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València a tota virolla 

Geografía del bocata: ¿Y si l’esmorzar mostrara el verdadero potencial de la València metropolitana?

El rastreo de la deriva de miles de valencianos los sábados a la hora del almuerzo podría ratificar la capacidad elástica de la València metropolitana

16/04/2022 - 

VALÈNCIA. El almuerzo a la valenciana es carne de elogio por su capacidad para coaligar hedonismos. Por su virtud pantagruélica. Por su diversidad alimenticia. Se ha convertido también en fenómeno sociológico, en paralelo con un cambio reputacional por el cual las -aparentemente- pequeñas verdades se han alzado como asideros identitarios frente al relativismo.

Pero… ¿y si, además de todo ello, también explicara el verdadero potencial de la València metropolitana? ¿Y si fuera un acto tan espontáneo que desde esa inconciencia va dejando migas -de pan- sobre cómo se fabrican comunidades, en lugar de alienarlas?

Limitar la importancia del almuerzo a lo que uno se aprieta al cuerpo es quedarse a medias. Porque, muchas veces, esa carta variadisima de bocatas son pura guarnición para la verdadera fuerza motora: el hecho del encuentro. Y si lo son es, también, en ausencia de otros espacios que consigan una coalición social similar. Las casas de los almuerzos ocupan ese lugar en la jerarquía de la socialización. 

¿Por qué la población urbana va de Almussafes a Roca pasando por el polígono de Alboraia?, ¿por qué los almuerzos conectan aquello que se desconecta de otra manera?
 Foto: KIKE TABERNER

Sobre ese trasfondo conector sabe, más que la mayoría, el creativo Joan Ruiz, transmutado en Esmorzaret. Su conocimiento es fruto de la práctica abundante pero también quizá de la distancia que le confiere haber encarado el fenómeno desde su origen, Mallorca, asombrado por lo que veía en las comarcas valencianas, necesitado de verbalizarlo. Su feed es, también, un mapa de vínculos que exceden las geografías rígidas

Sobre la capacidad de l’esmorzar para unir puntos, opina: “los bares de antes y que, por suerte aún perduran en algunos barrios, tienen ese carácter vertebrador y punto de referencia para las personas que viven relativamente cerca. A veces pienso que esa responsabilidad vertebradora se generó por el hecho de ser espacios que estaban abiertos durante muchas horas al día, espacios que eran regentados por personas implicadas con su negocio y que normalmente también eran vecinos del propio barrio. Otro factor clave que creo que influyó mucho en que los bares se convirtieran en puntos de referencia y encuentro es que hace varias décadas los canales de comunicación no estaban tan desarrollados como ahora con lo que los bares eran lugares donde poder dejar mensajes para otras personas o encontrarte con amigos”. 

Sucursales comunicativas, quizá el atractivo que ofrece a poblaciones variopintas tiene que ver con la sensación brumosa de atemporalidad: en lugar de hacer scroll infinito a la realidad, un detenimiento en espacios que podrían pertenecer a cualquier tiempo. Ruiz añade una variable: la económica. La escasa barrera del precio como elemento de democratización y barreja. “Aún quedan momentos en los que prevalece el momento gastronómico por encima de las cuestiones socioeconómicas. Esos momentos son el desayuno y el almuerzo. Uno de los factores fundamentales es el asequible ticket medio, que permite que en un mismo bar se junten diferentes oficios y segmentos sociales. También existen algunas prácticas, que únicamente se producen en esa franja horaria, como es que el cliente se pueda llevar su propio bocadillo y únicamente abonar la bebida, el picoteo y el servicio. Esta práctica, que yo conozca, únicamente se da en la Comunitat Valenciana, y no en todos los bares”


El realizador Javier Polo, director de cintas como El misterio del Pink Flamingo, incide en su importancia como vehículo de encuentro: “su función vertebradora se basa principalmente en que es una tradición social que nos hace felices y que se disfruta en compañía, da igual la edad que tengas, la clase social, de dónde seas”.

En un crossover inesperado, el gran defensor de la causa metropolitana, el exalcalde Ricard Pérez Casado, podría hacerse valer del fenómeno esmorzar para explicar sus tesis. “El hecho metropolitano -ha insistido repetidamente- (...) necesita una gobernanza diferente porque los límites municipales no sirven, tienen su explicación en el pasado pero no en el presente. Deben compaginarse dos cosas: el sentimiento de adhesión, que mi pueblo es mi pueblo; y otra cosa es que la mitad de los de mi pueblo trabajan en otro sitio. Hay necesidad de un instrumento metropolitano para una masa crítica de un millón y medio de habitantes”. 

El rastreo de la deriva de parte de ese millón y medio de habitantes los sábados a la hora del almuerzo podría ratificar la capacidad elástica de la València metropolitana, por encima de los corsés municipales. Solo hay que seguir el rastro del bocata. 

Foto: KIKE TABERNER

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