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Yo, yo mismo y el eco: 'La expulsión de lo distinto', por Byung-Chul Han

En su último libro, el filósofo surcoreano residente en Alemania ahonda en las inquietantes consecuencias que se derivan de nuestra actual relación solo con lo que es igual y no con lo que nos confronta

26/02/2018 - 

VALÈNCIA. Destácate. Aprende inglés. Millones de personas hablan ya inglés, no seas uno más, aprende otro idioma: aprende portugués. Por el mercado brasileño, porque es parecido al español. Pero si todavía no domino el inglés, piensas. Escuela Oficial de Idiomas, matrícula para portugués. Cientos de personas quieren aprender portugués, estás en lista de espera. No consigues matricularte en portugués. Sufres: todos te están adelantando. Da un salto en tu carrera: aprende chino. El chino es una meta a largo plazo, pero te ayudará a diferenciarte del resto de candidaturas a un puesto de trabajo. Las clases de chino también están colapsadas, pero tienes suerte: entras en chino. Quizás, dentro de cinco años puedas tener cierta soltura, aunque no te lo parece. No sin pasas una temporada en China. Conoces a gente que se está yendo a China. Ellos ya saben chino, qué suerte. ¿Cómo pueden ya saber chino?, piensas. Para cuando tú sepas algo de chino, todo el mundo sabrá chino. Suspiras. Te agobias un poco. Las clases de chino ya no te resultan tan útiles. Piensas en dejártelas. ¿Ruso? Es una posibilidad. No hay tanta gente que hable ruso. En realidad, todavía no domino el inglés, recuerdas. ¿Pasaría una entrevista en inglés? Seguir con el inglés da pereza. El inglés es lo de siempre, consideras. Aunque todavía no lo hables con fluidez.

¿Estás trabajando tu marca personal?, te pregunta un conocido. Le han dicho que es muy importante en unas jornadas sobre marketing digital. Tienes el LinkedIn bastante abandonado, aunque no sabes si eso se considera marca personal. Facebook lo usas, no demasiado. Sobre todo para leer y compartir. En Instagram sí que compartes bastantes stories, pero no dirías que eso es marca personal. ¿Lo es? ¿Existe tu marca personal? Te agobias un poco. No sabes si para las salidas que tienes en mente la marca personal influirá mucho. Claro que influye, te dice un conocido: la marca personal, ahora, lo es todo. Los recruiters -los de recursos humanos, te tiene que aclarar- se fijan mucho en eso. Siempre miran los perfiles en las redes de la gente que aspira a ser contratada. Deberías haber sabido qué es un recruiter. Suspiras. Tienes que mejorar tu inglés. Tienes que adquirir nociones de marketing. Para venderte mejor, que es que te vendes fatal. Para venderte, ¿a quién? ¿A cambio de qué? Te vendes fatal, ahora te das cuenta. Por eso no encuentras trabajo. Trabajo, trabajo, trabajo. No te lo quitas de la cabeza. Tu problema es que eres muy igual a los demás, tienes que diferenciarte. Tienes que destacar. Tu currículum es muy aburrido, no es creativo, como el de todos esos creativos y creativas que trabajan en agencias de creatividad.

Necesitas un descanso, pero necesitas dinero. La luz ha subido mucho. En cuanto puedas te escapas. Una escapada de unos días. Cuando pagues algunas facturas. A la sierra de Albarracín. O mejor, al pueblo ese que han dicho que es el más bonito de España. Dicen que es muy bonito. Tú todavía no has ido, y ya lleva unos meses siendo el pueblo más bonito de España. Por las fotos que han compartido tus conocidos parece bonito. Te han dicho, eso sí, que si quieres ir un par de días llames antes porque solo hay tres casas rurales y están siempre llenas. Es que claro, con eso de que es el pueblo más bonito de España, está yendo mucha gente. Menuda campaña de marketing, piensas, seguro que no es para tanto. Seguro que no es como Hondarribia, o como cualquiera de los pueblos de los Picos de Europa. Ya está ahí otra vez el marketing: notas como se te encoge un poco el corazón. ¿Para qué piensas en todo esto? En lo que tendrías que estar pensando es en lo que te dijeron de la marca personal. ¿Hace cuánto que no actualizas Twitter? ¿Mirarán tu Twitter? Tienes puesto un alias, ¿mejor con tu nombre o con un alias? Tienes que preguntárselo a esa amiga que trabaja en marketing, ella seguro que lo sabe. A ella le van muy bien las cosas. No como a ti. A ti ni siquiera sabes cómo te van. Mal, supones. Así nunca vas a poder tener hijos.

