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LOS RECUERDOS NO PUEDEN ESPERAR

Aprendiendo sobre pintura valenciana

28/08/2016 - 

VALENCIA.  Hace ya unos cuantos años, fui consciente de que como periodista free lance era importante empezar a diversificar, ya que el mundo del periodismo, tal como lo había conocido, se desmoronaba lentamente. Decidí hablar con gente de varias productoras audiovisuales en Valencia y en una de ellas, Candil Films, surgió la posibilidad de poner en marcha un proyecto que para mí era tan nuevo como atractivo; una serie de documentales sobre pintores valencianos –el recientemente desaparecido Joaquín Michavila entre ellos- que acabó llamándose Llums en el cavallet.

En el mundo interior de Patti Smith, Rimbaud, Jackson Pollock y Modigliani, son tan importantes como Bob Dylan o Jim Morrison. Ese fervor que traspasaba lo meramente musical me empujó a tener curiosidad por expresiones artísticas que quizá, sin la intervención de mis mitos musicales, no me habrían atraído de la misma manera. A fin de cuentas, cada posibilidad de visitar otros mundos para poder comprender este que habitamos es bienvenida. Libros, películas, música, cuadros, series de televisión, conciertos, obras de teatro. Cualquier asidero es poco.


Pintura en movimiento

La idea de realizar una serie de documentales sobre artistas plásticos valencianos contemporáneos, fue de Borja Trénor, amante del arte y pintor de los que se prodigan poco, aunque no por ello menos pintor. Como responsable de Candil Films, fue quien propuso presentar el proyecto a Canal 9. A pesar de Patti Smith y Andy Warhol, yo de pintura –y de otras muchas cosas-entiendo lo justo, pero intento compensar dicha carencia contando historias lo mejor que sé. Así pues, con Borja y su sobrino Álvaro Trénor, con el que dirige la empresa, desarrollamos una propuesta que, tras pasar por los concursos necesarios, llegó a buen puerto y yo me convertí en el guionista de la serie.

Ser parte del equipo Llums en el cavallet supuso profundizar en todo un mundo nuevo de la mano de un experto que, más que un jefe, resultó ser un amigo entrañable. Tanto los preparativos como el rodaje (hubo dos temporadas de 13 capítulos cada una, emitidas en 2008 y 2010 respectivamente) sirvieron para enriquecer mi mirada, porque si algo ofrece la pintura son maneras de mirar y de hacer visible lo invisible. El mundo de la televisión ya lo conocía (tres años en Canal 9, 10 colaborando como redactor en Los conciertos de Radio 3 para TVE) y el del cine empezaba a conocerlo (paralelamente al despegue de esta aventura, recibí una oferta para llevar al cine mi libro de Alaska y otras historias de la movida). Pero Llums en el cavallet fue una experiencia distinta por lo que tuvo de exploración de un mundo desconocido que también me ayudó a conocer mejor la ciudad y la comunidad autónoma en la que nací. Algunos de esos momentos, en las entrevistas previas con los artistas, en los tiempos de rodaje e incluso de montaje –cuando con la ayuda de los códigos de tiempo atrapas la frase perfecta- tuvieron algo de epifanía.


Palabras que podrían ser cuadros

Uno de esos momentos podría ser, por ejemplo, cuando Carmen Grau afirmó que ella no se enfrentaba a la vida, se enfrentaba al mundo porque éste no le gustaba. Y a continuación, citando a Clarice Lispector, aseguró también que no había que tener miedo a encontrarse a uno mismo. Otro de ellos podría ser cuando Cuqui Guillen relató en su estudio de Monteolivete ese momento en que, de niña, observando un cuadro del Equipo Crónica en la sala de espera de su pediatra, empezó a ser pintora. Pero también fue estupendo escuchar a Jordi Teixidor (que vivía exactamente frente a la buhardilla de la calle de la Paz que entre 1984 y 1988 fue mi primer hogar de joven emancipado) cuando nos habló de un viaje a Cuenca en una Semana Santa de 1966, en compañía de José María Yturralde, para conocer el Museo Abstracto. O simplemente contemplar ese momento perfecto que protagonizó Yturralde en los alrededores de su estudio, en la huerta de Alboraya, mientras trabajaba en uno de sus cuadros.

