QUÉ SE COME EN EL CORREDOR DE LA muerte

La última cena

¿Qué cena pedirías si supieras que es la última? ¿Qué alimentos escogerías para que permanecieran contigo en esos postreros momentos, para que emprendieran junto a ti el desconocido viaje hacia la descomposición? 

24/02/2017 - 

¿Tal vez algo frugal para cruzar ágil la línea de la posteridad, o algo consistente para morir con peso? ¿Tu plato preferido para partir con buen sabor de boca, o el primero que seas capaz de recordar en un afán por cerrar el círculo?  ¿o tal vez absolutamente nada? ¿Te irías a la tumba sin cenar?

Jesús optó por el cordero, una fuente de cordero pascual con ajos, y además un cholent, que es una especie de cocido de verduras, y unas aceitunas con hisopo, y unas hierbas amargas con pistachos y pasta de nuez y un jasoret, que es un plato dulce. Todo ello con un poco de pan ácimo para empujar, y otro poco de vino tinto para que corra bien por la garganta.  

Claro que son pocos los que como Jesús supieron, o intuyeron al menos, que esa iba a ser su última cena. 

Entre el grupo de escogidos, unos pocos mortales- nunca mejor dicho-: los condenados a muerte por esos estados de tendencia retro-medieval, que envidian la capacidad de homicidio de sus ciudadanos. Sí, en EEUU, los reos del corredor de la muerte- una se imagina a la muerte corriendo arriba y abajo por los pasillos-, tienen derecho a elegir su última cena antes de ser ejecutados.

Las normas dictan que así, en términos generales, no puede costar más de 40 dólares, y no está permitido el alcohol, no incluyen barra libre. La estadística revela que los menús que más triunfan entre este nicho de mercado- nunca mejor dicho- son las hamburguesas con queso, las patatas fritas, la pizza, el pollo frito, los huevos y el helado. Comida rápida como apreciarás, nada refinada, nada de delicatesen ( no quiero sacar conclusiones precipitadas pero todo apunta a que la incultura gastronómica mata, a uno mismo y a los que tiene a su alrededor).

Algunos condenados a muerte optaron sólo por el helado, tal vez para ir atemperándose al frío de la eternidad. Lewis Gilbert, condenado a muerte por el asesinato de un guardia de seguridad y una pareja de ancianos, pidió dos tarrinas de helado de vainilla y unos cuantos cucuruchos. Y Timothy McVeigh, condenado en Indiana por la friolera de 168 asesinatos, encargó un kilo de helado de menta con trocitos de chocolate.

Otros presos demostraron que, además de raras costumbres sociales como la de limar asperezas a tiros o a cuchilladas,  también poseían raras costumbres gastronómicas: Gary Mark Gilmore, nieto del mago Houdini, y que se hizo famoso por reclamar para sí mismo la pena de muerte, pidió, quién sabe si emulando a los Marx, seis huevos duros, pan y café. Sólo se bebió el café.

Jackie Barron Wilson, culpable de violar y asesinar a una niña de cinco años, pidió una cebolla cruda, 2 coca colas y un paquete de chicles, componiendo un bodegón tan siniestro como ilustrativo de su personalidad.

Pero no todo han sido despropósitos alimentarios. Louis Jones, declarado culpable de asesinar a su compañera en las fuerzas especiales, pidió un saludable plato de frutas variadas. Las vitaminas son fundamentales, vayas donde vayas.

En el equipo de los frugales encontramos también a John Thompson que encargó un zumo de naranja, a James Smith que pidió un humilde yogur o Stacey Lawton, que se conformó con una lata de pepinillos en vinagre, quién sabe si para echar la última lágrima.

Otros sin embargo optaron por menús más contundentes: Dennis Wayne Bagwell disfrutó de un “tentempié” final que constó de filete de ternera con salsa, tres pechugas de pollo, tres muslos, unas costillas, patatas fritas, aros de cebolla, tocino, una docena de huevos revueltos con cebolla, tomates en rodajas, una ensalada, dos hamburguesas completas, pastel de melocotón, leche, café y té helado. Gary Carl Simmons Jr. no se quedó atrás, el festín que se metió entre pecho y espalda contenía 29.000 kilocalorías, aproximadamente lo que consume cualquier hijo de vecino en dos semanas.

Victor Feguer por su parte mostró una vena sentimental en su último encargo: pidió una aceituna para cenar. Según él, al comérsela, un olivo nacería de su cuerpo como un símbolo de paz. En su caso, el peligro de atragantarse con el hueso quedaba claramente minimizado.

Otros presos sin embargo se negaron a probar bocado.

Es bien sabido que los norteamericanos todo lo cuantifican en su pragmático ánimo productivo y por ello han investigado la posible relación entre la última cena y la inocencia del ejecutado, o  al menos en su persistencia en declararse inocentes. Investigadores del Laboratorio de Alimentación y Marcas de la Universidad de Cornell analizaron las relaciones entre lo que comieron 247 prisioneros que iban a ser ajusticiados y cómo se declaraban respecto de los delitos de los que se les acusaba.

Las conclusiones fueron que la mayoría de los que encargaron esa última cena, un 92%, había admitido su culpabilidad.  Los que seguían declarándose inocentes declinaron la última comida 2,7 veces más que el resto. De entre los que mantuvieron su inocencia y sin embargo comieron algo, un 72% se negaron a pedir un plato especial. Según los investigadores porque “aceptar la tradicional última comida implica un cierto consentimiento con el proceso de ejecución”. Los que además de reconocer su culpa pidieron perdón antes de ser ejecutados encargaron menús mucho más calóricos: de media 2.786 calorías frente a las 2.085 del resto. Otro dato a tener en cuenta es que los que mantuvieron su inocencia pidieron menor número de alimentos de marcas conocidas. (Otra conclusión clarísima, esta vez mía: la publicidad mata).

Realmente, no sé qué quiero decir con todo esto, acaso poner en relieve la importancia que nuestras sociedades conceden a la comida. Incluso aquellas que muestran comportamientos más inhumanos otorgan el privilegio de disfrutar una vez más del placer de la comida.

Por mi parte me pregunto si existe algún plato que pueda hacernos olvidar la inminente muerte. En eso andamos. Y se me ocurre que sería bueno seguir en todos los ámbitos de la vida un consejo literario que le leí a alguien, no puedo recordar a quién: escribe sólo el libro que un condenado a muerte querría leer.