LA CONTINUIDAD DE UN SUBGÉNERO ETERNO

Arcade Fire y la saga del documental en vivo: ¿tostón autocomplaciente o jugoso reclamo?

El estreno de la película de la banda canadiense, que coincide en el tiempo con otras propuestas similares, nos lleva a preguntarnos sobre el sentido y el recorrido histórico de esta clase de ‘rockumentales’

3/10/2015 - 

VALENCIA. En épocas de vacas flacas, las salas de exhibición cinematográfica han de recurrir a cualquier fuente de ingresos. Por eso hace tiempo que los cines ofertan no solo las películas que cada viernes van sucediéndose en los estrenos de la cartelera, sino también otros contenidos puntuales que puedan recabar la asistencia de ese espectador que, atraído por la comodidad de la red, apenas ya hace el esfuerzo de salir de casa, acercarse al centro de la ciudad (o al centro comercial más próximo, para ser más realistas) y rascarse el bolsillo para disfrutar de cualquier novedad. Conciertos de música clásica, partidos de fútbol de cierta relevancia y documentales musicales se han sumado a esa oferta complementaria, dosificada de forma puntual, que los cines han querido estimular para diversificar su audiencia en el empeño de renovarse (o morir).

Dentro de ese último apartado, el de los llamados rockumentales, podría hablarse de un subgénero que es el que con más facilidad está ampliando su presencia en nuestras salas: el de los films que documentan conciertos o giras. El que se explaya en aquella actividad, rutinaria a ojos del músico pero tremendamente sugestiva para el fan, que es la vida en la carretera y su plasmación definitiva en conciertos -generalmente- multitudinarios. Las dimensiones de una gran pantalla y sus excepcionales condiciones de sonido posibilitan que el disfrute del aficionado se vea amplificado.

El documental en vivo supone, por sus características particulares, la vertiente más agradecida del documental musical si lo que se pretende es redimensionar el poder de fascinación que cualquiera pueda experimentar en el salón de su casa ante la expresión más hirviente de sus músicos predilectos: su exposición en vivo. Harina de otro costal es valorar si la filmación en cuestión aporta realmente un valor añadido desde el punto de vista cinematográfico. O si tan siquiera aporta datos, reflexiones o conclusiones que el espectador versado ya no conozca de antemano.

Prácticamente coinciden ahora en nuestras pantallas, en cuestión de semanas, el estreno de The Reflektor Tapes, sobre Arcade Fire, Eric Clapton: Live At The Royal Albert Hall, The Who: Live In Hyde Park, The Wall (sobre Roger Waters) y el reestreno de U2 3D, coincidiendo con la nueva visita de la banda irlandesa a Barcelona. Más allá de la interesante cuestión que supondría relacionar el cariz común a todas ellas (no precisamente rupturista o de vanguardia) con su público potencial (no precisamente joven), la coincidencia es señal inequívoca de que el género goza de una demanda en aumento. Buen momento para echar la vista atrás, desde la constatación del descarnado presente.

Cuando más es menos

Es de una evidencia abrumadora: ni los fans más acérrimos de Arcade Fire son capaces de hablar bien de The Reflektor Tapes. Su contenido, estrenado en la última edición del Festival de Cine de Toronto, desvela sin tapujos la formación de su director, Kahlil Joseph, como hábil urdidor de video clips (Flying Lotus, Kendrick Lamar, FKA twgis), pero la hora y cuarto de apabullante efectismo visual que destila su metraje se antoja demasiado. Difícil de digerir con fervor hasta para el seguidor más incondicional.

La película, que tiene por objeto documentar la exitosa gira de los canadienses tras estrenar Reflektor (2013), con la mirada también puesta en su periplo haitiano (de donde procede la familia de Régine Chassagne, una de sus vocalistas) y en algunas de las vicisitudes de la grabación del disco junto a James Murphy (LCD Soundsystem), desenvuelve sus argumentos de forma inconexa, sin más hilo argumental que el preceptivo empacho audiovisual para ir cumplimentando el periodo de sequía, a la espera de un nuevo álbum cuya salida está aún por concretar. Un mero artefacto promocional que no depara valor añadido alguno, más allá de las ínfulas arty de su presunta querencia experimental. Pero en el fondo, no mucho más proteica que otros precedentes recientes de aspiraciones bastante mas prosaicas, como Metallica: Through The Never (Nimród Antal, 2013).



Su estreno prácticamente coincide con la reposición en nuestras salas de U2 3D, el film dirigido por Catherine Owens y Mark Pellington en 2008, acerca del Vertigo Tour de la banda irlandesa, celebrado en 2005 y 2006. Y la conexión entre ambos grupos ha acabado por concretar una cruel ironía del destino: si hay algún precedente -y no precisamente positivo- del actual exceso audiovisual de Arcade Fire, esa es la megalomaniaca Rattle & Hum (Phil Joanou, 1988), el film con el que U2 presentaron sus credenciales para la dominación mundial después del avasallador éxito comercial de The Joshua Tree (Island, 1987). Cambien la tierra de promisión norteamericana a la que aquellos se dirigieron, en busca de sus raíces musicales, por las calles de Haití en las que los canadienses se retratan, y el saldo final no será demasiado distante.

