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SEMBLANZA cinematográfica

Ridley Scott, el esteta del 'mainstream' vuelve con 'Marte'

La 23 película del cineasta inglés le sitúa de nuevo en la primera fila del cine comercial estadounidense

16/10/2015 - 

VALENCIA. Para algunos es el mejor director del momento. Para otros, un mero esteta. Ridley Scott es un cineasta que provoca disparidades y enfrentamientos entre la prensa especializada. Los que valoran su siempre cuidada puesta en escena y su talento visual deben enfrentarse a las críticas de sus detractores, que siempre encuentran un motivo para denigrar sus películas, casi siempre narrativos, el talón de Aquiles de su trabajo. Convertido en un referente para generaciones de cineastas, anatematizado por otros, Scott siempre ha tenido a gala realizar un cine de una presencia estética invencible, con una imagen visual por la que nunca parece pasar el tiempo, y en la que la coherencia narrativa en ocasiones es secundaria para sus intenciones. 

Inmerso en la maquinaria industrial con plena conciencia de ello, el propio Scott siempre ha tenido claro cuales son las dos premisas fundamentales a la hora de hacer una película de gran presupuesto. Así, en unas declaraciones recogidas por Juan Fernando Vizcarra Schumm en su tesis doctoral Representaciones de la modernidad en el cine futurista. El caso de Blade Runner, Scott aseguraba que “dos consideraciones absolutamente esenciales son críticas para el éxito de una llamada película de Hollywood. La primera es que el motivo final de una película es la comunicación con su audiencia. Y la segunda es lo más importante de la película, el presupuesto”.

Scott maneja bien el terreno que pisa y su concepto artístico, heredado de su formación en la Royal College of Art, sólo tiene un fin utilitarista ya que su objetivo es rendir cuentas a la producción. Un buen ejemplo de ese control de los mecanismos de la industria se resume en la anécdota que revelaba Hans Zimmer, colaborador en películas como Gladiator (2000) y Black Hawk derribado (2002), cuando ironizaba con el número de empresas que tiene el cineasta para usos en sus largometrajes. “Es el propietario de la mitad de las empresas de Inglaterra”, reía exagerando.

Otro ejemplo de su perfecto conocimiento de los engranajes de la industria se puede ver en el hecho de que con sus 23 películas, incluyendo la recién estrenada Marte que llega este viernes a las pantallas españolas, Ridley Scott ha recaudado más de 4.708 millones de dólares, con una media por largometraje superior a los 200 millones de dólares, de los cuales la mayor parte se han cosechado en el mercado internacional, algo que da fe del carácter universal de su lenguaje visual.

Más artesano que autor, el británico ha llevado con control férreo su carrera hasta el punto que prefirió pasarse casi una década trabajando en publicidad antes de dar el salto al cine. Tras un primer cortometraje rodado con su hermano Tony Scott (1944-2012), Boy and bicycle(1965),Scott optó por labrarse primero fama y soporte económico. No fue hasta que alcanzó los cuarenta años que decidió dar el salto a la gran pantalla y lo hizo adaptando un texto de Joseph Conrad, Los duelistas (1977), en un filme venerado por cineastas como Kevin Reynolds, y cuyos combates de espadas y sus imágenes epataron y sorprendieron y le dieron su primer gran premio, con el galardón a la mejor opera prima en el Festival de Cannes.

Protagonizada por Harvey Keitel y Keith Carradine, la película alargaba un obsesivo relato de Conrad inspirado en hechos reales, y pese a contar con un presupuesto modesto, apenas 900.000 dólares que al final ascendieron a 1,54 millones, fracasó en taquilla, si bien el paso de los años y su comercialización a través de distintos soportes la ha hecho más que rentable. Discípulo aplicado de Stanley Kubrick, Scott llevó algunas de las enseñanzas de Barry Lyndon (1975) e imitó el uso de pinturas de la época como referencia para ilustrar sus secuencias. Producida por David Puttman, Scott hizo frente a los gastos iniciales con su propio dinero y asumió él mismo la garantía de buen fin y prescindió de sus honorarios a cambio de un porcentaje en taquilla, según relata Alejandro Pardo en el libro David Puttman, un productor creativo. Es más, para agilizar el rodaje actúo como operador de cámara. Para la intrahistoria, anécdotas como que la escena final, en la que el personaje de Keitel mira al atardecer, obligó a una tensa negociación con el actor porque como quiera que padecía vértigo se negaba a acercarse al borde del precipicio.

