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ESTE SÁBADO EN LA RAMBLETA

Viaje a la infancia de Alfredo Sanzol, el dramaturgo del momento que escenifica cuentos para adultos

Estrena La calma mágica este sábado en La Rambleta

25/11/2015 - 

VALENCIA. Alfredo Sanzol dirige textos propios y ajenos. Cuando son ajenos, caso del reciente Edipo Rey o de Esperando a Godot, sacuden y conmueven, y cuando son propios, también, pero cuentan con un poso autobiográfico que impregna el escenario de sorpresa, de absurdo y de nostalgia de lo vivido. La profesión le ha reconocido ese sello personal, donde habitan los recuerdos de la infancia, con los premios Max al Mejor Autor por Delicadas en 2011, Días Estupendos, en 2012, y En la luna, en 2013, obra por la que también se hizo con la manzana tocada de antifaz al mejor espectáculo y con el Ceres al Mejor Autor.

Sanzol construye sus textos en el equilibrio entre la reminiscencia impostada y los recuerdos palpitantes. En su introducción a Días estupendos, el dramaturgo y director reconocía servirse de la escritura para inventar una memoria: “Muchas veces no recuerdo los hechos, pero sí guardo las sensaciones. Hacer teatro me sirve para recuperar esas sensaciones a través de las cuales conozco la realidad. Cuento las historias para inventar los hechos que no recuerdo, y para contar me sirvo de las sensaciones que sí guardo”.

Su último ejercicio terapéutico, La calma mágica, llega el próximo 28 de noviembre a La Rambleta y en él cohabitan África, vídeos virales, elefantes rosas, allanamientos de morada, escopetas de caza, alcohol, amor, traición, manantiales y el padre que se fue. 

En boca de uno de los personajes de este rompecabezas, Mishima, creemos escuchar las palabras del propio autor sobre la naturaleza ficticia, pero no del todo, de sus remembranzas: “A medida que transcurre el tiempo, los sueños y la realidad llegan a tener el mismo valor entre los recuerdos. Todo lo que ha sucedido en la realidad se mezcla con lo que pudo suceder. Y, como la realidad deja rápidamente el espacio a los sueños, el pasado se parece cada vez más al futuro”.

Tentados por ese mundo interior donde los recuerdos y las quimeras se traman en obras de teatro, sometemos a Alfredo Sanzol a una pequeña terapia de regresión.

- ¿Qué sensaciones vívidas guardas de tu infancia?

- La calma mágica arranca con una historia que solía contar mi padre en la sobremesa. En los años sesenta estuvo viviendo en Texas y una familia de rancheros le dijo que si se quedaba a vivir con ellos le dejaban el rancho en herencia. Hacía poco que habían perdido a un hijo y él era clavado. Así que cuando mi padre volvía cansado de trabajar, se acordaba y decía: “Joer, yo podía tener un rancho en Texas”. 

FOTO: MARCOSGPUNTO

 - ¿Qué cuentos te contaban de pequeño?

- Mi abuela me contaba el de los cabritillos, y con él hice una historia para En la luna. Pero, sobre todo, me encantan las anécdotas reales que se van convirtiendo en cuentos. Por ejemplo, cómo se habían conocido mis padres en una discoteca de Benidorm, o el periodo en los sesenta en el que mi madre estuvo trabajando en Marruecos, porque llevaron a telefonistas de internacional de España que sabían francés para enseñar a las de allí. Tenía fotos en las que salían vestidas como sus compañeras marroquíes, tapadas. También adoro una historia que contaba mi abuelo de su participación en la II Guerra Mundial con la División Azul. Un día acamparon con los nazis en una orilla de un lago congelado y al otro lado estaban los rusos. Los nazis se durmieron tranquilos porque pensaron que el enemigo no se podía acercar, pero los rusos metieron los tanques sobre el hielo. El ejército alemán se despertó y salió corriendo por la nieve. Los rusos les dieron hasta hartar. Mi abuelo acabó metido debajo de unas tablas cuidando a un compañero que murió en sus brazos… Estas historias son ahora mis cuentos favoritos. Sabes que son verdad, pero la realidad ya está filtrada por quién te la ha contado y cuando la cuento yo también la estoy filtrando, así que todo parecido con la realidad es pura coincidencia.

Sanzol utiliza ahora filtros para contarle a su hijo de cuatro años la historia de una niña aburrida en el campo a la que se le cruza un conejo blanco con sombrero que tiene mucha prisa, o la de un niño pobre llamado Charlie, que vive con sus abuelos enfrente de una fábrica de chocolate. No obvia textos en principio más complejos, como el de un tal Ulises, “un señor que se fue a la guerra y luego no podía volver a casa porque le cayó muy mal al dios del mar, y el dios del mar le hacía la puñeta”. 

Cuando relata sus propios cuentos a otros se sirve de un ensamblaje que enumera en tres patas: “los recuerdos, las fantasías o proyecciones hacia el futuro y cómo te encuentras en el momento en el que escribes”. Con ese trípode va surgiendo la ficción, que es una cuarta cosa que no es ninguna de las otras tres. 

