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La esperanza de alguien más el sueño de otro

Ida Vitale completaba junto a Juan Carlos Onetti e Idea Vilariño ese panteón de los hombres y las mujeres (sobre todo mujeres) que ubicaban a Uruguay en el lugar de la emoción

19/11/2018 - 

VALÈNCIA. En los tiempos en que Argentina comenzaba, de nuevo, a sufrir la escalada de la inflación, Uruguay aparecía como el álter ego tranquilo y estable al otro lado del Río de la Plata. Los arbolitos, que así se llamaban a las personas que se dedicaban al trapicheo de compraventa de dólares al margen del cambio legal, se apostaban en la calle Florida, en pleno centro financiero de Buenos Aires, gritando el precio estipulado en aquellas semanas frenéticas.

El dólar blue o el dólar Messi, lo llamaban, porque a cambio de un dólar te daban diez pesos argentinos, el número que luce a la espalda el astro blaugrana. Un dólar, diez pesos. En las casas de cambio y en los bancos, aquel invierno de 2013, ninguno pagaba más de cinco pesos y medio por dólar. Prácticamente la mitad. A día de hoy, aquellas cifras parecen prehistóricas, pues la tasa se sitúa en un dólar, treinta y seis pesos.

Con la inflación disparada y la devaluación de la moneda nacional anunciando un desastre cíclico que conocen bien en Argentina, los únicos refugios monetarios eran, por este orden, el dólar (la compra de una divisa inmutable) y Uruguay. Por esa razón, cuando un viernes o un sábado algún amigo decidía tomar el ferry hasta Montevideo, transportaba consigo cantidades propias y ajenas para ingresar en distintas cuentas bancarias y que los ahorros no se vieran mermados por esa crisis incipiente que, en el caso de Argentina, lleva a la ruina a millones de personas cada diez años.

Una noche en Pirilo, una de las pizzerías clásicas del barrio de San Telmo, donde los parroquianos engullen trozos de muzza y de faina acodados entre el mostrador y la barra porque el cubículo es minúsculo y viene al paso de la calle Defensa, un corro de adolescentes de visita en la capital comenzó a maldecir al presidente uruguayo Pepe Mújica. Lo llamaban traidor, flojo y moderado, en una conversación donde se empujaban los adjetivos. Y lo comparaban con Cristina Fernández de Kirchner, a la que apoyaban sin fisuras. Al otro lado del río, al parecer, fluía una existencia tranquila. Sin los sobresaltos del FMI. Sin el alto voltaje de un Boca-River. Sin la contundencia de las grandes pasiones de la historia. Y sin embargo, debía definirse a partir de otra cosa muy distinta a esas ausencias.

Estás lejos y al sur

“Estás lejos y al sur / allí no son las cuatro”. Idea Vilariño junto a Juan Carlos Onetti, juntos por supuesto, habían orientado la brújula precisamente hacia ese lugar del sur. El lugar donde no eran las cuatro, donde no coincidían ni las horas, ni los inviernos, ni la luz de cada día. La poeta Idea Vilariño fue hasta su muerte en 2009 una voz sutil y extraordinaria. Íntima, críptica y minimalista en una época dominada por la grandilocuencia del Nobel chileno Pablo Neruda, de la trigonometría poética de Jorge Luis Borges y los versos populares (o populistas) de Mario Benedetti.

Su “ya no será, / ya no viviremos juntos, no criaré a tu hijo / no coseré tu ropa, no te tendré de noche / no te besaré al irme, nunca sabrás quien fui / por qué me amaron otros” y todos los impedimentos, todas las carencias y todas las imposibilidades contrastaban con esa autoafirmación de uno mismo y sus capacidades en “puedo escribir los versos más tristes esta noche”. Que la vida es un continuo caer, por eso es fundamental saber construirle un sentido y saberla contar.

Por eso nos seducían tanto sus versos. Por la falta de pretenciosidad y afectación. Por el nulo interés por el personaje propio. Por la terrible sencillez con la que enfrenta lo peor de la vida, que es el desamor. “Escribo / pienso / leo / traduzco veinte páginas / oigo el informativo / escribo / escribo / leo. /Dónde estás / dónde estás”.