Sería con su siguiente película que Scott alcanzaría la consideración de gran cineasta para Hollywood. Alien, el octavo pasajero (1979) fue un hito de tal calibre que ha hecho palidecer a buena parte de su filmografía posterior. En ella influyeron prácticamente todos los agentes implicados en la película, desde sus productores con el siempre menospreciado Walter Hill a la cabeza, a quien se propuso dirigir la película, hasta su guionista Dan O’Bannon, pasando, cómo no, por H. R. Giger, artífice de buena parte de la estética del filme por decisión e insistencia, entre otros de Scott, o Moebius o el italiano Carlo Rambaldi, autor de los efectos de la cabeza del monstruo, quien volvería a dar la campanada tres años después con E. T. El extraterrestre (1982, Steven Spielberg). La película, con un presupuesto de 11 millones de dólares, recaudó 104 millones y está considerada como la 52 mejor de la historia en el listado de IMDB. La escena final de Sigourney Weaver la convirtió en una heroína del cine fantástico y fue tal el éxito que ha dado pie a una franquicia con sus consiguientes secuelas y ahora precuelas, en las que participa activamente el propio Scott.

Fue su tercera película, Blade Runner (1982), la que le consagraría como un auténtico icono del cine fantástico. Adaptación de la novela de Philip K. Dick Sueñan los androides con ovejas eléctricas, el rodaje estuvo marcado por su compleja producción y le llegó a Scott en un trágico momento personal, tras la muerte de su hermano mayor Frank. Seriamente afectado por la tragedia, Scott trasladó su pesimismo a un largometraje que se convertiría con los años en una obra de referencia y que influyó en la estética de los ochenta y de parte de los noventa de manera insoslayable, hasta el punto de dejar huella en la moda.

Dos años después rodó el anuncio para Apple 1984, considerado como uno de los más relevantes de la historia de la televisión. El spot, destinado a vender el nuevo Macintosh, se emitió el 24 de enero de ese año durante la Super Bowl. Pero no fue fácil hacerlo. Primero, por el presupuesto, 750.000 dolares según relata la biografía Steve Jobs de Walter Isaacson. Después, por los recelos de los directivos de Apple, que cuando lo vieron se mostraron contrarios a él; les pareció el peor anuncio que habían visto nunca. El propio Steve Jobs, desmoralizado, le enseñó el vídeo de apenas 60 segundos a Steve Wozniak quien se mostró maravillado ("me pareció la cosa más increíble que había visto") y el cofundador de Apple, "con su bondad impulsiva habitual" relata Isaacson, se ofreció a pagar la mitad de los 800.000 dólares que costaba emitirlo en la Super Bowl si Jobs pagaba la otra mitad. Al final no hizo falta. Más de 96 millones de estadounidenses vieron el anuncio. Por la noche fue mencionado en los informativos de las tres grandes cadenas norteamericanas y por cincuenta canales locales. Cincuenta días después el ordenador salió a la venta. El resultado fue espectacular y en apenas tres meses se superó el objetivo de vender 50.000 unidades. Veinte años después, el anuncio seguía siendo considerado como modélico para la prensa especializada estadounidense.

Convertido ya en un cineasta de referencia, fue un posterior fracaso el que trastocó su carrera y le redirigió hacia un cine más convencional. Legend (1985), su película maldita por excelencia, la más incomprendida, se vio afectada por toda clase de problemas con los productores, que le llegaron incluso a cambiar la banda sonora original de Jerry Goldsmith por otra del grupo Tangerine Dream. Un incendio en los estudios Pinewood que destruyó buena parte de los decorados encareció una película cuyo presupuesto alcanzó los 30 millones de dólares. Por si fuera poco, la taquilla no acompañó y el film recaudó a duras penas 15 millones de dólares en todo el mundo, pese a un arranque prometedor en su primera semana.