En ese ensamblaje ha obviado referirse a una cuarta pata, que es Google. El dramaturgo se sirve del motor de los motores de búsqueda para arrancar o nutrir sus historias. En el buscador descubrió un material infinito para espolear su imaginación y de ahí brotaron personajes o líneas argumentales pasadas para Risas y destrucción o Sí, pero no lo soy. Advierte que ahora no lo emplea de manera sistemática, pero cuando le sobreviene un bloqueo introduce varias palabras al azar, Yasmin Vargas, por ejemplo. Y sean cuáles sean los términos elegidos, siempre arrojan resultados, de modo que su inspiración se dispara. 

FOTO: MARCOSGPUNTO

“Dice Wajdi Mouawad que los escritores tenemos algo de escarabajos porque cogemos lo que el resto de humanidad considera basura, lo transformamos y lo volvemos útil. El 99% de Google no sirve para nada, pero puedes rescatar cosas curiosas y divertidas”. Larga vida pues a Google y a la función coleóptera de la escritura. 

- ¿Cuál es el primer chiste que recuerdas?

- El policía le dice a Jaimito: “Multa por estar subido en la farola”, y Jaimito le contesta: “Y tú multa por llevar el orinal en la cabeza”. Este chiste tenía sentido cuando los policías municipales llevaban un casco blanco con esa forma, pero yo ya no lo conocí, así que para mí era un chiste surrealista. 

- ¿Te gustaban los puzzles de niño?

- No mucho, tenía poca paciencia y nula habilidad.

- ¿Qué diálogo de película eres capaz de reproducir?

- Uno de Granujas de medio pelo (Woody Allen, 2000). Woody Allen está preparando una banda para hacer un butrón en un banco y uno de los socios le presenta a otro y le dice: “Este es el jefe, porque es el más listo”. Luego se queda pensando y suelta: “En realidad, aquí todos somos igual de listos, pero él lleva gafas”.

- ¿Qué olor es tu magdalena de Proust?

- El rocío mañanero en verano, que en el norte, en Pamplona, es un olor muy especial: cuando hace frío una noche y por la mañana comienza a pegar el sol, se evapora el rocío de la hierba y sube el olor de la tierra, que es muy rico y me recuerda a la libertad de la naturaleza. Es un recuerdo un poco Tom Sawyer.

- ¿Cuál fue tu mejor aventura de la infancia?

- Un día que un pastor llamado Androcha se iba al bosque con ovejas y mi abuela me dio permiso para irme con él. Sale en Días estupendos. Comí con él, recuerdo que llevaba una fiambrera con merluza rebozada y queso. Me dejó un palo y yo iba tan contento, llevando ovejas todo el día de un lado a otro. pero al rato me dijo que no les diera tan fuerte a las pobres.

- ¿Tienes pesadillas recurrentes?

- Las tenía de niño y luego se fueron disolviendo. Una era que me montaba en el ascensor y de repente se abría la puerta y había una persona que me daba miedo. Cuando salía del ascensor, no reconocía la casa y volvía a meterme, y entonces el ascensor no se paraba nunca o se caía. 

- ¿A dónde conducen las puertas secretas? 

- A lo desconocido. En cuanto te dicen que una puerta no se puede abrir hay que abrirla. Mi padre tenía en la mesa muchos cajones y nos decía: “No me enredéis que dentro tengo muchos papeles”. Un día, abriendo uno, descubrí un secreto, pero no se puede contar.

FOTO: MARCOSGPUNTO

- ¿A qué países has viajado con la imaginación?

- Tengo muchas ganas de ir a los países escandinavos. Me he paseado bastante por Estocolmo. Ahora google maps te pone los dientes muy largos. 

- ¿Qué aborrecías de ti mismo de adolescente?

- Mi timidez me daba mucha rabia. Luego me soltaba si estaba a gusto con la gente, pero me daban envidia los que eran simpáticos y en seguida se relacionaban. Yo iba siempre más lento

- ¿Cuándo descifraste a las mujeres?

- No puedo decir que lo haya hecho. Pero con 40 años te das cuenta de que hay diferencias de género que vienen de naturaleza y ahora me encanta la diversión de lo complementario. El secreto de la alegría está en reconocer la diferencia y disfrutarla. 

- ¿Te gustan las sorpresas?

- Sí, mucho. Me gusta lo inesperado y también que alguien me haya dedicado su tiempo para prepararme una sorpresa. Es un acto de amor muy bonito.

- ¿Qué te hace reír?

- Muchísimas cosas. La vida te da oportunidades para reírte todo el rato. Me producen mucha alegría las cosas que dicen los niños, sus asociaciones imposibles. También descubrir las pequeñas verdades, los miedos y las contradicciones de uno mismo, y las invenciones que hace la gente para escaparse de la realidad. Hay muchos tipos de risa: de celebración, otras que son más críticas, más irónicas. Me encanta apañármelas para reírme, constantemente.

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