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‘White Holes’, belleza arrebatadora en las ecuaciones de Carlo Rovelli

El físico italiano Carlo Roevlli es una de las voces más especiales de la literatura mundial, un autor de divulgación científico-poética cuya materia prima es el propio tejido del universo

4/12/2023 - 

VALÈNCIA. La realidad es mucho más fantástica que la fantasía, más mágica que la propia magia. La magnitud del universo que conocemos pulveriza hasta las más osadas ideas de la ciencia ficción. Lo que en él sucede, lo que comenzamos a vislumbrar, pone a prueba y vence nuestra capacidad de imaginar. Al menos, la capacidad de la mayoría. Hace un siglo Albert Einstein legó al mundo un sistema para entender y predecir el universo y sus fenómenos, la teoría de la relatividad general. El salto fue tan asombroso que cien años después andamos todavía, o mejor dicho, por fin podemos dar por ciertas sus predicciones.  Hasta hace bien poco (años sesenta y setenta) los agujeros negros eran solo posibilidades en la herramienta fabulosa del genio alemán, soluciones posibles a sus ecuaciones tan inconcebibles que muy pocos creían que realmente pudiesen existir. 

En dos mil diecinueve, solo unas décadas después, el consorcio internacional Event Horizon Telescope presentó la primera imagen de uno de estos objetos, el agujero negro supermasivo ubicado en el centro de la galaxia M87. No solo eso: también hemos tardado una centuria en encontrar las ondas gravitacionales predichas por Einstein, pero lo hemos hecho, y ahora ya no podemos dejar de escuchar el eco de monstruosas colisiones de cuerpos y singularidades como son las prodigiosas estrellas de neutrones y los agujeros negros, cuyas fusiones son tan increíblemente energéticas que provocan ondas como las de un estanque en el propio tejido del universo, el espaciotiempo. Desde que LIGO anunció en dos mil dieciséis la detección de la onda GW150914, producto del choque cataclísmico de dos agujeros negros, se nos ha revelado una nueva forma de percibir la verdad del cosmos. Y lo que queda por descubrir. Lo cierto es que en toda nuestra existencia no hemos hecho más que mirar tímidamente desde el umbral de la cueva. No hemos pisado todavía Marte. El núcleo de nuestro sistema solar es una estrella, el Sol. En nuestra galaxia, la Vía Láctea, hay entre cien mil y cuatrocientos mil millones de estrellas. Una imagen, el campo ultraprofundo del Hubble, la foto de una porción ínfima del cielo, reveló diez mil galaxias. Dejémoslo ahí por el momento. 

Como decíamos, nada supera actualmente en interés a la divulgación científica de los avances de la física. Divulgar ciencia no es fácil. Hacerlo bien implica una serie de cualidades clave, siendo la más importante la habilidad para explicar con sencillez conceptos a veces extremadamente complejos. Pero más allá de hacerlo bien hay un mundo maravilloso de posibilidades (hablar de física es hablar en términos de lo que puede ser, que no siempre acaba siendo aunque a veces sí, y ahí está el misterio y lo hermoso), posibilidades con las que algunas personas saben crear arrebatadora belleza literaria. Una de esas personas, la más destacada en el campo de la ciencia hecha pasión poética, es el físico teórico Carlo Rovelli, autor de obras prodigiosas como El orden del tiempo, o Helgoland, y ahora de White Holes. Inside the Horizon [allen Lane, con traducción al inglés de Simon Carnell], que presumiblemente llegará a España como Agujeros Blancos. Dentro del horizonte, porque cuando esto se escribe solo se encuentra disponible en inglés, aunque poco quedará para que Anagrama ponga en circulación la nueva obra maestra fascinante del italiano, quien en esta ocasión enlaza la Divina Comedia con, de nuevo, una posible solución einsteniana: sobre el papel, en las ecuaciones que anticipaban los ahora muy reales agujeros negros, el tiempo no es un actor principal, lo que significa, a grandes rasgos, que podríamos concebir el proceso al revés, de tal forma que tendríamos un objeto opuesto al agujero negro: si de este nada puede escapar, en su reflejo nada podría entrar. Esto, por supuesto, no es tan evidente ni tan simple, pero Rovelli es capaz de llevarnos de la primera página a la última en un ay, reservándose todavía sorpresas, casi giros de guion, para el inevitable final, porque como él mismo explica, todo acaba llegando a su fin con el tiempo necesario. Incluso los agujeros negros, o los blancos. 

¿Creen sus colegas en la existencia real de estos fenómenos? No, pero Rovelli no es un cualquiera. Su trabajo, centrado en la gravedad cuántica de bucles, tiene esa sustancia, ese brillo de algo que resulta —con toda la humildad que afirmar esto demanda para no hacer el ridículo— plausible, o al menos, sin fundamento alguno más que la confianza ingenua en la intuición, aspecto de salto futuro. Si Rovelli y su equipo aciertan, estaremos ante una nueva física que quizás nos lleve a dar un paso más en el entendimiento de qué es esto que habitamos (nótese que obviamos preguntas que nada pintan aquí, aquellas del por qué, o del quién). No obstante, el trabajo de toda una vida del italiano podría verse finalmente descartado, y aun así se habría hecho ciencia: ya sabríamos lo que no es. Así es la vida científica, que no tiene (o no debería tener) que ver con zascas ni con jaurías (con perdón de los cánidos), sino con una búsqueda genuina de la verdad. La Divina Comedia, nosotros entrando en un agujero negro y quizás saliendo a través de un agujero blanco pero en otro espacio, en otro tiempo, reducidos, eso sí, a información elemental. ¿Fue el Big Bang un inimaginable agujero blanco que todavía se encuentra en expansión? Sugerente, aunque poco probable. Porque a lo que apunta Rovelli es a que los agujeros blancos, a diferencia de los —se acaban los adjetivos superlativos— agujeros negros, no son simas profundísimas, tan profundas que haciendo real la magia, pueden ser más grandes por dentro que por fuera, sino que consistirían en delicados insectos cósmicos, minúsculos aunque abundantes, tanto que podrían tener la respuesta para otra gran pregunta de la ciencia de nuestro tiempo, esa que tiene que ver con la oscuridad incomprensible que lo mantiene todo unido, y por otro lado, nos aleja sin remedio. 

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