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12 de abril en el LAB de series

¿Es la esperanza un posicionamiento político? De libros, futuro y tecnología con Belén Gopegui

8/04/2019 - 

Ni dicotomías facilonas, ni respuestas simples ni obviedades que nos permitan arroparnos en el confort del autoengaño complaciente. Quien busque alguno de estos ingredientes en las novelas de Belén Gopegui (Madrid, 1963) acabará muriendo por inanición. La complejidad -de las relaciones humanas, de las fuerzas de poder, de los constructos sociales, de la vida, en definitiva- vertebra su trayectoria como narradora. No en vano, la autora que debutó con La escala de los mapas (1993), habita en las aristas de la imaginación, en el cuestionamiento constante y la certeza de que siempre hay otras posibilidades por explorar. De que siempre es posible intentarlo por penúltima vez. Su universo es el da la construcción minuciosa de otras formas de mirar y de ser, el de la convicción de que siempre hay nuevos puentes que atravesar. La esperanza encuentra aquí su hueco, sí, pero no como anhelo naïf, sino constituida en una forma de combate y resistencia. Creadora de textos tan venerados como Deseo de ser punk (2009) o Acceso no autorizado (2011), Gopegui pasará el próximo viernes por València en el marco del LAB de Series, donde participará en una mesa redonda sobre Black Mirror, la serie de Charlie Brooker que presenta una nueva distopía tecnológica en cada capítulo que lanza. 

En este deseo por interrogarse desde la escritura acerca del escenario en el que se desarrolla nuestra existencia, apuesta por necesidad de contribuir a “un presente crítico con la literatura y con el resto de narraciones que pretenden hacer del presente, y por lo tanto del futuro, una historia morbosa y previsible”. Pero tampoco busca que sus libros ejerzan de moralina ortodoxa, de fábula aleccionadora ni panfleto. Sus historias aspiran a ser viajes, ya sea a otras capas de la realidad o a nuestro mismísimo interior: “en la literatura se busca algo distinto, aun cuando hable de este mundo tiene que interpretarlo y sobre todo mostrarlo con otra luz, como dicen que veían los astronautas el amanecer”. 

No se trata de olvidar nuestra realidad, “pero nadie lee para entrar en el lugar del que acaba de salir, quiere ir a otra parte, sentir en otra parte, mirar las cosas desde allí y quizá, a su regreso, encontrar algo nuevo, o algo que estaba y que no supo ver”. No es casualidad, pues, que Gopegui asegure respetar cada vez más “lo que se ha llamado literatura escapista o de evasión. La literatura que menos me interesa, en cambio, es la hoy hegemónica y, vale decir, ‘quedista’, la que mata el impulso de irse de aquí y el impulso, tantas veces complementario, de cambiar lo que hay”.

De lecturas, refugios y combates

Ante el ascenso de movimientos de ultraderecha y con el autoritarismo llamando a las puertas de distintos puntos del globo terráqueo, ¿qué papel puede o debe jugar la literatura? La lectura actúa aquí como madriguera en la que guarecernos de las tempestades, pero también como despensa en la que pertrecharnos de ideas y argumentos. Para Gopegui, ir deslizando las pupilas por párrafos y frases engarzadas podría describirse así: “me refugio y hago acopio de linternas y de coraje para cuando salga fuera; leo y me cargo de ideas y de imágenes que me dan fuerza mientras rebato este presente. Esas ideas y esas imágenes son también un lugar donde cobijarse. En cuanto a la derecha, no sólo la llamada ultra sino toda aquella que considera que hay que personas que valen menos que otras, se trata de rebatirla con toda la potencia a nuestro alcance, incluida la literatura, aunque no solo, claro”.

Vestida con los ropajes de la visión literaria, Gopegui logra también anticipar controversias que acaban protagonizando nuestras discusiones públicas. Así, las páginas de su novela El comité de la noche (2014), surcaban una trama de compraventa de sangre humana y, un puñado de años después, asomarse a la actualidad supone asistir al debate sobre los vientres de alquiler. ¿La mercantilización de nuestros órganos se impondrá en ese presente al que llamamos futuro? “Hay una larga tradición de narraciones que se han preguntado si había algo que no pudiera comprarse. La respuesta siempre es que no. Puede haber algo que un individuo no quiera vender. Pero para eso tiene que contar con el apoyo de quienes le rodean, o estar dispuesto a perder la vida, que no siempre quiere decir morir, pero sí es siempre lo contrario de ganársela en este sistema. Por tanto, quien está solo (con más frecuencia sola), sin una comunidad fuerte donde encontrar apoyo y recursos, puede ser obligado a venderse hasta límites que, sin embargo, no avergüenzan a quienes negocian con esa vulnerabilidad y soledad”, apunta Gopegui.