Tras el fracaso, Scott realizó un díptico de filmes de intriga, previsibles, convencionales, a los que simplemente se limitó a aportar su pericia visual. Eran productos hijos de su tiempo, en los que se implicó en mayor o menor medida y que sirvieron para devolverle al espacio de los directores taquilleros, la principal obsesión de una industria en la que un cineasta vale lo que recaudó su último largometraje. La sombra del testigo (1987) con Tom Berenger, Mimi Rogers y Lorraine Bracco, en el que subyacía un interesante pero al final inexplorado discurso sobre la atracción del dinero, y el vehículo comercial al servicio de Michael Douglas Black Rain (1989), en la que trabajó por primera vez con Zimmer como músico y que se salvaba, cómo no, por su excelente retrato estético de la Osaka contemporánea donde transcurría buena parte del argumento, contribuyeron a devolverle al estatus de taquillero. Un estatus que se consolidó con su siguiente largometraje, para muchos, uno de los mejores que ha realizado: Thelma & Louise (1991).

A partir de un ocurrente guión de Callie Khouri, que a fin de cuentas lo que hacía era adaptar la típica road movie a dos personajes femeninos, Scott filmó uno de sus películas más celebradas, apoyado por un reparto que encabezaban unas en estado de gracia Susan Sarandon y Geena Davis y que contribuyó a convertir en un mito de los noventa a un primerizo Brad Pitt. Scott, que en esta película se reencontró con Keitel, vio como volvía a ser bien recibido por los críticos y la Academia de Hollywood le concedió su primera nominación a mejor director, así como a las dos actrices principales, el montaje, la fotografía y el guión de Khouri, que fue el único galardonado. Con sus más de cincuenta millones de dólares recaudados en todo el mundo y con la respuesta mediática posterior, Thelma & Louise le situó en el puesto de control absoluto sobre los presupuestos, sobre los proyectos. Así pues, su nueva película sería un proyecto personal, pero otro fracaso le postergó a su mayor etapa de silencio.

1492: La conquista del paraíso (1992) fue rodada con motivo del quinto centenario del descubrimiento de América por parte de Cristóbal Colón. Supuso el primero de sus cinco rodajes en España, motivo por el que la película contó con financiación del Ministerio de Cultura español que aportó cientos de millones de pesetas, pero su producción fue tan problemática como errática su posterior exhibición. El guión escrito por la periodista francesa Roselyne Bosch fue criticado por las demasiadas licencias que se tomaba y por el retrato tan generoso que hacía del complejo, torturado y cruel personaje real que fue Colón, al que encarnó Gérard Depardieu con más presencia que convicción, un Depardieu que se distraía jugando durante las sesiones de maquillaje. Eso sí, sirvió para que Scott y Sigourney Weaver se reencontraran con una pequeña colaboración que era poco más que un cameo. Ni la empalagosa banda sonora de Vangelis fue atractivo suficiente para salvar a una película que se saldó con un estrepitoso fracaso. Con sus 47 millones de dólares de presupuesto, apenas recaudó 7,1 millones en Estados Unidos.

Los cuatro años de silencio que siguieron a este largometraje coincidieron con la puesta en marcha por parte de Ridley Scott y su hermano Tony de su productora, con la que además de producir largometrajes de otros comenzaría la aventura televisiva con la producción de series como Numb3rs. Al mismo tiempo se embarcaría en aventuras menores como el rodaje de Tormenta blanca (1996), basada en un hecho real y que no parecía sino un remedo de filmes como Taps, más allá del honor (1981, Harold Becker) o El club de los poetas muertos (1989, Peter Weir), o la más que olvidable La teniente O'Neil (1997), protagonizada por Demi Moore y que no hacía sino que llevar las dinámicas narrativas de Top Gun (1986) de su hermano Tony al contexto de los Navy Seal, con una joven empecinada en convertirse en la primera mujer soldado de operaciones especiales. Su silencio como director tras esta película ha sido el segundo más largo de su carrera, tres años. Y tras él, vendría la etapa más prolífica que no mejor, con 13 filmes en 15 años.

