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vinosofía

Pequeña apología del sentido común

Si nuestras escuelas se dedicaran a enseñar el uso del sentido común, estaríamos frente a una de las generaciones más formadas de todos los tiempos

Por | 17/01/2020 | 3 min, 24 seg

VALÈNCIA.- Pero a los políticos y poderes fácticos no les interesa tener a ciudadanos con capacidad de raciocinio, de ahí el feroz ataque a asignaturas capaces de desarollar el pensamiento como la filosofía y afines.

En el mundo del vino estamos observando cómo los nuevos movimientos ecológico-biodinámico-natural postulan axiomas a veces antinómicos a nuestro maltratado protagonista.

Valga subrayar que la defensa del medioambiente debería ser la gran estrella de la agenda de cualquier político y funcionario de DO, pero como no es suficiente ser vegano para protagonizar la revolución verde, tampoco se puede aceptar que el retorno a lo antiguo sea sinónimo de sostenibilidad.

Ya advertía el viejo zorro de Miguel Torres, hace no mucho, que tratar el viñedo con azufre y cobre puede aumentar la huella de carbono en las botellas producidas, en función del número de tratamientos (que muchas veces se valen del tractor) o de los materiales utilizados (que a menudo son de origen químico-sintético). Sin olvidar la cantidad de metales pesados que acaban contaminando el suelo.

Nuestra imperfecta sociedad es fruto de la investigación científica y de los avances tecnológicos. Es absurdo anhelar la vuelta a una Samarcanda preindustrial cuando necesitamos avanzar y comprender más para conseguir una tecnología eco-sostenible y encontrar soluciones contra el cambio climático. Defender las levaduras autóctonas sin entender cómo interactúan es como preferir un coche del lejano oeste a un Tesla. No utilizar sulfuroso sin profundizar en los compuestos producidos por el metabolismo de ciertas levaduras podría equivaler a llenar las botellas de vino ‘natural’ de productos cancerígenos. Con esto no quiero defender el uso de levaduras tecnológicas que estandarizan las cualidades organolépticas de los vinos, sino invitar a que la I+D acompañe y justifique las técnicas tradicionales (que normalmente resultan ser las más acertadas).

Intentar eliminar el uso de sistémicos en la viticultura de zonas abruptas y deshabitadas como Ribeira Sacra (la nueva infatuación de los prescriptores de todo el mundo) puede significar abandonar viñedos y condenarlos a la desaparición. Pero, otra vez, admitir el uso de herbicidas u otras pocilgas químicas en zonas donde la uva se vende a precio elevado y el viñedo es fácil de cultivar, debería estar prohibido y sancionado.

En resumen, la situación utópica de un vigneron que utiliza el caballo para labrar el suelo, que rocía manualmente con infusiones naturales para debelar enfermedades y que se dedica a la venta a Km 0 de su vino, es casi imposible de encontrar en la vida real. Aun así, la defensa de la naturaleza, de la salud del consumidor final y la preservación del patrimonio genético vegetal tienen que ser los estandartes del moderno elaborador, en oposición a la presión de los grandes grupos que priman la producción masiva a bajo precio, impensable sin la química. Ver viñedos que son como jardines, poder recoger un puñado de tierra y observar la vida es la mejor campaña publicitaria para un viticultor: ¡Una lombriz vale más que cien barricas!

Sin embargo, la defensa empecinada de prácticas que no son avaladas por el conocimiento científico representa esa enfrenta al sentido común que en el otro extremo permite a un señor como Bolsonero amenazar aún más la selva amazónica. 

Y si lo consentimos, mejor empecemos a descorchar las joyas escondidas en nuestras bodegas porque el fin se acerca...

Salut

* Este artículo se publicó originalmente en el número 54 de la revista Plaza


* Este artículo se publicó originalmente en el número XX de la revista Plaza

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