Molina que Virginia Woolf poseía “un ansia peculiar, una inmediatez física, y además un coraje personal que los escritores varones no necesitaban. No imaginamos a Joyce ni a Proust confesando tan abiertamente las propias debilidades en un diario; reconociendo que los hieren y los humillan las críticas negativas y que no son insensibles a ningún elogio; llevando la cuenta de los ejemplares vendidos de una novela”. Y seguramente Muñoz Molina tenía toda la razón, ya que uno de los grandes temores de la escritora a lo largo de su vida es que no la tomaran todo lo en serio que debiera ni los demás ni ella misma. Su primer lector, por supuesto, siempre era Leonard:

Miércoles, 26 de julio
El domingo L. leyó El cuarto de Jacob. Estima que es mi mejor obra. Pero la primera observación que hizo fue que está pasmosamente bien escrito. Discutimos al respecto. Dice que es una obra genial; considera que no se parece a ninguna novela; afirma que los personajes son fantasmas; dice que es un libro muy extraño; asegura que carezco de filosofía de la vida; mis personajes son títeres que el destino mueve hacia aquí y hacia allá. No está de acuerdo con que el destino actúe de esta manera. Dice que debo usar mi «método» en uno o dos personajes, la próxima vez; y le pareció un libro muy interesante y hermoso, sin una sola laguna (salvo la fiesta, quizás), y muy comprensible. He quedado con la mente tan afectada que no puedo escribir estas líneas con el rigor formal que merecen; estoy ansiosa y excitada. Pero, en términos generales, me siento complacida. Ninguno de los dos sabe lo que pensará el público. En mi fuero interno, no tengo la menor duda de que he descubierto la manera de comenzar a decir algo (a los cuarenta) con mi propia voz; y esto me interesa de tal manera que creo que puedo seguir adelante sin necesidad de elogios.

Tal y como sucede con los diarios de escritores como el Ricardo Piglia o Alejandra Pizarnik, Virginia anotaba minuciosamente cada final de novela, cada construcción de personaje. Mantenía con sus obras unas relación de amor-odio basada en el flechazo de los primeros momentos y la culpa de haber sido más sublime conforme pasa el tiempo y el texto reposa. Teme la idea de la impostura en su obra. Así parece escribirse a ella misma, autora de La Señora Dalloway:

1924, Domingo, 7 de septiembre
Es una vergüenza que no escriba nada, o que, si escribo, escriba con desaliño, utilizando solamente participios presentes. Me parecen muy útiles, en esta última etapa de la Sra. D. Ahora, por fin, he llegado a la fiesta, que comienza en la cocina y asciende lentamente por la escalinata. Debe ser un episodio sumamente complicado, ingenioso, sólido, en el que todo quede unido, y que termine en tres notas, en diferentes puntos de la escalinata, que diga cada una algo para definir a Clarissa (...) ¿Cabe la posibilidad de mantener la calidad de apunte, en una obra acabada y redondeada? Esto es lo que intento. De todas maneras, ya nadie puede ayudarme y nadie puede ponerme trabas. Espero un diluvio de alabanzas en el Times, y que Richmond me diga que da vía libre a mi novela con entusiasmo, lo cual siempre me conmueve, aunque me gustaría que leyera mis novelas, y siempre supongo que no lo hace. (…)

Sábado, 13 de diciembre
Estoy revisando al galope La señora Dalloway, volviéndola a escribir a máquina desde el principio, lo cual es, más o menos, lo que hice con Fin de viaje; me parece un buen método, ya que de esta manera se pasa un pincel húmedo sobre la totalidad, con lo cual se unen partes que fueron compuestas por separado, y se secaron. Verdaderamente, con toda honestidad, creo que es la más satisfactoria de mis novelas (aunque todavía no la he leído en frío). Los críticos dirán que la obra carece de unidad debido a que las escenas de locura no guardan relación con las escenas de la señora Dalloway y me parece que también hay partes de escritura superficial y de relumbrón. Pero ¿es «irreal»? ¿Se trata de una obra meramente «meritoria» ? Creo que no. Y, como me parece haber dicho antes, creo que me he hundido en las más profundas capas de mi mente. Ahora puedo escribir y escribir y escribir; es la sensación más feliz del mundo
.

Pero también detestaba a sus personajes:

Miércoles, 20 de junio
Estoy tan harta de Orlando que no puedo escribir. He corregido las pruebas en una semana; y no puedo escribir una sola frase más. Detesto mi propia fecundidad. ¿ Por qué hay que estar siempre soltando palabras a chorro? También he perdido mi capacidad de leer.
 

En el año 1981, justo cuarenta después de la muerte de Virginia, la editorial Lumen publicó en España Diario de una escritora. Se trataba de la selección precisa por parte del viudo Leonard de los mejores fragmentos de aquellos 27 cuadernos -Piglia, por ejemplo, escribió 327-. Todos ellos hacían referencia a la honestidad que habitaba en el corazón y en la pluma de Woolf. La autora comenzó a escribirlos cuando apenas contaba 32 años y nadie la conocía todavía. En esos primeros años, los que van de 1915 hasta 1923 está toda la rabia de una autora que detesta en ambiente literario posvictoriano, que describe con gracejo a sus amigos del Círculo de Bloomsbury, pero está también la Primera Guerra Mundial y el amor hacia Leonard. Quizás una de las entradas más controvertidas es la que dedicara a otra diarista ilustre, Katherine Mansfield: 

Katherine murió hace una semana (…) Cuando me puse a escribir, me pareció que escribir no tenía ningún sentido. Katherine no lo leerá. Katherine ya no es mi rival.

El diario de Woolf es un diario vivo, visceral y puro. Como ella misma deseaba, quería que fuera un diario “de verdad”:

Me interesaría mucho que este diario llegara a convertirse en un diario de verdad. Pero para eso haría falta que yo hablara del alma, y ¿no me prohibí hablar del alma cuando lo empecé? Lo que sucede es que, como siempre, cuando me dispongo a escribir sobre el alma la vida se interpone.

Quizás lo más interesante de este diario no sea tanto conocer las intimidades de una autora especialmente reservada con su vida sentimental. Lo más notable es el relato de una vocación, de la lucha constante con los demonios que la habitaban, los que le hacían enloquecer pero también los que inauguraron su genio literario. 

1927, Lunes, 21 de marzo
Mi cerebro está en feroz actividad. Quiero entregarme a mis libros como si tuviera conciencia del paso del tiempo; de la vejez y de la muerte.
 


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