Embarcado en una dinámica puramente industrial, durante estos primero quince años del milenio Scott ha emulado en ocasiones a Woody Allen y ha estrenado a un ritmo de prácticamente una película al año, combinando producciones alimenticias como Hannibal (2001) con trabajos más inspirados como Black Hawk derribado (2002), pasando por producciones menores como Los impostores (2003) o Un buen año (2006), un divertimento sobre la alegría de vivir que sitúa el paraíso en la Provenza francesa. Con todo, la película que ha marcado indeleblemente está década y media es la primera de todas, Gladiator (2000). El filme, que fue galardonado con el Oscar a mejor largometraje, sobrevivió a toda clase de contrariedades, incluida la muerte de Oliver Reed antes de finalizar la película, así como las constantes reescrituras del guión original de David Franzoni, y marcó el inicio de su fructífera relación con Russell Crowe que se ha traducido en cinco películas juntos. Es, de hecho, la obra mejor valorada de Scott en IMDB y está considerada como la 46 de la historia.

El éxito de esta película, que debe mucho a las acotaciones de última hora en el libreto de William Nicholson, a él se le deben las frases más celebradas, y que popularizó la etérea voz de Lisa Gerrard, componente de Dead Can Dance, eclipsó al que para muchos es su mejor largometraje de esta época, la aplicada traducción en imágenes del libro periodístico de Mark Bowden Black Hawk derribado, y marcó de hecho sus posteriores filmes. Así, en los épicos El reino de los cielos (2005), el segundo de sus filmes rodado en España, Robin Hood (2010) o Exodus: Dioses y reyes (2014), se puede percibir ecos de Gladiator, con imitaciones en las batallas, similitudes en algunas secuencias y planteamientos narrativos similares. En todos ellos hay grandes virtudes que se contraponen con recursos fáciles, esos coros omnipresentes, producto de una dinámica frenética que ha hecho de Scott uno de los directores con más presencia en la cartelera de los últimos años.

En paralelo, Scott ha desarrollado una trilogía de filmes de intriga contemporáneos que se han acercado a la delincuencia, al narcotráfico y los conflictos en Oriente medio con resultados dispares. Su American Gangster de 2007 con Denzel Washington y su ya habitual Crowe, en el que retrata a un delincuente real, Frank Lucas, antecedió a la interesante Red de mentiras (2008), con Leonardo DiCaprio y, otra vez, Crowe, en la que disertaba sobre las relaciones de poder a partir de la peripecia de un agente infiltrado de la CIA. Esta trilogía se completó con El consejero, debut como guionista de Cormac McCarthy, rodada parcialmente en Alicante y en la que Scott mantuvo buenas migas con Penélope Cruz, se reencontró con Brad Pitt y se decepcionó con Javier Bardem, del que llegó a decir que era "un agonías".

Mucho más éxito, por el contrario, obtenían sus labores como productor, con proyectos como Life in a Day, documentales sobre Bruce Springsteen, etcétera, y sobre todo sus incursiones en televisión, con dos hitos celebrados como fueron la adaptación de Los pilares de la tierra y la serie The Good Wife. Unas colaboraciones con la pequeña pantalla que no van a cesar en los próximos años con constantes anuncios de nuevos proyectos. Todo ello, siempre, sin dejar de lado el cine, con proyectos en cartera como la secuela de Blade Runner o continuar con las de las precuelas de Alien, pese a la irregular acogida que tuvo Prometheus (2012), fallida sobre todo en su segunda parte, con un inicio y un final muchos más atractivos que el resto de la película, donde se pierde en disquisiciones confusas.

Scott ha vuelto ahora al cine de ciencia ficción con Marte, una película inspirada en la novela de Andy Weir que, por las reacciones en Estados Unidos, se vislumbra como uno de sus nuevos éxitos, otro más. Con un presupuesto de 108 millones de dólares, que luce más en pantalla de lo que suele ser habitual en otros cineastas, con un reparto de los que se considera infalibles, en el que se combinan nombres como los de Matt Damon, Jessica Chastain, Jeff Daniels y Chiwetel Ejiofor, Scott ha vuelto a evidenciar su buen ojo con el público, como revelan los 248 millones de dólares que lleva recaudados hasta la fecha. Película optimista, de corte entretenido, pura aventura, demuestra una vez más que a pesar haber sobrepasado los 77 años de edad sigue siendo uno de los cineastas con más nervio y sentido del ritmo de la actualidad. Si se tomara más tiempo entre película y película posiblemente podría volver a rodar otra obra maestra como las de sus primeros años. Pero, viendo la taquilla, a ver quién se atreve a llevarle la contraria. Ya se sabe: "el motivo final de una película es la comunicación con su audiencia". Palabra de Scott.

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