Russafa, Alboraya, L’Albufera…

Cada uno de aquellos artistas abría una nueva puerta. Recuerdo al entrañable Joaquín Michavila en su casa de Alcora, explicándonos esa Albufera que bajo su mirada quedaba transformada en extraña y poética geometría. A Vicente Colom contemplando la Ermita de Vera, hablando de la magia necesaria para que el acto de pintar pueda llevarse a cabo con plenitud. “El pintor tiene la obligación de ver pintura donde no la hay”, dijo Joan Cardells, en su estudio en la calle Sagunto. Allí explicó cómo la obra de Pinazo, Roberto Alcázar y Pedrín y Objetivo Birmania fueron las grandes referencias visuales de su niñez. Pero nadie que pinte escapa a las pinceladas del azar, por eso Cardells no contó algo que supo muchos años más tarde, que Pinazo tuvo su estudio en la misma calle en la que pinta él.

Entonces volvimos a Russafa, esta vez para espiar a Javier Chapa trazando esas líneas que unen pensamiento y emoción; y en Russafa invadimos los estudios de Sebastián Nicolau y Horacio Silva, escuchándoles meditar en voz alta sobre su trabajo, contemplándoles mientras lo hacían. Igual que contemplamos a Francisco Sebastián, que a sus casi 90 años nos dio a todos una lección de energía y humildad inolvidables. Verlo sentado pintando para la cámara los paisajes de El Saler que tantas veces había plasmado durante su vida, sencillamente, revelador. Estuvimos también en Chiva, en la vieja casa estudio de José Morea, y en Torrente, maravillados ante la sensual destreza del escultor Vicente Ortí, y en muchos otros estudios, y también con expertos -Román de la Calle, Tomás Llorens, Felipe Garín…- que hablaron del trabajo de los artistas, de estos y de otros igualmente apasionantes que tuvieron su espacio en la serie.

Ya lo dijo Sartre…

Borja, que también es hombre de cine, se refería siempre a cada uno de aquellos capítulos como películas porque, al fin y al cabo, eso es lo que son. Y la suma de elementos humanos que componía el equipo técnico que llevaba a cabo aquellas películas, acabó siendo, como suele suceder en estos casos, una familia a tiempo parcial. Viajábamos juntos, comíamos juntos, nos reíamos juntos y discutíamos juntos. Para alguien como yo, acostumbrado a trabajar en soledad, eso es una experiencia que oscila entre el shock y la terapia. Sartre decía que el infierno son los otros y no le faltaba razón, pero pasar una temporada en él, siempre y cuando perviva la certeza de que uno regresará a su exilio, resulta necesaria.

Recuerdos como óleos o acuarelas

Algunas mañanas de invierno, cuando voy o vuelvo del gimnasio y cruzo los campos de arroz que separan El Saler de Alfafar, y que son un paisaje que se transforma con el paso de las horas y de los días, me acuerdo de algunas de aquellas jornadas. Me las recuerdan el verde de los arrozales cuando es verano o el brillo del lluent cuando llega la primavera, y también los cañaverales tocados por la melancólica luz matinal del invierno. Me acuerdo de Juan Martín, nuestro realizador, comentando con Borja dónde colocar la cámara y hacer de ella, una vez más, un ojo con vida propia. Y por supuesto, me acuerdo de Borja, mi querido amigo Borja, al que de vez en cuando le digo estas mismas cosas que cuento aquí. Por supuesto, él les resta importancia supongo que para evitar ponerse nostálgico, que eso es algo que a los hombres nos produce una sensación algo vertiginosa. No obstante, sé que el reciente fallecimiento de Michavila le ha entristecido (de él nos decía que, además de excelente artista, era un amigo bueno y generoso), así que quizá, aunque solo sea esta vez, los recuerdos no deban esperar.

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