En ambos casos, predomina la autocomplacencia de bandas que han asumido como propio un destino supuestamente trascendental, deglutiendo sin ninguna clase de mesura los estragos de una fama desproporcionada. El documental on tour se convierte, en sus manos, en el lucrativo reflejo de su propio egotrip en pos de la nada. Solo cabe esperar que, tal y como hicieron los propios U2 inmediatamente después (dando paso al mejor tramo de su carrera), los canadienses logren embridar con inteligencia y dosis de ironía sus incontrolados brotes de grandilocuencia, tan propensos a una épica que puede volverse tan hueca como el cartón piedra. Porque el álbum aún pasaba la prueba del algodón, pero no así el documental que lo ilustra. Por el momento, The Reflektor Tapes no es el mejor de los augurios.

Sentando los cánones del género

No es una ley matemática, ni una fórmula de probada eficacia respecto a este asunto. Pero en términos generales, cuanto más ducho cinematográficamente ha sido el director de un rockumental en vivo, más sustanciosos han sido los resultados. Esto no significa ni que un afamado especialista en video clips esté incapacitado para la factura de un buen documental sobre la vida en carretera de cualquier banda, ni que un reconocido director de estimables ficciones vaya a ser un brillante documentalista de la efervescencia escénica de un puñado de músicos. Pero, obviamente, todo tiene su relación lógica. Y toda experiencia es un grado.

Si hubo en su momento un antes y un después en el género, tan rotundo que nos hace añorar hoy en día tamañas muestras de singularidad, fue el que instituyó Jonathan Demme en 1984 con Stop Making Sense. La película en la que documentaba el imponente estado de forma de los Talking Heads sobre el escenario del Pantages Theater de Hollywood en tres noches consecutivas de diciembre de 1983.

Han pasado 30 años, y quizá ya no tenga sentido aguardar grandes hallazgos desde los niveles de austeridad formal que mostraba aquel documental. Pero su maestría a la hora de exhibir una depuración de estilo tan poderosa (prolongada en video clips como el de The Perfect Kiss, de New Order, un año más tarde) aún mantiene intacto su poder de seducción.

Jonathan Demme tardaría más de 30 años en volver al género, con resultados más convencionales,  en Neil Young. Heart Of Gold (2006). Y es que pocos músicos contemporáneos (quizá tan solo Bob Dylan o los RollingStones) han ejercido mayor poder de atracción que Neil Young sobre directores experimentados que han orientado parte de su producción a la temática rock. Jim Jarmusch, sin ir más lejos, probó con Young y su faceta escénica en Year Of The Horse (1997), un film que conectaba visualmente con el carácter rocoso e indómito de sus directos.

Y precisamente había sido Neil Young uno de los protagonistas, si bien secundario, del reparto coral del que fue uno de los referentes indiscutibles en cuanto a la documentación de un directo desde parámetros cinematográficos: la magistral El Último Vals (1978), de Martin Scorsese. La cinta, que exponía el concierto de despedida de The Band (en compañía de invitados como Joni Mitchell, Eric Clapton, Van Morrison, Emmylou Harris o Muddy Waters) en el Winterland Ballroom de San Francisco en 1976 (con concisos fragmentos de entrevistas), captaba, en un derroche de delicada minuciosidad, el aura crepuscular del fin de una era. Entre sus muchas incursiones en territorio rock, Scorsese tan solo se ceñiría al formato estrictamente en vivo muchos años mas tarde, en Shine a Light (2008), orquestada en torno a varios directos de los Rolling Stones en 2006. Con la misma destreza pero sin el mismo lirismo. 

El maná de los festivales históricos

Rebuscando en los arcones de un género con tan hondas ramificaciones, imposible de trazar en toda su extensión en un artículo como este, es fácil encontrar también referentes tan canónicos e influyentes como Gimme Shelter (Albert Maysles, David Maysles y Charlotte Zwerin, 1970), en torno a la actividad de los Rolling Stones a finales de los 60, con la controvertida actuación de Altamont (1969) como eje. Aquel luctuoso concierto marcó el principio del fin de la era del flower power, y tuvo lugar en el marco más frecuentado por los documentalistas que sentaron las bases de lo que se entendería desde entonces como grabación visual en vivo: los festivales masivos.

De aquella misma época proceden algunas de las piedras angulares del documental en vivo, como Festival (Murray Lerner, 1967), Monterey Pop (D.A. Pennebaker, 1968) o Woodstock (Michael Wadleigh, 1970). Un canon que sería continuado en el tiempo por directores como el prolífico Julien Temple, en cintas como  Glastonbury (2006). En todos ellos queda plasmado el aura casi mitológico de aquellas primeras citas multitudinarias, mucho antes de que los festivales acabaran por extinguir, a fuerza de repetición, la sensación de gran acontecimiento que desprendían en sus albores. Y en pocos films se aprecia mejor esa evolución que en el de Temple.


Los tiempos han cambiado, y como ocurre por extensión en casi todos los géneros cinematográficos en la actualidad, la abundancia de medios no ha redundado en un incremento de propuestas imaginativas, más allá de las reformulaciones de algunos modus operandi que datan de décadas ya lejanas. El rockumental que centra su objeto en las actuaciones en vivo no es una excepción. Y tampoco lo tiene fácil en la era de youtube. Se dirá -no sin razón- que para desentrañar las claves de una buena historia, oculta tras la grabación de un disco o la gestación de una actuación, ya están los documentales de espectro más amplio, reforzados por una buena batería de testimonios y su mayor facilidad para bosquejar una trama argumental. Y lo cierto es que la buena salud del rockumental en directo, comercializado en salas de cine, parece un hecho. Pero esa exuberancia formal que basa todo su argumento en la simple acumulación de efectivos (visuales o sonoros, sin más) no parece el mejor estímulo para atraer la atención de audiencias que trasciendan el habitual círculo de incondicionales. Por mucho que nos resignemos a aceptarla como otro signo de nuestro tiempo.

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