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TENDENCIAS ESCÉNICAS

Los animales diseccionan al ser humano en los escenarios

El Brujo, Cervantes, Juan Mayorga y Els Joglars se sirven de las bestias para reflexionar sobre la sociedad

16/12/2015 - 

VALENCIA. El Brujo se convierte este fin de semana en burro en su monólogo El asno de oro, programado los días 19 y 20 de diciembre en La Rambleta, como antes se trocó Ramón Fontseré en chucho en la versión de El coloquio de los perros de Cervantes a cargo de Els Joglars y en quelonio Carmen Machi en La tortuga de Darwin, de Juan Mayorga. Paradójicamente, la transformación de los actores en bestias, la cesión del protagonismo a cargo de los dramaturgos a las fieras, permite explorar la naturaleza del ser humano. 

La consideración y la bondad hacia los animales es el síntoma de una humanidad elevada, porque tener consideración hacia formas de la creación más frágiles o inferiores evolutivamente es signo de grandeza, nobleza y heroicidad. Tratar mal a los que están por debajo es una señal terrible, de hombres más parecidos a los animales que a sus iguales, es signo de mezquindad y crueldad”, concluye Rafael Álvarez El Brujo.

En el montaje que trae a Valencia interpreta a un hombre que es convertido por accidente en burro y en su nueva piel de animal de carga sufre los abusos de sus diferentes amos y es testigo del trato desigual de los adinerados a los pobres y los esclavos.

La pieza se basa en Las metamorfosis, escrita por Lucio Apuleyo el siglo II después de Cristo. La novela picaresca por entregas sirvió de inspiración a Shakespeare para El sueño de una noche de verano y Mucho ruido y pocas nueces, y también influyó en San Agustín, Cervantes, Lope de Vega, Molière, Keats, Marlowe, Milton, Ionesco y Kafka, entre otros.

Para adoptar la semblanza del pollino, el actor cordobés no recurrió a la observación del animal en cuestión, sino que tuvo en mente a su gran amigo Pepe Rubianes. Cuenta El Brujo que de niña, su hija le pidió al cómico catalán que hiciera de buzón. “Le bastó con hacer un gesto, llevarse las manos a la frente y ponerlas de manera que parecía la viserita donde se echan las cartas”, recuerda el intérprete. 

Así que cuando Álvarez se paró a pensar cómo hacer de asno, se preguntó cómo se las arreglaría Rubianes, y a partir de esa inspiración, desarrolló una actitud que le aporta su expresión de rucio sobre el escenario. “No hay que mirar burros en documentales de la 2, con ver el telediario ya te inspiras, sólo basta con fijarse en algunos de los candidatos a presidente del Gobierno en estas elecciones”, apunta, jocoso, en una alusión a la posibilidad de extrapolar esta propuesta clásica a las vilezas de la actualidad.

“Está escrita en un pasado lejano, pero las taras de la humanidad son las mismas. El hombre necesita superar sus miedos a la enfermedad, a la indigencia, a no ser nada en la vida, a no ser respetado, a que la vejez le coja con una pensión exigua, porque estos temores le convierten en un ser corrupto y le llevan a trincar del cajón cuando es joven. Todo ese pánico lleva a las personas a amasar una fortuna y llevarla a Andorra”, expone.

Sí, pero no 

Daniel Abreu, 'Venere'

La aproximación a los animales protagonizada por el coreógrafo y bailarín Daniel Abreu es, en cambio, de tipo físico, en una exploración de la expresión corporal. Al Premio Nacional de Danza a la creación 2014 se le ha atribuido una etiqueta de bestialidad en su trabajo, tanto por la naturaleza de sus movimientos como por las alusiones directas en el título de obras como Animal y Cabeza de perro. “Me gusta la palabra animal, porque es muy potente, suena bien. Una vez empiezas a trabajar a nivel de suelo, a tener más apoyos que los propios pies o las dos manos hay una gestualidad extraña. Cuando uno mueve el cuerpo fuera de los cánones de los gestos, el cuerpo se animaliza. Pero, de alguna manera, esa etiqueta me limita. Los medios me han colgado esa palabra y la gente que viene a mis espectáculos parece que vaya a ver animalitos a un zoo. Mi trabajo busca la expresividad del cuerpo y es animal porque somos animales, pero no tiene nada que ver con “vamos a imitar a los delfines”, alude el creador canario, que en su última pieza, Venere, presentada en el pasado Festival Madrid en Danza, explora las diferentes maneras de amar.