 

A decir verdad, la única manera de diferenciarse a día de hoy es consumiendo pensamiento como el que nos ofrece el filósofo surcoreano Byung-Chul Han en La expulsión de lo distinto (Herder, 2017), su último libro, una obra breve pero amplísima en verdades, que se encarga de poner palabras a todas esas intuiciones, sentimientos vagos pero funestos o impresiones contrastadas sobre el presente y el devenir inmediato de nuestra especie que todo ese ruido digital ha instalado en tu mente. Advierte el filósofo surcoreano de que estamos muy lejos del paraíso de las posibilidades infinitas para la originalidad que nos prometía internet, que al contrario, nuestra realidad está transformándose -la transformación, de hecho, está ya muy avanzada- en el infierno de lo igual. En este caso, Mefistófeles es el neoliberalismo, y su más aguerrido general, la propaganda que encubre sus fechorías y su ambicioso proceso de destrucción de la diferencia. Cómo, pero si ahora se puede personalizar cualquier cosa: si he personalizado mi perfil en distintas redes sociales, mi pantalla de inicio, unas zapatillas, mi fixie. Personalizar. Adecuar a mi persona. A mí. Yo, yo, yo. ¿No consistía en eso el ser distinto?

¿No es cierto que en nuestras ciudades se protege la diversidad? Ah, amigo, ahí está una de las trampas que desvela Byung-Chul Han: diversidad es un concepto diseñado para satisfacer nuestra necesidad de autenticidad, pero ambos, diversidad y autenticidad, son solo envoltorios con una etiqueta sugerente. Marketing: “La diversidad solo permite diferencias que estén en conformidad con el sistema. Representa una alteridad que se ha hecho consumible. Al mismo tiempo, hace que prosiga lo igual con más eficiencia que la uniformidad, pues, a causa de una pluralidad aparente y superficial, no se advierte la violencia sistemática de lo igual. La pluralidad y la elección fingen una alteridad que en realidad no existe”, asegura el filósofo. Por otra parte, “el imperativo de autenticidad desarrolla una obligación para consigo mismo, una coerción a cuestionarse permanentemente a sí mismo, a vigilarse a sí mismo, a estar al acecho de sí mismo, a asediarse a sí mismo. Con ello intensifica la referencia narcisista. El imperativo de autenticidad fuerza al yo a producirse a sí mismo”. Resulta difícil ponerle alguna pega.

El análisis de Byung-Chul Han es tan lúcido que da vértigo. ¿No es cierto, como afirma, que en nuestra carrera a ciegas hacia la autorrealización y a la autooptimización, en el transcurso de esa yincana en la que vamos obteniendo la habilidades que se supone que debemos obtener para ser productivos y que hemos reflejado en los primeros párrafos de este artículo, nos vamos agotando, quedamos extenuados y para colmo somos cada vez más iguales? ¿No es cierto que si todos queremos ser diferentes, somos iguales en querer ser diferentes? Decimos mucho, pero escuchamos poco. Las redes sociales, sin caer en lo apocalíptico, son cajas de eco. Una escucha real, la que propone Chul Han -porque en La expulsión de lo distinto, el filósofo propone-, tiene más que ver con vaciarse para acoger al otro que con participar y emitir juicios. Habrá que ir remediando todo esto, tendremos que ir recuperando la capacidad para relacionarnos con lo que nos es de verdad ajeno si no queremos, como se atreve a pronosticar el autor, que en un futuro, quizás, la carrera de moda, la que nos ayude a diferenciarnos o al menos a tener un empleo asegurado, sea la de oyente.

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