GASTRONOMÍAS DE BARRIO

Algirós en siete paradas gastronómicas

El barrio de l’Amistat, en el distrito de Algirós, no es un punto neurálgico gastronómicamente hablando en Valencia. Precisamente por eso, los restaurantes aquí no sufren los dictado de las modas. El que hace las cosas bien (y hay más de uno) triunfa y se mantiene en el tiempo, cosa nada sencilla en esto de la restauración.

| 13/01/2017 | 7 min, 27 seg

La antigua estación de Aragón, que unía valencia con los pueblos de L’Horta Nord hasta Calatayud (Zaragoza), funcionó desde principios del siglo XX hasta 1968 cuando fue cerrada definitivamente. Seis años después sería demolida y sobre su solar se edificaría la actual avenida. Al parecer, la buena relación que mantenían los trabajadores ferroviarios que vivían por allí fue el origen del nombre del barrio, Amistad. Una bonita historia para esta zona de raíces humildes que hoy sigue manteniendo su carácter obrero y donde, por su cercanía con las universidades, hace de cuartel general de muchos estudiantes. En Amistat todavía perviven esas raíces modestas, pero el desarrollo posterior del barrio también se ha traducido en buenos restaurantes con mucha personalidad. 

Empezamos la ruta por uno de los más longevos, Les Maduixes. Treinta años lleva este restaurante cocinando platos vegetarianos. Una propuesta que, ahora con el boom de la cocina saludable, y las corrientes veganas y vegetarianas no nos llama la atención, pero a finales de los 80, para eliminar la carne y el pescado de una carta había que ser valiente, o al menos muy atrevido. También para no permitir que se fumase en el local. Cuenta Nuria Puchades, cocinera y actual propietaria, que había clientes que se levantaban enfadados y se iban del restaurante cuando se les decía que estaba prohibido fumar. También había muchos otros que iban precisamente por eso. Nuria es la segunda generación. Su madre, Marina, fue la verdadera pionera, la que se encargó de poner los cimientos de este restaurante que hoy sigue defendiendo igual de bien que entonces un tipo de cocina, que más allá de una filosofía de vida, cuenta con platos que encandilan a cualquier tipo de paladar, hasta a los acérrimos carnívoros.   

A cuatro minutos de allí se encuentra la Trattoria Napoletana da Carlo, uno de los restaurantes que siempre aparecen en el podio de los mejores italianos de Valencia. Y con razón.  Carlo y su mujer, Adela, elaboran cocina casera napolitana con platos que se salen de lo que uno está acostumbrado a comer en un italiano. Todo lo hacen ellos con la mejor materia prima que encuentran, desde la pasta fresca (exquisita) pasando por las salsas (las de tomate se elaboran con tomates cultivados en las laderas del Vesubio). Hay mucha presencia de recetas con carne, pescado y marisco, siempre cocinados a la manera napolitana. Solo los lunes (de octubre a junio) hacen pizza con una masa que prepara Carlo y deja fermentar 72 horas antes de que pase por el horno. Margherita, marinara, calzone y con trufa blanca del Piamonte son las cuatro clases de pizza de esta Trattoria. No hace falta más. Carlo es amable, cercano y sonriente. Comer en su casa siempre anima.

Girando la esquina, se ubica La Salita, el buque insignia de Begoña Rodrigo, una cocinera que no necesita presentación. Desde 2005, la ganadora de la primera edición de Top Chef, ha trabajado duro para sacar adelante un restaurante que ha ido evolucionando y forjándose una identidad hasta llegar hasta hoy. Begoña se encuentra en uno de sus mejores momentos. La cocina de La Salita es apasionada e intensa (como ella). Agita, estimula y emociona por igual. Su propuesta se basa en un menú con dos versiones, corta y larga (elijan siempre la larga si es posible) de platos que unen vanguardia, creatividad y conocimiento. Entre sus clásicos, la tiara de salazones y encurtidos (precioso), conviven con otros como el arroz de plancton marino y all y oli de cítricos o el tartar de pastrami con helado de mostaza de esta misma semana. 