Moralejas a la carta

Juan Mayorga también es reincidente en la querencia por los bichos. Ya en su primer texto, Siete hombres buenos, escrita en 1989, introducía a un perro famélico en la trama, y en escritos posteriores continuaría valiéndose de las bestias como recurso, Más ceniza, El jardín quemado y Angelus Novus. “Pero hay un momento en el que deja de ser un resorte para pasar a convertirse en un ingrediente fundamental, y esto sucede de la mano de una evolución de las técnicas y mecanismos dramáticos de sus obras”, exponía este pasado mes de mayo en el Congreso Internacional de Animales Literarios celebrado en León la doctora en Filología Hispánica Gema Gómez Rubio.

Los textos que la estudiosa analizó fueron Animales nocturnos, Palabra de perro, Últimas palabras de Copito de Nieve, La paz perpetua y La tortuga de Darwin, donde Mayorga atribuye cualidades humanas a los animales y todo lo contrario.

A partir del empleo de elementos de las fábulas clásicas, el autor disecciona las contradicciones de la sociedad, con paradas en el maltrato a los inmigrantes, el derecho a la muerte digna y las políticas antiterroristas. Pero a diferencia de antecesores como Esopo, Samaniego, La Fontaine e Iriarte, subraya Gómez Rubio que en los textos del madrileño no hay moraleja, sino que el corolario recae en el espectador y destaca cómo Mayorga recurre a menudo a animales de todos conocidos, con nombre propio, como Harriet, la longeva tortuga que la leyenda apócrifa señala como una de las tres que acompañaron a Darwin al Reino desde las islas Galápagos, y Copito de Nieve, el gorila albino que residió en el Zoo de Barcelona.

Carmen Machi en 'La tortuga de Darwin' de Juan Mayorga

“Quizá en mis obras sobre animales me he desnudado más que en otras. La máscara del animal te permite presentarte más claramente; a través del mono Copito, de la tortuga Harriet o del perro Enmanuel, me he expuesto más a mí mismo que con otros personajes. En boca de un animal pones frases que no te atreverías a poner en boca de un alter ego humano”, reconocía el dramaturgo en una conversación con Ruth Vilar y Salva Artesero publicada en la extinta revista Pausa.

Su primer trabajo con animales fue una versión de El coloquio de los perros, de Cervantes a la que tituló Palabra de perro. “En aquel trabajo descubrí el valor poético y el valor político del animal en escena. El valor poético porque el animal rompe el marco y permite una gran libertad al escritor, pero también al actor. Y por otro lado, está el valor político, aquí uno recoge la herencia kafkiana: si a un hombre le llamas insecto, acaba siendo un insecto. No en balde en nuestra dolorida España se llamaba perro al converso, al judío o al moro. La animalización del ser humano prepara su maltrato físico. La muerte moral prepara la muerte física. Porque cuesta menos matar a un perro que matar a un ser humano. Si al ser humano lo has convertido previamente en perro, estás preparando su muerte. Y el animal humanizado es el envés de eso que permite hablar, por un lado, sobre cómo los animales nos ven, pero también sobre lo animal que hay en nosotros”, exponía en la misma entrevista.

Érase una vez Cipión y Berganza

Precisamente una versión con dramaturgia de Albert Boadella de El coloquio de los perros fue el debut de Ramón Fontseré como director al frente de Els Joglars. La novela ejemplar supuso la tercera adaptación a cargo de la compañía catalana de una obra de Cervantes, tras Retablo de las Maravilllas y En un lugar de Manhattan. “Los viejos perros Cipión y Berganza a lo largo de su periplo han observado desde su mudez toda la condición humana, toda la miseria, todo lo ridículo de los bípedos, y antes de que se les acabe la noche y les desaparezca el don del habla cuentan la realidad auténtica: que los lobos son los pastores, que la defensa ofende, que las centinelas duermen, que la confianza roba y el que os libera os mata”, resumía en su momento el actor y director.

El texto del siglo XVII reconectaba con el presente con alusiones explícitas a la corrupción rampante, al aparcamiento de los ancianos en asilos y al estrangulamiento de la cultura, entre otros claroscuros del presente.

Sin embargo, el autor de esta contemporaneización de la historia no era ninguno de los dos canes, sino el personaje del guardián de la perrera. Y es que, como decía Michel de Montaigne “existen más diferencias entre dos hombres que entre estos y los animales”.

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