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Todo lo que nos cuentan las películas caseras de nuestros abuelos

El 27 de octubre se celebra el Día Internacional del Patrimonio Fílmico y el Cine Doméstico. Una buena ocasión para fisgonear en las cámaras climatizadas del Archivo de la Filmoteca de València, donde se conservan 34.741 títulos en todo tipo de formatos. Entre ellos, 10.774 se corresponden a películas de grabaciones amateur de enorme valor histórico, sociológico y artístico

21/10/2021 - 

VALÈNCIA. “No existen las películas caseras malas. Estas mini-obras underground son reveladoras, aterradoras, alegres, defectuosas y llenas de arte accidental. Son una orgía de autodescubrimiento”, comentó en una ocasión el cineasta norteamericano John Waters. Aunque hoy en día esta opinión goza de bastante consenso, la realidad es que el video doméstico fue durante décadas el hermano feo y pobre del cine. Los videos familiares con los que nuestros abuelos y bisabuelos registraban paseos por la ciudad, excursiones al campo, fiestas patronales, bodas y bautizos no eran más que simpáticos materiales audiovisuales cuya relevancia documental se consideraba cercada por el sentimentalismo familiar. Su valor sociológico, antropológico, histórico y artístico se subestimaba.

En España, esta miopía comenzó a corregirse a principios de los noventa cuando, de forma un poco accidental, la Filmoteca Valenciana lanzó una campaña pública animando a los ciudadanos a depositar las películas antiguas que tuviesen en casa para su restauración y conservación en condiciones adecuadas. “Nos llegaron verdaderas joyas, incluida alguna pieza única a nivel mundial, como el cortometraje de Méliès El huevo mágico (1902), que se había dado por perdido. Gracias a esa campaña, recuperamos también Castigo de Dios, un largometraje valenciano de 1925 rodado por Hipólito Negre, del que se conservaba solo una copia”, nos cuenta Inma Trull, Jefa del departamento de Recuperación, que nos recibe en la sede del Archivo de la Filmoteca de València. En este edificio, ubicado en el Parque Tecnológico de Paterna, es donde se guardan todos los tesoros del cine valenciano comercial y casero.

Lo que no se esperaban los técnicos de la Filmoteca Valenciana -que se había fundado pocos años antes, en 1985-, era la cantidad de videos domésticos que empezaron a llegar a sus instalaciones. “Nuestra intención prioritaria era la recuperación de películas profesionales de la cinematografía valenciana; especialmente las de nitrato, que es el soporte más antiguo y el que se deteriora más fácilmente. (Se calcula que el 85% de las películas en este formato de todo el mundo se han perdido irremediablemente). Queríamos evitar que se estropeasen o que la gente las tirara a la basura”.

Foto: EVA MÁÑEZ.

“Como la campaña tenía un mensaje tan genérico, los particulares empezaron a traer muchísimas películas domésticas en Super 8 y Pathé Baby (un formato de cine amateur en película de 9,5 milímetros que comenzó a comercializarse en 1922). Nos quedamos en shock, porque no contábamos con ello, pero tampoco queríamos rechazarlo porque queríamos mantener la confianza de los depositantes, por si acaso encontraban otras películas. En ese momento, ninguna institución en España se dedicaba a conservar este tipo de material”.

Trull reconoce que al principio no estaban muy seguros de qué hacer con todas esas bobinas que acaparaban peligrosamente el espacio disponible en las dependencias del Archivo de la Filmoteca. Pero las dudas se disolvieron pronto, cuando tomaron conciencia del enorme valor de lo que tenían entre manos. La noticia de que la Filmoteca Valenciana poseía este tipo de material levantó el interés inmediato de televisiones de todo el Estado español, de productoras de documentales, museos, investigadores. “Interesaba mucho porque eran imágenes antiguas de lugares, costumbres y personas del pasado, pero vistas con los ojos del aficionado”.

La demanda no ha dejado de crecer. Actualmente, la Filmoteca recibe anualmente entre 100 y 300 peticiones para utilizar imágenes de cine doméstico. Siempre se necesita la autorización por escrito de los depositarios de la película, que nunca pierden los derechos. Cuando el uso que se quiere dar a las imágenes es comercial (por ejemplo, para utilizarlas como recurso dentro de un documental), es necesario pagar una tarifa a la Filmoteca. En el caso de que lo quiera utilizar un museo, la tarifa es diferente, y si el fin es puramente didáctico, no se suele aplicar tarifa.

Aunque poco a poco fueron sumándose a esta práctica otras filmotecas autonómicas, la Filmoteca Valenciana posee el mayor fondo de videos domésticos del país: un total de 10.774 títulos, entre los que no se cuentan los que permanecen almacenados y pendientes de catalogación. Se trata de una proporción muy importante del archivo total de la Filmoteca, que consta de 34.741 títulos, incluyendo películas comerciales, restauraciones y películas amateur. El goteo es constante; en lo que llevamos de 2021, se han depositado 24 títulos nuevos 

El requisito principal que exige la Filmoteca para hacerse cargo de las películas y digitalizarlas gratuitamente es que se hayan filmado en la Comunidad Valenciana, o en todo caso en España. Las películas extranjeras solo se admiten si se trata de rarezas, como en el caso del cortometraje de Méliès. “Pero hay veces que una vez estamos escaneando descubrimos que las imágenes son de unas vacaciones en Roma. Y ese no es nuestro cometido, porque nuestro tiempo y nuestros recursos son limitados. Hay que poner un límite en algún sitio. Por ejemplo, ya no aceptamos tampoco cintas de video, porque son fácilmente digitalizables. Las de 8 mm, Super 8 mm, 9.5 mm, 16 mm y 35 mm no son fáciles de digitalizar ni conservar, y menos con el cuidado con el que lo hacemos nosotros aquí. Por eso son nuestra prioridad”.