A unos metros de La Salita, en la plaza Olof Palme, está Thalassa, un restaurante griego del que nuestro compañero Eugenio dio buena cuenta en la sección 12,90. Este pequeño local sirve deliciosos platos de origen heleno. Para empezar, hay que probar los pikilía, los cuatro patés de la carta a base de tzatziki  (yogur griego con pepino, ajo y especias), tyrokafterí (queso feta, yogur griego y pimentón picante), melitzanosalata (paté de berenjena) y hummus (paté de garbanzo y sésamo). No hay que perderse las keftedes,  albóndigas de carne, ni por supuesto la moussaka, una de las mejores que he probado. El plato más internacional de Grecia mantiene en Thalassa un equilibrio entre sus ingredientes difícil de encontrar en otros sitios donde el tomate, el queso o la carne acaparan todo el protagonismo. De vez en cuando, organizan talleres de danza griega y los sábados hacen intercambio de idiomas para aprender griego o inglés. Para participar solo hay que ir a comer. Los valientes pueden acabar con un chupito de ouzo, un licor anisado muy popular en el país, antesala ideal para una buena siesta.

Otra opción para comer bien es el Bar Marvi. Un bareto de los de siempre con máquina tragaperras incluidas pero con dos elementos que lo distinguen de cualquier otro bar. En primer lugar sus tapas de calidad, muchas de ellas de origen gallego, en las que sobresale el pulpo. Además de a la manera tradicional, prueben los pulpitos rebozados sobre puré de cachelos. Sus bocadillos también tienen fama. Marvi es uno de los templos del almuerzo. Lo segundo que destaca de allí es Tino, su dueño, un derroche de alegría, sonrisas y trato cercano. No se vayan sin probar sus gin tonics. La cuenta no suele exceder los 15 euros.

La bodega Fila, también conocida como El Labrador o la bodeguita de Manuel Candela es uno de esos clásicos que siguen dando alegrías al personal desde hace años. Desde 1973 exactamente, cuando Filadelfio la abrió. Ahora el negocio lo lleva su hijo Macedonio. No busquen sofisticación en Fila. Jamón, queso, chorizo,  morcón, boquerones, atún, vino y cerveza bien tirada para tomar normalmente de pie, si se va en hora punta, o si se tiene mucha suerte en una de las mesas bajas del local. Fila, al caer la tarde se llena de gente, ruido y jolgorio. Mucho estudiante, mucho Erasmus y jóvenes que empiezan la noche aquí antes de pasar a cualquiera de los garitos del Cedro. Absténgase clientes que busquen tranquilidad. Aquí comer y beber no es la razón principal si no en la excusa. La gente se mira a los ojos, grita y no sube fotos de los platos a Instagram.

La última incorporación del barrio se llama Las Grecas. Sería el bar favorito de Alaska y Mario si viviesen por estas lides. Fachada naranja intenso, sillas fucsias, manteles de lunares y alguna con tapete de la abuela, paredes verde intenso salpicadas con los collages que hace Pedro, uno de los dueños, un sevillano que también se encarga de los postres. La otra parte de Las Grecas es Rafa, cocinero y también propietario, que dese los fogones se encarga de poblar la barra del bar de tapas que tratan de escapar a lo estrictamente tradicional. Rafa no ha estudiado cocina en ninguna escuela ni ha hecho stages en restaurantes de renombre. Lo suyo con la cocina es “innato”, me cuenta. La filosofía de Rafa es clara. “Yo voy probando. Si lo encuentro bueno, los demás también lo van a encontrar bueno”. Champiñones rellenos, sepionet a la plancha (delicioso), unas albóndigas espectaculares, pollo rebozado con nachos, o unas bravas que hace con caldo de pollo que tengo pendientes. A Rafa y a Pedro les gusta investigar y probar cosas buenas. El mejor momento para disfrutar en todo su esplendor de Las Grecas es durante el fin de semana, cuando la barra se llena de comida y el local se abarrota de clientes con muchas ganas de amarse locamente.

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