En cualquier caso, para la autora estas acometidas sobre la corporalidad como campo de comercio no son sino el resultado de una senda histórica: “el problema no se refiere solo al cuerpo humano sino a una civilización que ha escogido, yo diría a la que han impuesto, el precio, el valor de cambio como máximo valor, muy por encima del respeto a la vida, a las personas, a la virtud, a la fraternidad… a todas esas grandes palabras que llenan nuestros textos, pero no los mecanismos concretos que organizan esta sociedad”.

La confección de redes de acción grupal y los vínculos que se van tejiendo entre individuos son dos conceptos que suelen jugar un papel relevante en sus obras. Se trata, pues, de tricotar una colectividad que nos conduzca a una existencia más plena. “La importancia de lo comunitario hoy tiene dos motivos principales: uno es que no podemos vivir en aislamiento, necesitamos el tacto, las risas, los abrazos para sobrevivir a esta vida que casi siempre nos la acaba jugando. Y el otro es que, para equilibrar el poder, las infraestructuras y la violencia acumuladas por quienes oprimen, nuestro principal recurso es el número, somos más aun cuando la desesperación pueda volver a personas débiles las unas contra las otras, y contra ese proceso también hay que trabajar”.

De los oceános 2.0 y el omnipotente Google

Las nuevas tecnologías, encarnadas en Google, actúan como un personaje más en su última novela, Quédate este día y esta noche conmigo (2017). Una obra que recorre los mecanismos con los que estos semidioses contemporáneos impregnan nuestra cotidianeidad y van acumulando y comerciando con nuestros datos más íntimos. “La mayoría de las personas somos conscientes de esta situación, la cuestión es cuál es nuestro poder, pues carecemos de estructuras jurídicas y técnicas con las que contrarrestar ese poder de una forma sencilla y justa”. 

En cualquier caso, y como siempre, Gopegui sigue creyendo que no está todo perdido y señala sin disimulo las grietas que pueden ir resquebrajando el sistema: “es probable que estas corporaciones se desmoronen por su propia incompetencia, muy superior a la imagen que se nos vende de empresas siempre a la última y siempre un paso más allá que el resto del mundo. La caída de la publicidad, la crisis energética, la competencia caótica, hay multitud de factores que no saben controlar. Porque la planificación inteligente tiene un componente común, una necesidad de poner de acuerdo a toda la sociedad, sin el cual resulta imposible”. Pero no se trata de tumbarse a esperar que ese imperio contemporáneo se derrumbe en un momento dado, pues, tal vez cuando lo haga nos encontremos en un punto de no retorno respecto en lo que a privacidad y libertades se refiere. “Quizá cuando se desmoronen ya sea tarde, ya hayamos perdido la oportunidad de emplear el talento que acaparan para objetivos importantes. Por eso es importante que devuelvan el poder que han adquirido de forma abusiva y que, entretanto, ensayemos usos del desconcierto y vías de escape a su control”, afirma. 

Con el brutal desembarco de todas esas grandes compañías en las costas de Internet, podría parecer que apenas sobreviven restos de ese primitivo ciberespacio en el que era posible construir cabañas de libertad y desarrollar el arte de enfocar la existencia desde otros ángulos. Pero más allá de la omnipotencia de Google, todavía es posible toparse con algunos de esos reductos del pensamiento más crítico. “Quedan páginas y lugares y arquitecturas cada vez más enterradas, pero que es posible encontrar. Por poner algunos ejemplos que remiten a otros muchos, lugares que casi nunca nos sugerirá el algoritmo: un blog como Throw em to the lions, un tumblr como chericann, redes como Mastodon, medios alternativos, materiales que las personas ofrecen sin candado, hackers (muchas de ellas mujeres, aunque se las conozca menos) que abren los que no debería estar prohibido...”, apunta Gopegui. 

