la marina alta

Oda a las tradiciones: la escaldà de la pansa en Jesús Pobre

Recuperar nuestras tradiciones es como dar un abrazo a nuestros antepasados. 

1/09/2023 - 

En Jesús Pobre, un pequeño núcleo de población perteneciente a la comarca alicantina de la Marina Alta, lo hacen el último domingo de agosto desde hace una década.

No está extinta, pero casi. Algunas familias siguen haciendo la “escaldà de la pansa” en sus casas por puro romanticismo, en forma de sentido homenaje al recuerdo… y a sus antepasados. Los abuelos y los bisabuelos siempre están presentes, aunque la mayor parte del tiempo no sepamos honrar su memoria. Los que no tenemos esa suerte, una vez al año podemos disfrutar de este espectáculo atávico en una fiesta popular que se celebra en Jesús Pobre a iniciativa de la Asociación de Vecinos el último domingo de agosto. No es sólo parte de nuestro acervo: es uno de esos patrimonios inmateriales que no podemos permitir que desaparezca.

Lo de hoy es una recreación para el deleite de los que asistimos a esta bella y antigua usanza. La uva fresca llega a la caldera municipal en capazos para convertirse en pasa. Parece un proceso lógico y sencillo, pero requiere de su ritual para asegurar que se produzca un secado más o menos rápido a pesar de la humedad que impera en esta zona. Por eso las uvas se introducen durante unos segundos en la caldera, bajo la cual arden sarmientos y que contiene agua caliente, hierbas autóctonas y una solución cáustica, para que se produzcan microcortes en la piel de la uva que aceleren el posterior proceso de secado. Después, varias manos femeninas las extienden en el cañizo, controlando que el efecto buscado se esté consiguiendo.

Tras ello, se dejan secar durante varios días (de 4 a 6, aunque depende mucho de las condiciones de temperatura y humedad), aunque cuando pasan unas 48 horas hay que darles la vuelta para que el secado sea más uniforme.


El escenario de todo este despliegue, que sucede de manera metódica ante la atenta mirada de cientos de curiosos, es el riurau de Jesús Pobre: una construcción con arcadas que antiguamente servía precisamente para secar la uva, cuando desde Altea hasta Gandía, de mediados del siglo XIX a mediados del XX, casi todo era monocultivo de uva moscatel con la que se elaboraba la pasa que luego se exportaba a todo el mundo. 

“Es emocionante ver a nietos haciendo fotos a su abuelo mientras participan en el proceso de la escaldà, que ahora es anecdótico pero antes era parte de su modo de vida”, nos explica Andreu Costa, vecino de Jesús Pobre. “Faltan espacios donde las diferentes generaciones puedan compartir actividades”, reivindica. Él, junto a otros compañeros, ha estado toda la mañana al lado de la caldera, introduciendo las uvas con el cazo y quitando la espuma con cariño y con cuidado. Andreu está muy involucrado en la visibilización de Jesús Pobre, su paisaje y sus tradiciones. “En 2008 empezamos a intentar darle un nuevo enfoque a la agricultura, porque mi padres y mis abuelos se dedicaron al campo”. Por eso en 2016 crearon el proyecto Dotze Ceps. “Queremos actuar sobre el territorio, porque es una lástima que con las condiciones agronómicas que tenemos aquí y con todo el paisaje que hemos perdido no hagamos más cosas”. Su tarea es inspirar con el ejemplo de demostrar que un activismo rural, consciente y responsable es necesario para que nuestro impacto en el entorno sea lo más positivo posible. 

Pero volvamos a la escaldà, porque lo que hoy es una fiesta antes era un patiment. “Ésta era una de las actividades más importantes y fuente de sufrimiento. Mi abuelo se pasaba toda la noche sin dormir, mirando al cielo, tanto el día que se hacía la escaldà como los posteriores, en los que la uva debía secarse”. Nos lo cuenta Roser Cabrera, escritora e investigadora. Nació en Valencia pero su padre era de Benissa, sus hijos nacieron en Dénia, ahora vive en La Xara y siente que sus raíces están aquí. Hoy también ha llovido: la naturaleza ha querido que entendamos ese estado de alma en vilo innata al agricultor.

La construcción de canyissos

En esta jornada festiva, cómo no, hay espacio para uno de los elementos fundamentales de la escaldà, sobre el que reposan las uvas que se convertirán en pasas en unos pocos días. Cada cañís tiene unas 75 cañas, más seis perpendiculares que sirven de sujeción. Hoy construirán dos, para seguir nutriendo la infraestructura local. En este taller-demostración de construcción de canyissos no hay prisa ni expectativas, porque en esta ocasión es un placentero recreo en el que participan varios hombres del pueblo, entre los que hay padres e hijos, hermanos y cuñados.

Las cañas se cortaban en la luna llena del mes de enero para que no se pudrieran

La primera vez que hice canyissos tenía 6 años. Mi padre empezaba con la preparación de los listones y yo enrollaba el hilo. Como era pequeño, le ayudaba hasta donde yo llegaba, por mi estatura. Después ya lo hacía solo”. Pepe Noguera es de Jesús Pobre pero reside en Pedreguer. María Francisca es su hija: “Mi bisabuelo y mi abuelo se dedicaban a hacer los cañizos cuando llegaba la época, durante junio y julio. Como eran agricultores hacían de todo”. Su familia sigue haciéndolo cada verano. Laia, que va a cumplir 28, es la nieta de Pepe. Ella le mira orgullosa, él tiene ojos de chiquillo en un cuerpo de 85 años. 

“Las cañas, que crecen en los barrancos y en la ribera del río Girona, se cortaban en la luna llena del mes de enero para que no se pudrieran, ya que ha de hacerse cuando están muertas y por ellas ya no corre la savia, para que no entre la carcoma”. Pepe nos lo explica de forma pausada, como se comparte la sabiduría, como se cuentan los recuerdos. 

La llata, un oficio de silla, paciencia y manos

Sentadas, con la mirada agachada y puesta entre sus manos, media docena de mujeres del pueblo hacen una demostración de llatael trenzado de palmito que se recogía durante el mes de julio en el monte para la fabricación de capazos que luego servirán para transportar la uva o la aceituna, así como otros elementos de cestería. 

Paca Fornés y Pura Costa nos cuentan que, cuando eran niñas, al llegar de la escuela les daban un puñado de llata y hasta que no terminaban no podían ir a jugar. Era un oficio transmitido de generación en generación, de madres a hijas, aunque eran los hombres quienes “embrinaban” la palma por la noche. “En nuestra época no había televisión ni radio, así que éste era un momento de comunicación entre la familia o las amigas. Ahora apenas podemos hablar con nuestros nietos, porque están todo el tiempo con el móvil”, nos explican con pesar.

Ellas quieren que la gente joven lo vea, porque la llata forma parte de su historia. Por eso durante el primer trimestre del año organizan un taller en el centro social de Jesús Pobre para que, quien quiera, pueda aprender.


“Mi padre usaba palma y esparto para fabricar sus utensilios y si todo ese saber no se transmite, se irá perdiendo”, advierte Andreu Costa. La escaldà, junto a la construcción de canyissos o la llata forman parte de nuestro folclore popular, de nuestro orgullo de pertenencia a un territorio que nos habla para que lo escuchemos porque, de lo contrario, su voz, como la de nuestros abuelos, se irá apagando.