EL REICH DEL BROSQUIL

Cazalla, frikadellen, el PAI del Manhattan y muchísimo vinagre

Las bratwursts, las pretensiones literarias y el urbanismo salvaje causan acidez

19/06/2020 - 

«Si vamos el domingo a Cullera, ¿por qué no podemos comer paella?». Por la anécdota, querida, por la anécdota. Por el relato arrastré a tres personas —de estómago y espíritu tolerante— hasta Pit Taberna Alemana, en El Brosquil, una pedanía a medio camino entre Cullera, Tavernes de la Valldigna y el flagrante abandono. Tiene buenas puntuaciones en Google. En TripAdvisor ni aparece.

El texto


Pit Taberna Alemana es un naming con dos terceras partes de sinceridad: Pit es su cocinero y dueño, es alemán y alemana es la comida que se sirve allí —salvo un entrante llamado ‘vitaminas’, que consiste en un gazpacho avinagrado de marca blanca— pero de taberna teutona solo tiene un rótulo de Paulaner y el bigote hirsuto de Heinz-Peter Pit Rosenstock, inspirado en Paul von Hindenburg.
 
A la taberna se llega o bien por un camino rápido y asfaltado que desconozco o atravesando campos de arroz, caminos flanqueados por cañas y sendas con acequias que acaban en el Estany. Camí de les Vaques, Entrada del Malanguenyo, Camí del Lleó. Adelfas y eneas peinando los laterales del coche. Un huerto poblado de cosas blancas que parecen garzas, pero son bolsas de escombros. En un muro medio derruido hay una señal con tipografía de Astérix y Obélix que indica el último giro antes de que la voz del navegador grite «¡Ha llegado a su destino!».

Una balaustrada desconchada con caballitos de mar rodea el perímetro del establecimiento, que también es un adosado separado del mar por una escollera en la que unos hombres estáticos pescan. En la entrada hay una foto de un individuo disfrazado de Elvis y un cartel de “cuidado con el perro”. Pero no hay perro, hay muchos gatos que se suben a las sillas de la terraza y miran con deseo el regazo de los clientes que se están haciendo unas cazallas antes de comer. Un cazalla para Pit, que no distingue el género de las palabras como nosotros no distinguimos de qué está hecha la hamburguesa que nos sirve de aperitivo. Inevitable el chiste malo con la colonia felina.

Pit tiene bordado el logo del restaurante en la camisa y un montón de manchas, de todos los colores y texturas, que están cosidas con puntadas muy prietas. Donde las manchas acaban y comienza la piel rojiza de su pecho hay una cadena de oro con una cruz. Un poco más arriba, una sonrisa desmesurada y bromas en un acento alemán tan marcado que cuesta creer que lleva 23 años en España. Alrededor de las mesas hay óxido, gnomos de  piedra y botellas de butano.

Somos los únicos clientes que se quedan a comer. Los de las cazallas se van a por su paella a leña, despidiéndose del abrevadero con familiaridad. Interpretamos que no hay carta pero hay carne. Cuando vuelvo del baño hay un Arca de Noé a la parrilla

Busqué el sentido de todo aquello en el plato de kartoffelsalat que me sirvió Angie, la camarera y compañera de vida de Pit. Encontré vinagre, pedazos de salchicha, poco protocolo de seguridad alimentaria y ya. Pit y Angie son habladores, pero dicen más con los silencios que con los datos que aportan. Ella es de Colonia y el de Munich o al revés. Él tiene sesenta y pico y ella setenta y muchos y la espalda totalmente encorvada. Compensa la pérdida de altura con un moño dorado y los ojos muy maquillados. Fue peluquera y él carnicero. Aún guarda relación con una carnicería de Albal a la que le vende lo que producciona: salchichas, embutidos y preparados de nombre impronunciable.

Segunda fuente de carne. Esta vez con codillo y costillas como piezas reconocibles. El interés gastronómico era escaso —esto no quiere decir que estuviera mala la comida— y el interés humano, también.

—¿Por qué vinisteis a España?
—El tiempo.
—¿Queréis volver?
—No.
—¿Soy felices?
¿Quierrre otra serrrvesa?

Escribo esto cegada por pretensión de buscar recovecos en las historias personales, pero lo mismo es que no hay historia. O los protagonistas de la historia no quieren contarla, en su derecho a la intimidad están. Previo acuerdo y con la cuenta de la comida pagada, les pareció súper bien que Kike Taberner fuera a hacer fotos. No debimos entendernos porque lo sacaron del restaurante como el mariscal Moltke el Viejo terminó con los franceses.

Mi reseña favorita de la taberna dice así:

“Tip y Angie estan muy mayores
Pero el espíritu sigue  muy joven
Sin prisa, ambiente vintage
Musica de los 70
Dejalos a su aire.
Si eres de mente abierta. No decepcionan .todo lo contrario”.

Cierto es. Una pareja mayor de alemanes en búsqueda del sol es la base económica de nuestra costa. Lo podemos intentar romantizar, darle narrativa, giros argumentales, infidelidades y crímenes, pero estos dos solo quieren que les dejen en paz, pagar pocos impuestos y que los de las cazallas antes de comer no monten un putsch.

El contexto

El aspecto descuidado del establecimiento se integra con el entorno: casas bajas, dispares y en ruinas con una playa llena de escombros que se llama El silencio/El Dorado/El Brosquil, depende del anuncio en Idealista que leas. A Kike Taberner le recordó a las fotografías de Txema Salvans, a mí a los exteriores de Dogman, la película de Matteo Garrone rodada en Villaggio Coppola.

«Cullera es un lugar idílico que se han cargado y no tiene remedio. Es lamentable. Lo único que podrían hacer son cursos de cómo no se hace turismo». El urbanista y economista Josep Sorribes me cuenta sus experiencias en la zona, que recogió en el libro Valencia 1940-2014: Construcción y destrucción de la ciudad Valencia. En 2005 llovió una avalancha de planes urbanísticos en la zona promovidos, entre otros, por Rafael Blasco y el grupo inmobiliario Llanera. Uno de los más ambiciosos era el PAI de ‘Manhattan’, un megaproyecto que quería hacer que Cullera cumpliera aún más el dicho de «El lema de Cullera es hasia arriba».  

En un informe de Ecologistas en Acción llamado Esto es una barbaridad se otorgan banderas negras a distintos puntos del litoral de esta zona. Las banderas indican los sectores donde el impacto medioambiental se repite año tras año y la dificultad de actuar crece exponencialmente. En el documento aparecen los PAIs de El Brosquil y el Marinyet, además del ‘Manhattan’. «El ‘Manhattan’ se hizo a través de un agente urbanizador que se quedó sin dinero, pero estaba aprobado por la Generalitat. Me da miedo que a alguna mente ilustre se le ocurra ir para delante. Me da más miedo que una tormenta, se puede reactivar en cualquier momento».


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El miércoles pasado volví a la taberna. No había nada de bruma y los colores eran duros y las sombras aún más. Una luz tan real que se pasaba y parecía un film ambientado en el interior de California hace 20 años. Pit y Angie veían un concurso de la televisión alemana. Ningún cliente, solo una barrendera que en una furgoneta vieja hacía como que limpiaba, pero las latas de cerveza aplastadas, la mitad de un inodoro y la macedonia de plásticos de colores que vi el domingo seguían allí.

Además de un par de fotos, lo único que saqué de esa visita es que Angie quiere su rubio bien rubio, Pit que Alemania gane un Mundial y yo que las playas no sean un almacén de mierda.