“El problema, - prosigue- es que la otra parte ha crecido tanto que no deja ver el resto. Incluso en las plataformas o circunferencias sociales -no son redes porque los nodos no están distribuidos, hay una autoridad central- hay tanto que vale la pena, tanto de lo que se puede aprender”. Aun así, toca apresurarse, pues los colonizadores 2.0 avanzan sobre sus caballos virtuales a toda velocidad, sin descanso, sin piedad: “tenemos, creo, poco tiempo para evitar que la basura, el control, de la publicidad y la búsqueda de rentabilidad no sepulten ese aliento de libertad”.

De ciencia y distopías

La investigación científica es un común denominador en muchas de sus novelas. Por ejemplo, la producción de spirulina constituye uno de los ejes argumentales de El padre de Blancanieves (2007). Pero no se trata en ningún caso de una idealización cientifista de la vida entre probetas, de hecho, Gopegui reivindica tajante que la ciencia no es neutral y que los algoritmos sobre los que tanto peroramos, a fin de cuentas, dependen de las personas que los programan. Sin embargo, en muchos ámbitos está más que extendida la visión de que los estamentos científicos son un ecosistema aséptico, ajeno a las derivas políticas o a las ideologías dominantes que van y vienen. 

“Como ha señalado el inmunólogo Agustín Lage, la ciencia no la hacen los individuos solitarios. Un laboratorio no es nunca solamente un nido flotante y aislado del mundo. En él se puede construir un espacio en donde aislar determinadas variables, pero ese espacio siempre estará dentro de una estructura más amplia, la que paga a la persona científica, a sus ayudantes, a quienes limpian el laboratorio y a las empresas que le brindan electricidad; la que decide, además, qué es interesante estudiar y qué no, o cuánto tiempo y recursos se van a dedicar a cada pregunta. Parece como si estas estructuras se contagiaran de la probable objetividad científica, pero es sólo una ilusión, una analogía errónea. Son estructuras humanas con valores, intereses y propósitos. 

Hablando de ciencia e investigación, la serie que centrará su charla del Lab Series, Black Mirror, se entronca en esa extensa tradición de ficciones distópicas que nos atraen y horrorizan en proporciones muy similares. Pero, en realidad, estas historias ambientadas en años venideros no nos están hablando de los temores de mañana, sino que se dirigen sin piedad a esos miedos que nos perturban con cada hoy que acometemos. “Las distopías son una vía de escape invertido, un rodeo o un bucle con el que calmar la angustia no del futuro sino del presente”, sostiene Gopegui. Si nos centramos en la ficción de Charlie Brooker cuenta con una legión de fieles, pero también con algunos detractores que le acusan de inclinarse por la tecnofobia. En el caso de la escritora, destaca de esta producción “su capacidad para entrenar la imaginación tecnológica, pero no me suele interesar el enfoque de cada episodio, creo que toda la imaginación que se destina a la tecnología está ausente en el resto de los elementos narrativos”. 

A lo largo de sus distintas temporadas, Black Mirror muestra un provenir desolador. Mientras, el presente que habitamos parece estar plagado de amenazas. A pesar de ello, ¿hay razones todavía para mirar al futuro con esperanza? Es más, ¿podemos hablar de la esperanza como un posicionamiento político? “La dificultad está, me parece, en combinar dos afirmaciones contradictorias. La del filósofo Gunther Anders: «llámese cobardía a esta esperanza», es decir, si la sociedad sigue pensando que todo tendrá arreglo, pierde un tiempo precioso, porque no todo tiene arreglo. Y al mismo tiempo las palabras del crítico cultural Raymond Williams: «ser verdaderamente radical es hacer la esperanza posible en vez de hacer convincente la desesperación».” A fin de cuentas, cambiar el mundo pasa por cambiar la forma en que nos contamos a nosotros mismos, pero también por atreverse a narrar esos otros universos por los que desearíamos transitar.

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Édouard Louis. Un escritor de veintisiete años que escribe de su infancia, de su padre y de lo de siempre: el runrún que nos asalta en cualquier conversación, la desafección de lo real, la banalidad política y la catarsis que esperamos. Tiene un nombre concreto: el malestar de nuestra sociedad. 

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