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hábitos alimentarios y enfermedad

La vida es mentira

El otro día hice un test para un estudio sobre hábitos alimentarios y enfermedad

| 06/04/2018 | 4 min, 56 seg

La ciencia se interesaba por mis costumbres y eso siempre es una buena noticia porque si yo creo en algo en esta vida, es en la ciencia y no en la homeopatía, en la ciencia y no en el coaching, en la ciencia y no en la biodescodificación neuroemocional, en la ciencia y no en el Cristo redentor.  En la ciencia.

Lástima que la estadística forme parte de la ciencia, sea una parte importante de hecho, porque aunque traté de contestar al test con la mayor de las sinceridades posibles- ese plural ya resulta inquietantemente sospechoso- lo cierto es que me salió un relato fantástico protagonizado por una superheroína ideal.

Así, me enteré de que tomo cantidades ingentes, casi obscenas, de fruta y verdura, muy poca carne, pescado pero no demasiado azul, sino celeste claro, puntuales legumbres. Que nunca o casi nunca-casilla 0 sin que me tiemble el pulso- tomo refrescos, ni fritos, ni nata, ni bollería, ni bacon.

Respecto al alcohol, y teniendo en cuenta que era por la mañana e iba aún serena, no me atreví a tirarme a la piscina de los números bajos. Pero rebajé drásticamente la cantidad de copas confesadas con un corte limpio, como hace el gobierno con el gasto en imasdé o en energía renovable.

La encuesta incluía preguntas sobre mi vida sexual: Plenamente satisfactoria. Sin remordimientos. Estuve a punto incluso de dibujar un cuadradito con un número 6 encima porque el máximo 5 no me parecía suficiente. Tracé la x rasgando el aire con el ímpetu florido del Zorro. 

Ya en deporte eché los restos, porque hasta hace apenas dos meses yo estaba apuntada al gimnasio, aunque lo confundiera con Hacienda, y porque un día un monitor de pesas me dijo que yo tenía aptitudes.

En definitiva hice una exaltación de la vida y de la salud incontestable, me encaramé a ese ideal de mí misma que vislumbraba en el horizonte, como si en aquella estadística estuviera poniendo a salvo los últimos vestigios de la maltrecha fe en la humanidad, como si con mis respuestas pudiera salvarnos a todos ante el inminente Apocalipsis que estaba por llegar, tras el que un nuevo amanecer anunciaría una vida más sana, más pura, con unas bases que yo había dejado escritas. 

Y aunque era un test anónimo, quería salir muy guapa, anónimamente guapa. 

En un arranque de culpa le pregunté al joven médico, que deambulaba por allí por si se acababa la tinta del boli o no entendíamos alguna pregunta, si era consciente de que en las encuestas, uno trata de decir la verdad y toda la verdad pero se escora hacia una visión algo más positiva de sí mismo, que acaso era posible, quiero decir probable, que se distorsionara ligeramente, quiero decir sustancialmente, la realidad, y uno acabara proyectando en los test casi tanto como en la pareja o en el curriculum vitae, si era consciente en definitiva de que deseo y realidad confluían en ese vértice llamado estadística, fundiéndose hasta ser solo uno, y ya las equis se aparecían como incógnitas que solo el destino era capaz de resolver. 

Me miró con cierto espanto, como si estuviera loca. Dejó pasar unos segundos y se encogió de hombros como diciendo: yo sólo soy un médico que se ha pasado 10 años encerrado, estudiando.

Fue Benjamin Disraeli el autor de la famosa frase: “hay tres tipos de mentiras: mentiras, grandes mentiras y estadísticas”. Y aunque yo prefiero sin duda esa otra frase que dice que sólo existen tres clases de personas: las que saben contar y las que no, sé que la estadística, la pobre, no tiene la culpa. Ella es fiable. Los culpables somos nosotros que manipulamos los datos a conveniencia, que engañamos desde el mismo momento en que formamos parte de la muestra, desde la misma infancia.

En concreto y según la estadística, mentimos unas 1.5 veces al día según un estudio de National Geografic, lo que no solo cierra el círculo sino que abre infinitas espirales que marean. 

Sufrimos cierta alergia a la verdad. Cuando me dio por apuntar mis hábitos reales en una libretita, lunes, tres cervezas, dos vinos, Rufles sabor jamón, me acordé de aquella frase: “cuando leí que el alcohol era malo, dejé de leer”, y dejé de apuntar. 

Hace unos años, en Reino Unido, observaron que existía una enorme disparidad entre la venta de alcohol y la cantidad que la gente admitía consumir. Llegaron a la conclusión de que el deseo sesgaba las encuestas. No importaba que los tests fueran anónimos ni que se rellenaran en soledad, la gente quería proyectar una imagen positiva de sí misma y mentía a cascoporro.

También se idealizaba a los otros, que por supuesto tomaban mucho menos alcohol, hacían mucho más ejercicio y tenían muchas más relaciones sexuales que nosotros: una auténtica burbuja del deseo que amenazaba con reventar la realidad.

Yo trabajo la ficción, es la materia prima en el taller de escritura creativa, y sin embargo tengo la sensación de que es la realidad en bruto lo que manejamos. 

De la misma manera que sospecho que el trabajo de endocrino es tremendamente creativo, roza la ciencia-ficción. 

El otro día, tras concluir un test de 5 páginas que me quedó precioso, me dieron ganas de poner una advertencia en el encabezamiento: Basado en hechos reales. 

Puede que esta vida sea una mentira pero qué fascinante mentira.

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