Benedetti

A Idea Vilariño se la leía a través de lo privado y, en cambio, a Benedetti se lo leía a través de lo público. Y eso, en cierto modo, nos resultaba más atacable. Por comparación. Como la cuestión de género en el ámbito de la cocina indoor, tradicionalmente llevada a cabo por las mujeres, y la cocina outdoor, principalmente exhibida por los hombres. En ese parteaguas, Benedetti era el poeta de todos los himnos y todas las manifestaciones. Al poeta que leían en los programas de radio de madrugada, en las ceremonias de boda, en los anuncios de televisión, en las canciones de Serrat o en las campañas de Zapatero. Era el poeta preferido por mucha gente, lo que de manera rencorosa no sabíamos perdonar. Qué estupidez haberlo reducido al eslogan en tantas ocasiones y haber cultivado tantos prejuicios tras haber escuchado una noche, hace muchos años, recitar a Shakira uno de sus poemas. Como si solo pudiera compartir versos con Mercedes Sosa. O como si fuera mejor el tono incuestionable de Daniel Viglietti haciendo un show y una gira al alimón con Benedetti.

Igual de outdoor era la prosa y la homeopatía de Eduardo Galeano, quien hacía tiempo que había renegado de Las venas abiertas de América Latina, un ensayo muy marcado por la vorágine de los años setenta, del que la mitad de sus lectores parecen lamentarse, y al que la otra mitad exhibe como una pegatina de Fidel Castro. Los nadies, los hijos de nadie, los dueños de nada. Los nadies, los ningunos, los ninguneados”. Cuánta prosa altermundista y combatiente.

Por contraste, Vilariño (o Juan Carlos Onetti) se sumergían en la oscuridad de nuestro cuerpo y de nuestra historia íntima. Onetti era ese escritor maravilloso y deprimente de Los adioses, La vida breve o Cuando ya no importe. Un autor extravagante con textos magíficos sobre la vejez, la decrepitud o la enfermedad. Que te reblandecían el ánimo en cada página o en el recuerdo de cada página.

Ida Vitale formaba parte de esa cosmogonía intimista y conmovedora. Apenas se conocía en España hasta los años 2000, cuando Tusquets comenzó a publicarla. Luego le darían el Premio Reina Sofía de poesía, uno de los galardones más prestigiosos en nuestro país y que presta especial atención a América Latina. Y con 95 años, la semana pasada fue reconocida con el Premio Cervantes.

“Corta la vida o larga, todo / lo que vivimos se reduce / a un gris residuo en la memoria. / De los antiguos viajes quedan / las enigmáticas monedas / que pretenden valores falsos. / De la memoria sólo sube / un vago polvo y un perfume. / ¿Acaso sea la poesía?”. Su poesía, en efecto, se compone de vida, de memoria, de antiguos viajes como el que la llevó al exilio y una reflexión constante sobre el lenguaje, su capacidad de evocación y su imposibilidad de dar cuenta con precisión de aquello que hemos vivido.

Ida Vitale completaba ese panteón de los hombres y las mujeres (sobre todo mujeres) que ubicaban a Uruguay en el lugar de la emoción. Una emoción que nadie en la pizzería Pirilo podía entender mientras comíamos muzza y faina, una especie de tortilla de garbanzos que se coloca encima del trozo de pizza a modo de sándwich. Escuchaba a aquellos adolescentes, casi niños, hablando mal de Pepe Mújica por ser demasiado europeo y demasiado burgués. Y desde entonces he querido cruzar ese Río de la Plata hasta llegar a Colonia del Sacramento, pasar a Uruguay regresar a Vilariño, a Onetti y a Vitale, hoy felizmente celebrada. Porque llegar a ese lugar no supondría adentrase en un espacio, sino más bien adentrarse en uno mismo. 

Sumas

Uno más uno, decimos. Y pensamos:
una manzana más una manzana,
un vaso más un vaso,
siempre cosas iguales.

Qué cambio cuando
uno más uno sea un puritano
más un gamelán,
un jazmín más un árabe,
una monja y un acantilado,
un canto y una máscara,
otra vez una guarnición y una doncella,
la esperanza de alguien
más el sueño de otro.

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