Un laberinto de cámaras

Junto al laboratorio donde se escanea, restaura y cataloga el nuevo material que entra, hay un pequeño laberinto de cámaras con distintas condiciones de temperatura y humedad. Por ejemplo, las películas de color están separadas de las de blanco y negro porque necesitan más frío (3 grados).

La cámara de triaje es donde se deposita el material que llega al Archivo hasta que los técnicos puedan trabajar con él y saber en qué condiciones está y cuál es su contenido. La inmensa mayoría de las personas que traen aquí las bobinas que encontraron en casa de sus padres o abuelos no saben lo que están depositando porque no tienen reproductores para visionarlo, o porque están en muy mal estado de conservación. “Más de una vez nos hemos encontrado una película de porno casero dentro de una lata titulada Manifestación del textil, y cosas así”, comenta Inma Trull entre risas.

Antiguamente, después de proyectar la película y catalogarla, se telecinaba. Es decir, se convertía la imagen registrada en soporte fotoquímico en un formato de video que se entregaba al propietario para que pudiera visionarla en el televisor. “Antes de que llegara la era de la digitalización de archivos que pueden guardarse en discos duros, lo que hacíamos era proyectar la película original y captarla con una cámara de video. Primero VHS, Video 8, High 8; después DVD, betacam digital…”, nos explica esta funcionaria.

Al entrar en la cámara de ácido acético, un fortísimo olor a vinagre te invade las fosas nasales. Estamos en el “ala de infecciosos”, el lugar donde se almacenan las películas aquejadas del “síndrome de vinagre”. “El nitrato se dejó de fabricar en los años cincuenta porque se autodescompone y era demasiado inflamable -explica Trull-. Fue sustituido por el triacetato de celulosa. Este material ya no arde, pero su punto débil es que desarrolla esta enfermedad, que es contagiosa y para la que además no hay cura. Lo único que podemos hace es escanearlas y volverlas a meter ahí. El frío mantiene la enfermedad a raya, pero eso es todo. Se produce debido a las malas condiciones de conservación o a un deficiente lavado de la película, cuando quedan restos de líquidos de relevado. Es muy puñetero, porque hace que la película pierda elasticidad y se parta con facilidad; también pierde dimensión, de modo que no entra bien en la máquina de proyección”.

El poder documental y creativo de las películas familiares

A lo largo de la historia podemos encontrar casos de películas domésticas que se han convertido en documentos de la mayor relevancia histórica -pensemos en la película de 8 mm de Abraham Zapruder que registró el asesinato del presidente Kennedy-. Pero, por lo general, el valor documental de las grabaciones caseras está en los detalles: la evolución de la vestimenta cotidiana a lo largo de las décadas, la transformación del paisaje y el perfil de las ciudades, etcétera. Imágenes del Circo Price en la plaza de Narazet de València en 1973. Un desfile militar de 1940. Una batalla de flores de 1900. Videos del terrible desbordamiento del Turia en 1957. ¿Qué tipo de imágenes son las más demandadas? ¿Qué detalles interesan más a los investigadores?

“Las grabaciones caseras nos ofrecen un punto de vista muy valioso, incluso aunque la calidad de la grabación no sea especialmente buena y tiemble la cámara, por ejemplo”, apunta Inma. “Es muy curioso ver cómo se ha ido alargando la falda de las falleras a lo largo del tiempo. En años sesenta se llevaba minifalda y los trajes de valenciana se llevaban por encima de la rodilla. Paradójicamente, a medida que pasa el tiempo, los trajes se han hecho más conservadores” comenta Trull. “Tenemos también videos donde podemos atestiguar claramente la desaparición de la huerta valenciana o la evolución del Paseo al Mar, posteriormente conocido como Blasco Ibáñez, con el nacimiento de las facultades. La mayoría de las veces, el objetivo del autor de estas películas era retratar a sus familiares o amigos, pero lo que interesa a los investigadores muchas veces es lo que está en segundo plano”. Otras cosas, sin embargo, no han cambiado tanto. “El tiempo de ocio y esa costumbre de la paella de los domingos en familia con el porrón de vino… ese gusto por la reunión familiar y amistosa que es tan de aquí se ve también en las películas antiguas”.

Por último, es importante mencionar los usos meramente creativos de las películas familiares que se encuentran en las filmotecas, pero que también pueden aparecer en mercadillos ambulantes o en el fondo de un armario de casa de un familiar. La reapropiación y manipulación de material encontrado para construir un relato de ficción nuevo es un ejercicio artístico complejo del que resultan auténticas obras maestras. Hay muchos ejemplos de éxito, y no solo en el mundo del cine. La reconstrucción novelada de la familia Modlin que hizo Paco Gómez en 2013 a partir de una colección de fotografías que encontró casualmente en una calle del barrio madrileño de Malasaña y la obra plástica de Carmen Calvo son dos muestras de ello. Dentro de la cinematografía reciente, sin duda tenemos que citar dos títulos: Video Blues (Emma Tusell, 2019) y, sobre todo, My Mexican Bretzel (Nuria Giménez, 2019). Dos modos de trenzar realidad y ficción de un modo inteligente y sumamente poético.

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